2019
Una promesa a una niña
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Tema

Una promesa a una niña

Lluvia Paredes Cabrera

Yucatán, México

A Promise to a Child

Ilustración por Pascal Campion

Hace algunos años, estaba extremadamente deprimida. Lo único en lo que podía encontrar un poco de motivación era en mi mejor amiga y sus hijos. Salíamos a pasear los fines de semana, cosa que yo disfrutaba. Sin embargo, con el tiempo, comenzamos a salir cada vez con menos frecuencia. Comencé a extrañar a mi amiga y a su familia. Más tarde supe que nuestros paseos eran menos frecuentes debido a que mi amiga y su familia habían reanudado una costumbre que habían dejado hacía muchos años: asistir a la Iglesia.

Un día me invitaron a almorzar. Volver a verlos hizo que me sintiera muy feliz. Les dije lo mucho que los extrañaba. La hija de mi amiga, que tenía seis años, sugirió que resolveríamos el problema si íbamos juntos a la Iglesia. Así que, sin pensárselo dos veces, me invitó a ir.

¡Ay, no! ¿Cómo podría hacer entender a la familia que ir a la Iglesia estaba bien para ellos, pero era demasiado aburrido para mí? No había ido a una iglesia desde hacía años; pero ¿cómo podría decir que no a una niña? Dije que iría, pero la verdad es que no tenía la más mínima intención de cumplir aquella promesa.

El domingo, fui a desayunar con mi padre. Mi teléfono celular no dejaba de sonar, recordándome que había prometido a una niña pequeña que iría a la iglesia con ella. Ignoré el teléfono celular hasta que mi padre me preguntó por qué no contestaba. Admití que me habían invitado a ir a una reunión de una iglesia, pero no quería ir. Él sonrió y me dijo: “Lluvia, nunca le hagas una promesa a un niño si no estás dispuesta a cumplirla”. Decidí que iba a cumplir mi promesa.

Cuando llegué a la Iglesia, sentí algo diferente, algo que no puedo describir. Todavía no puedo explicar cómo sucedió, pero al domingo siguiente, me encontré allí de nuevo, y también al siguiente, y al siguiente, hasta que comprendí lo que había estado sintiendo: el Espíritu Santo.

Los miembros de la Iglesia comenzaron a hacerme sentir como en casa. Sin ninguna duda, sentía curiosidad por la Iglesia. Comencé a reunirme con los misioneros y también a obtener un testimonio. Las visitas de los misioneros se hicieron más constantes y mi comprensión del Evangelio creció hasta que sentí un inmenso deseo de bautizarme. Poco después fui bautizada y ahora disfruto de las bendiciones del Evangelio. Por ello, estoy muy agradecida de haber cumplido mi promesa a una niña de seis años.