2019
Misioneros que regresaron anticipadamente: No están solos
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Jóvenes Adultos

Misioneros que regresaron anticipadamente: No están solos

La autora, que es de Francia, asiste a la universidad en EE. UU.

Algunos jóvenes adultos comparten cómo encontraron sentido y paz después de regresar a casa de la misión de forma anticipada, y cómo tú también puedes hacerlo.

Vietnamese YSA walking to Womens Broadcast

Fotografía por Tiffany Myloan Tong

El ejército de misioneros de tiempo completo que se esfuerzan por cumplir su deber de “invitar a las personas a venir a Cristo”1 proporciona “gran esperanza y mucho gozo” (Alma 56:17) a muchos. Esos misioneros, al igual que los jóvenes guerreros del Libro de Mormón, luchan todos los días con “milagrosa fuerza; y con tanto ímpetu” (Alma 56:56).

Pero incluso entre los 2060 jóvenes guerreros, todavía hubo 200 que “se [desmayaron] por la pérdida de sangre” (Alma 57:25). ¿Los hizo eso menos valientes? ¿Menos fuertes? ¿Menos intrépidos? ¿Menos dignos que los demás? Ni en lo más mínimo.

Del mismo modo, ustedes, misioneros que regresaron a casa antes de lo esperado por razones de salud física o mental, no son menos valientes, menos fuertes, menos intrépidos ni menos dignos. Su perseverancia a través de sus pruebas es, y debería ser, causa de asombro. Han sido preservados; tal vez muy heridos, pero preservados. Sus heridas, ya sean físicas, mentales o espirituales, ahora deben atenderse (véase Alma 57:28). Para aquellos que han regresado a casa por razones que tienen que ver con la dignidad, el arrepentimiento será una parte vital de su curación.

Mientras se adaptan a estar en casa, asegúrense de darse tiempo para sanar, y recuerden poner su confianza en Dios continuamente (véase Alma 57:27). Él nos ha recordado: “… cuando doy un mandamiento a cualquiera de los hijos [o hijas] de los hombres de hacer una obra en mi nombre”, por ejemplo, servir una misión, “y estos, con todas sus fuerzas y con todo lo que tienen, procuran hacer dicha obra, sin que cese su diligencia, y sus enemigos [en algunos casos, nuestras enfermedades físicas o mentales, u otras lesiones] vienen sobre ellos y les impiden la ejecución de ella, he aquí, me conviene no exigirla más a esos hijos [e hijas]… sino aceptar sus ofrendas” (Doctrina y Convenios 124:49).

Cualesquiera que sean las heridas que hayan sufrido —o que se hayan reabierto— en la batalla, siempre que hayan servido dignamente o se hayan arrepentido por completo, su contribución fue necesaria y aceptada por el Señor.

Kuala Lumpur, Selangor, Malaysia: Asian businessman walking outdoors

Fotografía de Getty Images

El leer las siguientes historias puede ayudarles a encontrar sanación en el hecho de que no están solos y que compartir su historia puede ayudar a los demás.

Date cuenta de que el Salvador ha sentido tu dolor

En el viaje en avión hacia mi misión, me imaginé cómo sería mi regreso a casa. Estallarían los aplausos, mi familia y mis amigos me abrazarían y viviría el resto de mi vida en paz, disfrutando de toda bendición que me brindaba ser un misionero que había regresado honorablemente.

Once meses después, en el viaje en avión de regreso a casa, pasé cada instante sintiendo angustia por lo que me esperaba. Mi familia estaba esperando y, aunque me animaron y me abrazaron, antes de que me diera cuenta estaba solo, sin tener idea sobre mi futuro.

El Salvador vio mis días oscuros. Él sabía cómo me sentía, acostado en la cama durante tres semanas, llorando y durmiendo para evadir la realidad. Él sabía que necesitaría de Su fuerza, porque nadie más a mi alrededor podía entender ni sentir empatía por lo que yo estaba atravesando. Pero Él sí. Sin Él, no podría haber sobrevivido a mi misión ni a regresar a casa de forma prematura.

Ali Boaza, Queensland, Australia

Está dispuesto a seguir la voluntad del Señor

Todo iba bien en mi misión. Tuve experiencias increíbles que permanecerán en mi corazón para siempre. Sin embargo, después de ocho meses, comencé a tener problemas de salud. Después de mucho ayuno y oración, me enviaron a casa. Estaba destrozado. Pensaba que todo era mi culpa. Dejé de leer las Escrituras y de orar con la frecuencia debida. Me preguntaba si no había hecho todo lo posible por quedarme.

Pero me di cuenta de que se me estaba probando para ver si seguiría siendo fiel al Señor. Fue difícil, pero puse mi confianza en Él y regresé al campo misional, donde una vez más tuve experiencias maravillosas.

Entonces, mis problemas de salud volvieron. Pero esta vez estaba más dispuesto a seguir la voluntad de nuestro Padre Celestial, así que volví a casa por segunda vez. Fue difícil, pero sé que puedo aprender de todo lo que pasé.

Aunque no presté servicio durante 24 meses, sé que cumplí una misión honorable. Sé que el tiempo que serví al Señor valió la pena para mí y para las personas a quienes ayudé. Estoy agradecido a mi Salvador por Su expiación infinita. Él conoce cada uno de nuestros desafíos, y si confiamos en Él con toda certeza, nunca estaremos solos.

Fillipe Hoffman, Goiás, Brasil

No pierdas tiempo preguntándote por qué

La idea de volver a casa antes de lo esperado era devastadora. Tan pronto como el consejero lo sugirió, sentí una mezcla muy complicada de emociones: vergüenza, alivio, culpa, paz, tristeza. Todo al mismo tiempo.

Sé que Dios me estaba apoyando porque, de alguna manera, logré superar esa primera semana en casa. Y luego logré sobrellevar otra semana. Y otra. Hasta que finalmente pude sentirme yo misma otra vez. Mi padre fue mi mayor apoyo y realmente me protegió. Siempre quería hablar y pasar tiempo conmigo, no para entrometerse en lo que “salió mal”, sino para ver cómo estaba.

Cuando mi padre falleció en un accidente de montañismo unos meses después, supe sin lugar a dudas que Dios tenía un plan para mí. El haber podido estar con mi papá durante los últimos meses de su vida fortaleció mi testimonio del Plan de Salvación. Aún no entiendo todas las razones por las que tuve que volver a casa cuando lo hice, pero también aprendí que, si pasas demasiado tiempo preguntándote por qué, te pierdes los maravillosos milagros que Dios ha provisto para ti a diario.

Kristen Watabe, Ohio, EE. UU.

Adapta tus expectativas

Cuando enfermé demasiado como para continuar mi misión, supe que Dios quería que me fuera a casa, pero eso era exactamente lo contrario a lo que yo quería. También me angustiaba la repentina pérdida de salud, lo que más tarde demostró ser el comienzo de una enfermedad crónica e incapacitante.

Mientras me adaptaba a mi enfermedad, sentía que había perdido mi propósito. Necesitaba mucha ayuda y sentía que no tenía nada para ofrecer. Pero sabía que debía continuar ejerciendo mi fe, así que seguí estudiando, orando y tratando de seguir al Espíritu. Un día, mientras estudiaba el Nuevo Testamento, encontré una pintura de James Tissot titulada Jesús manda a Sus discípulos que descansen. Esa representación de Marcos 6:30–31 me tranquilizó de inmediato. Cuando vi a Cristo velando por Sus siervos que descansaban, sentí cuánto los amaba a ellos, y a mí.

Jesus Commanding His Disciples to Rest

Finalmente, aprendí que las expectativas que yo tenía para mí no eran las mismas que las que Dios tenía. En ciertos aspectos, Sus expectativas eran más desafiantes en lo personal, pero estaban mucho más en sintonía con mis necesidades. Estoy muy agradecida por la forma en la que Él me enseña a aceptar más plenamente Su ayuda y Su amor perfecto. Su fe en mí me da la esperanza que necesito para seguir adelante.

Sabrina Maxwell, Utah, EE. UU.

Permanece en el camino del Evangelio

Regresé a casa antes de lo previsto de la Misión Filipinas Cebú Este. Las preguntas de “qué hubiera pasado si…” y no encajar en el “molde de exmisionero” hicieron más difícil la adaptación. Dado que había servido en mi país de origen, luchaba con el pensamiento de que había decepcionado a mi rama y que no había satisfecho sus expectativas. Al compararme con los “verdaderos” exmisioneros, me veía a mí mismo menos digno o como un paria.

Finalmente, el Señor me enseñó que la misión es solo una de las muchas formas de servirle. Lo que cuenta no es dónde ni por cuánto tiempo sirves, sino cómo lo haces. Me enseñó a ser humilde y a permanecer en el camino del Evangelio, incluso si las cosas se ponen difíciles y no van hacia donde yo quiero.

Jasper Gapuz, Filipinas

Mira hacia nuestro Padre Celestial y Jesucristo

Me llamaron a servir en la Misión Nueva Zelanda Wellington. Cuando supe que tenía que irme a casa antes de lo esperado, sentí que había decepcionado a mi Padre Celestial y a mis padres.

He aprendido mucho de mi misión y de esta situación. Nunca necesité confiar en nuestro Padre Celestial y en la expiación del Salvador tanto como cuando volví a casa anticipadamente. Debí confiar en Dios y aceptar todo lo que Él deseaba que yo pasara y aprendiera. No puedo negar el poder de la Expiación y cómo he llegado a saber realmente que Jesucristo es mi Salvador. Aprendí que Dios me hace sentir humilde y me enseña por medio de mis debilidades y momentos difíciles.

No importa dónde esté, ni si tengo una placa con mi nombre en el pecho, todavía soy una discípula de Jesucristo. Sé que el Señor aún me ama y está conmigo, y que desea que siga sirviendo a los demás; y aunque estoy en casa, sé que no soy una fracasada porque, por medio de esa experiencia, Él me ha ayudado a ser mejor persona.

Natasha Krisanalome, Tailandia

Fortalece tu relación con el Salvador

Tuve el privilegio de servir mi misión en Anchorage, Alaska, EE. UU. Fue desgarrador volver a casa antes de lo planeado debido a complicaciones por haber sufrido esguinces en ambos tobillos y pies. Ciertamente no fue fácil, pero tuve muchas experiencias que me enseñaron valiosas lecciones de vida. Aprendí que el Padre Celestial tiene un propósito para todo lo que sucede en nuestra vida. También aprendí a pasar las pruebas con una mejor perspectiva. Mi relación con el Salvador se hizo más fuerte de lo que nunca había sido, porque aprendí hasta qué grado puede aplicarse el poder sanador de Su expiación.

El Padre Celestial realmente me ayudó en ese momento difícil. Aunque en ocasiones aún sigo luchando con ello, sé que mi Padre Celestial tiene el control y que Él sabe lo que necesito en mi vida más que yo.

Amber Bangerter, Utah, EE. UU.

Ten la seguridad de que la obra misional continúa dondequiera que estés

Serví en la Misión Hungría Budapest. Cuando regresé a casa antes de lo planeado, fue difícil porque todos mis compañeros todavía estaban en su misión y extrañaba ser misionero. También temía que otros miembros de la Iglesia me juzgaran; pero, afortunadamente, todos me trataron con amor y entendieron mi situación.

Con el paso del tiempo, me sentí mejor. Leí un artículo en la revista Liahona acerca de misioneros que habían regresado de forma prematura, el cual me ayudó a sentirme mejor porque ya no sentía que era el único (véase Destiny Yarbro, “De regreso a casa antes de lo previsto”, Liahona, enero de 2018 págs. 44–47). También tomé muy en cuenta lo que dijo mi tía: “La obra misional continúa dondequiera que estemos”.

Lucas Ludwig Saito, São Paulo, Brasil

Rodéate de todo lo bueno

Nunca pensé que volvería a casa de la misión antes de lo planeado, y me sentía avergonzado y nervioso por tener que enfrentar a todos. Aunque fue uno de los momentos más difíciles de mi vida, también crecí gracias a la experiencia. Me convirtió en una mejor persona.

Regresé a casa para pasar por un proceso de arrepentimiento. Algunas de las decisiones que había tomado antes de la misión no estaban de acuerdo con las enseñanzas y los mandamientos del Evangelio. Debido a mi vergüenza y mi deseo de mantener mi buena reputación en la Iglesia, no había pasado por el proceso de arrepentimiento con mi obispo antes de partir. Sin embargo, ya durante los primeros meses sentí la necesidad de volver a casa a arrepentirme para poder servir con honor e integridad.

Las cosas que realmente me animaron cuando volví a casa fueron participar en actividades espiritualmente edificantes, entre ellas las reuniones de la Iglesia, los proyectos de servicio y el templo, una vez que pude ir. Sin embargo, lo que más me ayudó fueron las personas que me rodeaban: mi familia, algunos amigos e incluso personas que nunca antes había conocido que me mostraron amor y amabilidad.

En general, con la ayuda del Señor y los ejemplos cristianos a mi alrededor, pude regresar a Florida para terminar mi misión. Mi esperanza es que todos nos esforcemos por ser semejantes a Cristo con los demás, ya sea que hayan regresado a casa anticipadamente o que simplemente lo necesiten.

Caigen Stuart, Utah, EE. UU.

Confía en el Salvador

Recibí mi llamamiento misional a la Misión Zambia Lusaka. Una de las cosas más difíciles de volver a casa antes de lo planeado fue que los miembros no comprendían a los misioneros que regresaban en forma prematura.

Cuando volví, tuve que estar hospitalizada durante tres semanas, y ningún miembro de la Iglesia me llamó ni me visitó. Las únicas personas que vinieron fueron el líder del grupo y los misioneros para darme la Santa Cena todos los domingos, y eso fue solamente porque yo les pedí que lo hicieran. Realmente la ayuda de los miembros podría haberme beneficiado para desarrollar mi fortaleza y mi fe en Jesucristo durante las primeras semanas en casa, pero tuve que hacerlo sola.

El Señor continúa enseñándome todos los días por qué volví a casa antes de lo esperado, aunque a veces todavía es difícil de entender. Ahora me doy cuenta de que volver a casa antes me permitió encontrar a mi padre y a su familia y establecer una relación con ellos. Me permitió descubrir que tengo un trastorno que continúa siendo parte de mi vida, y he aprendido cuáles son mis fortalezas y mis debilidades; por ejemplo, cómo decir que “no”. Antes, era muy difícil para mí decir que no a algo o a alguien. Siempre estaba dispuesta a hacer cosas y poner a los demás primero, sin importar cuán cansada ni ocupada estuviera, lo cual no está mal; pero debido a esta prueba he aprendido que a veces debo ponerme yo en primer lugar.

Todavía sigo descubriendo cosas nuevas sobre el Señor y por qué tuve que volver a casa de manera anticipada, pero he recibido muchas bendiciones y confío en el Señor a diario. Aunque a veces es difícil y las personas no siempre entienden, sé que el Salvador sí lo hace. Y sigo confiando en Él y en Su expiación infinita.

Lindi Chibase, Gauteng, Sudáfrica

La promesa que se encuentra en tu carta de llamamiento misional, hecha a ti cuando decidiste formar parte de esta obra, se cumplirá: “El Señor te recompensará por tu bondad”. Con atención y cuidado, tus heridas pueden sanar y convertirse en una herramienta para que puedas ayudar a los demás a venir a Cristo. Ese es, después de todo, el deber de los misioneros.