2016
Todos pueden aprender de un profeta
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Voces de los Santos de los Últimos Días

Todos pueden aprender de un profeta

Latter-day Saint Voices

Ilustración por Allen Garns.

Cuando tenía 17 años, trabajaba en un hotel en Kailua-Kona, Hawai, EE. UU. Mientras trabajaba de botones, vi a mucha gente famosa como huéspedes del hotel, entre ellos a John Wayne, Dorothy L’Amour y Esther Williams.

Una noche, después de que la mayoría de los huéspedes habían llegado, me encontraba tomando un descanso enfrente del hotel, cuando una limusina negra se detuvo en la acera y de ella salieron siete hombres vestidos con pantalón negro, camisa blanca y corbata. Los acompañaba otro hombre que llevaba traje negro. Después de que el conductor estacionara el auto, todos ellos entraron en el comedor a cenar. Pensé que parecían agentes del FBI, mientras volvía a entrar para continuar mis deberes de atender las llamadas del servicio de habitaciones.

Alrededor de una hora más tarde, me encontraba afuera del hotel fumando un cigarrillo, mientras el grupo que había visto antes salía para volver a su limusina, que los esperaba en el bordillo de la acera. Caminaron por la vereda hacia el auto y abrieron la puerta trasera para que entrara el hombre de negro, pero en vez de hacerlo, él se detuvo, se dio la vuelta para mirarme mientras yo me apoyaba en el edificio, y se me acercó.

Era alto y delgado, con gafas de montura metálica y una pequeña barba blanca. Extendió la mano para estrechar la mía y puso la otra mano en mi hombro. Me sorprendió que un hombre de aspecto tan distinguido se acercara a hablar conmigo, un joven a quien ni siquiera conocía.

No recuerdo todo lo que me dijo, salvo las palabras “esas cosas son malas para ti”, refiriéndose al cigarrillo. Su amabilidad y actitud me causaron una gran impresión.

Un año después, recibí las lecciones de los misioneros y me bauticé.

Mientras miraba las fotos de los líderes de la Iglesia, me fijé en una del presidente George Albert Smith (1870–1951) y de inmediato me di cuenta de que él era el hombre amable y distinguido que había conocido delante del hotel. Me impresionó aún más que el Presidente de la Iglesia hiciera algo semejante a alguien como yo, un muchacho que no era ni siquiera miembro de la Iglesia y de ninguna importancia en particular.

Fue un gran hombre al demostrar tal amor y preocupación por un joven que trabajaba en un puesto desapercibido y que no tenía conocimiento del Evangelio ni del amor de nuestro Padre Celestial por nosotros.

Sesenta y cinco años más tarde, poseo un gran entendimiento de esa preocupación y amor, y me esfuerzo por ver a las personas que me rodean del mismo modo que el presidente Smith me vio a mí.