Ven al templo
    Notas al pie de página

    Ven al templo

    Aproximadamente a comienzos del siglo veinte, dos misioneros se encontraban trabajando en la región montañosa del sur de los Estados Unidos. Un día, mientras caminaban por una cresta del territorio montañoso, distinguieron en la distancia a un grupo de gente reunida en un claro del bosque, un poco más abajo de la falda de la colina.

    Al acercarse, descubrieron que se trataba de un servicio funerario para un niñito que se había ahogado; sus padres habían enviado a buscar al ministro con el fin de que dijera unas palabras en el entierro de su pequeño. Los élderes se quedaron detrás de la gente para observar lo que sucedía. El niño iba a ser sepultado en una tumba que ya se había abierto, cerca de la cabaña de la familia. El ministro se colocó frente a los padres dolientes y a los demás que se habían reunido y comenzó su sermón funerario. Si los padres habían esperado recibir algún consuelo de aquel clérigo, por cierto habrían quedado desilusionados.

    El sacerdote los amonestó severamente por no haber bautizado a su hijo, algo que habían pospuesto por una u otra razón, y les dijo que ya era demasiado tarde; con aspereza, les declaró que su pequeñito había ido al infierno, diciéndoles que habían fallado y que tenían la culpa por haber causado a su hijo un tormento sin fin.

    Después de que se terminó el sermón y se cubrió el sepulcro, los amigos, vecinos y familiares se alejaron del lugar; los élderes entonces se acercaron a los desconsolados padres. “Somos siervos del Señor”, dijeron a la madre que sollozaba, “y hemos venido a traerles un mensaje”.

    Mientras los padres apesadumbrados escuchaban, los dos jóvenes élderes les presentaron una vislumbre de las eternidades; leyeron revelaciones y les expresaron a aquellos humildes y afligidos padres su testimonio de la restauración de las llaves para la redención tanto de los vivos como de los muertos.

    No critico al predicador ambulante, sino que más bien le tengo algo de compasión, puesto que hacía lo mejor que sabía hacer, según la luz y el conocimiento que había recibido, pero hay mucho más de lo que él tenía para ofrecer: está la plenitud del Evangelio.

    El camino que los élderes mostraron a aquellos humildes campesinos era algo más que la conversión y el arrepentimiento y el bautismo; porque a los que lo sigan, ese camino los conducirá a su debido tiempo a los recintos sagrados del santo templo. Allí, los miembros de la Iglesia que reúnen los requisitos pueden participar en las ordenanzas redentoras más exaltadas y sagradas que se han revelado al género humano. Allí se nos puede lavar y ungir, instruir, investir y sellar. Y una vez que hayamos recibido esas bendiciones nosotros mismos, podemos llevar a cabo las ordenanzas por los que hayan muerto sin haber tenido esa oportunidad.

    Tengo la esperanza de ensanchar tu comprensión con respecto al porqué de edificar templos y a la razón por la cual se llevan a cabo en ellos ordenanzas y ceremonias.

    El privilegio de asistir al templo

    Entrar al santo templo es un privilegio. Si reúnes los requisitos, de acuerdo con las normas que se han establecido, por supuesto debes venir a recibir tus propias bendiciones; y después, debes volver una y otra vez a fin de poner esas bendiciones al alcance de otros que han muerto sin tener la oportunidad de recibirlas en la vida terrenal.

    No debes venir al templo hasta que te hayas ganado ese derecho, hasta que reúnas los requisitos que el Señor ha establecido. Pero debes venir, si no ahora, tan pronto como reúnas las condiciones para hacerlo.

    Más que ninguna otra cosa, la doctrina que forma el fundamento de la obra del santo templo coloca a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en un lugar aparte y mucho más elevado que cualquier otra organización religiosa sobre la faz de la tierra. Nosotros tenemos algo que no tiene ninguna otra denominación religiosa. Y podemos dar algo que ninguna puede ofrecer.

    La angustia que llevan en el corazón aquellos padres desconsolados sólo puede hallar satisfacción en las doctrinas de esta Iglesia, las cuales se centran en las ordenanzas del santo templo.

    El orden en todas las cosas

    A fin de explicar algo del significado de las ordenanzas, comienzo por el tercer Artículo de Fe: “Creemos que por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio”.

    La palabra ordenanza, según el diccionario, significa “conjunto de preceptos referentes a una materia”1. Pero, ¿qué hay con respecto a las ordenanzas del Evangelio? ¿Qué importancia tienen para nosotros, como miembros de la Iglesia? ¿Podemos ser felices, ser redimidos, ser exaltados sin ellas? La respuesta es: Son más que recomendables o deseables, e incluso más que necesarias; más aún que importantes o esenciales, son vitales para cada uno de nosotros.

    Todo Santo de los Últimos Días debe hacerse estas preguntas: ¿Está mi vida en orden? ¿He recibido todas las ordenanzas del Evangelio que debo tener a esta altura de mi vida? ¿Son válidas?

    Si puedes responder afirmativamente a estas preguntas, y si las ordenanzas provienen de la autoridad y del poder sellador, permanecerán intactas eternamente. Si ese es el caso, hasta este momento tu vida está en el orden apropiado. Entonces, sería una buena idea que empezaras a pensar en tus familiares, los vivos y los muertos, teniendo en cuenta esas mismas preguntas.

    Las ordenanzas del templo

    Las ordenanzas que llevamos a cabo en el templo consisten en lavamientos y unciones, la investidura y la ordenanza del sellamiento, tanto de los hijos a los padres como de los cónyuges; a esto último se le llama generalmente matrimonio en el templo.

    A continuación hay un breve resumen de la información disponible en publicaciones con respecto a las ordenanzas del templo.

    En el templo se habla de las ordenanzas de lavar y ungir como ordenanzas preliminares. Para nuestros propósitos, basta con decir lo siguiente: Relacionados con la investidura hay lavamientos y unciones, que son principalmente de naturaleza simbólica pero que prometen bendiciones definidas e inmediatas, así como futuras. El Señor ha dicho con respecto a esas ordenanzas: “Además, de cierto os digo, ¿cómo podré aceptar vuestros lavamientos, si no los efectuáis en una casa que hayáis erigido a mi nombre?” (D. y C. 124:37).

    En conexión con estas ordenanzas, en el templo se te vestirá oficialmente con el gárment y se te prometerán bendiciones maravillosas relacionadas con él. Es importante que escuches atentamente cuando se te administren dichas ordenanzas y que procures recordar las bendiciones prometidas y las condiciones en las cuales éstas se cumplirán.

    Investir es ennoblecer, otorgar a otra persona algo de larga duración y de mucho valor. En las ordenanzas de la investidura del templo, “los que las reciben quedan investidos con poder de lo alto” y “reciben instrucción relacionada con los propósitos y los planes del Señor”2.

    El presidente Brigham Young (1801–1877) dijo lo siguiente sobre la investidura: “Les daré una breve definición: Su investidura es recibir en la casa del Señor todas las ordenanzas necesarias que, una vez que hayan salido de esta vida, les permitan regresar a la presencia del Padre, pasando por los ángeles que están de centinelas, capacitados para darles las palabras claves, los signos y las señas pertinentes al santo sacerdocio, y lograr su exaltación eterna a pesar de la tierra y del infierno”3.

    La bendición de la investidura se requiere para la plenitud de la exaltación. Todo Santo de los Últimos Días debe procurar ser digno de ella y obtenerla.

    La ordenanza del sellamiento es la que liga eternamente a las familias. El matrimonio en el templo es una ordenanza selladora. Los hijos de las parejas que se han sellado en el templo nacen en el convenio. Cuando una pareja se casa en una ceremonia civil y luego se sella en el templo, un año después o más tarde, los hijos que no hayan nacido en el convenio son sellados al matrimonio en una ordenanza breve y sagrada.

    Siempre me ha impresionado el hecho de que las ordenanzas del templo se llevan a cabo en forma reverente y cuidadosa. No son complicadas ni extravagantes, sino sencillas como los principios del Evangelio.

    En la Iglesia poseemos la autoridad necesaria para efectuar todas las ordenanzas imprescindibles para redimir y exaltar a toda la familia humana. Y, por tener las llaves del poder sellador, lo que liguemos aquí de manera apropiada quedará ligado en los cielos. Esas llaves —las llaves que sellan y ligan en la tierra para que quede ligado en el cielo— representan el don supremo de nuestro Dios. Con esa autoridad, podemos bautizar y bendecir, investir y sellar, y el Señor honrará nuestros compromisos.

    Las ordenanzas se deben poner a disposición de los muertos

    El predicador ambulante al que me referí anteriormente no tenía una respuesta para la pregunta de qué les sucede a aquellos que murieran sin haber recibido el bautismo. ¿Qué les ocurrirá? Si no hay otro nombre debajo del cielo por el cual el hombre pueda salvarse (lo cual es verdad), y si han vivido y muerto sin haber oído nunca ese nombre, y si el bautismo es esencial (y lo es), y han muerto sin haber recibido ni siquiera una invitación para aceptarlo, ¿dónde se encuentran ahora?

    Esa pregunta es difícil de entender, pero describe a la mayor parte de la familia humana. En otras palabras, ¿qué poder establecería un Señor y un bautismo para luego permitir que la mayoría de la familia humana nunca llegara a sentir la influencia de sus doctrinas? Sin respuesta a esa pregunta, es preciso admitir que la mayor parte del género humano se perdería, incluso el niñito que se ahogó, lo que va en contra de toda aplicación razonable de la ley de justicia o de misericordia.

    Si una iglesia no tiene una respuesta para este argumento, ¿cómo puede afirmar que es la Iglesia del Señor? Ciertamente, Él no estaría dispuesto a descartar a la mayoría de los miembros de la familia humana porque no se hayan bautizado nunca mientras estuvieron en la tierra.

    Los que admiten con perpleja frustración que no tienen respuesta para esa pregunta no pueden razonablemente reclamar autoridad para administrar los asuntos del Señor en la tierra ni para dirigir la obra por la cual toda la humanidad puede salvarse.

    Una de las características que nos distingue del resto del mundo y nos identifica como la Iglesia del Señor es que proporcionamos el bautismo y otras ordenanzas para nuestros antepasados fallecidos.

    Siempre que me refiero a esta cuestión de los que han muerto sin el bautismo, lo hago con la más profunda reverencia, porque se trata de una obra sagrada. Aunque muy poco conocida en el mundo, esta obra es maravillosa en lo que ofrece, trascendental y por encima de lo que el hombre podría haber imaginado, suprema, inspirada y verdadera. Es la respuesta.

    Si se cuenta con la autoridad apropiada, se puede bautizar a un mortal por alguien que no haya tenido esa oportunidad antes de morir; esa persona entonces, de acuerdo con sus propios deseos, puede aceptar o rechazar el bautismo en el mundo de los espíritus.

    Esta obra surgió como una grandiosa reafirmación de algo muy básico: el hecho de que hay vida después de la muerte. La muerte del ser humano no es el fin, así como el nacimiento no fue el principio. La gran obra de la redención se lleva a cabo tanto más allá del velo como aquí, en la vida terrenal.

    Se nos ha autorizado para efectuar en forma vicaria bautismos y otras ordenanzas del templo por los muertos a fin de que, cuando se les predique el Evangelio y si desean aceptarlo, esas ordenanzas esenciales se hayan llevado a cabo.

    Ven al templo

    Todo Santo de los Últimos Días es responsable de esta obra. Probablemente no haya otro punto de doctrina que, como éste, distinga a esta Iglesia de otras religiones. Nosotros tenemos las revelaciones. Tenemos esas ordenanzas sagradas.

    A cada uno de ustedes les digo: “Ven al templo”. Es posible que estés esperando anhelosamente el privilegio único en la vida de ir allí a recibir tu propia investidura, a recibir tus propias bendiciones, y a concertar tus propios convenios con el Señor. Es posible que ya hayas ido una o dos veces; es posible que vayas con frecuencia e incluso es posible que seas un oficiante, pero, cualesquiera sean las circunstancias: Ven al templo.

    Si es necesario, pon tu vida en orden; ora con fervor. Comienza ahora esa jornada del arrepentimiento, muy difícil y a veces muy desalentadora. Toma la firme resolución de que harás todo lo que puedas por contribuir a la obra del templo y a la de la historia familiar que la respalda, y por ayudar a toda alma viviente y a todas las que estén más allá del velo de cualquier forma que puedas y con todo recurso que tengas disponible.

    ¡Ven al templo!

    Adaptado de El Santo Templo (1982).

    Notas

    1. Diccionario de la Real Academia Española, “ordenanza”.

    2. Bruce R. McConkie, Mormon Doctrine, 2ª ed. (1966), pág. 227.

    3. Discourses of Brigham Young, sel. de John A. Widtsoe (1941), pág. 416.