2016
Sentir el espíritu del templo
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Voces de los Santos de los Últimos Días

Sentir el espíritu del templo

Latter-day Saint Voices

Ilustración por Allen Garns.

Tuve la oportunidad de visitar a mi hija Callie en Las Vegas, Nevada, EE. UU., adonde se había mudado hacía poco con su esposo y sus dos hijos. El barrio al que Callie asistía se reunía al mediodía, por lo que tuvimos una plácida mañana para prepararnos y conversar en cuanto a lo que haríamos después de las reuniones de la Iglesia. Dado que Callie aún no había tenido la oportunidad de visitar el templo, decidimos ir y tomar fotos de los niños en los jardines.

Al igual que en todos los templos, los jardines del Templo de Las Vegas, Nevada, son hermosos, bien cuidados y con bellas fuentes y flores.

Después de leer un relato que el presidente Thomas S. Monson contó, Callie anhelaba llevar a sus hijos al templo para que pudieran tocarlo (véase “La búsqueda de la paz”, Liahona, marzo de 2004, págs. 3–7). Lo primero que hizo fue explicar a su hija, Stella, el carácter sagrado y la importancia del templo.

Stella comprendió tan bien como cualquier otra niña de tres años lo haría y la animamos a que tocara el templo. Tomamos varias fotografías de Stella y de su hermanito de tres meses tocando el templo.

Cuando llegó la hora de marcharnos, Stella no quería irse. Pensamos que comprendíamos el motivo; ella estaba disfrutando del encantador entorno y sin duda sentía el mismo espíritu que nosotros sentíamos.

Después de ponerla en el auto y de abrocharle el cinturón, nos dispusimos a partir. Me volteé, agité la mano y le indiqué a Stella: “Dile adiós al templo”. Ella miró hacia el templo, agitó la mano y dijo: “Adiós, templo. Adiós, abuelo”. Pensé que no había escuchado bien, pero cuando miré a Callie y vi que tenía los ojos llenos de lágrimas, supe que ambas habíamos escuchado lo mismo.

El abuelo de Stella —mi esposo, Tim— había fallecido cuatro años antes de que Stella naciera. Sin duda, ella había visto fotografías de él y había escuchado a la familia hablar sobre él, pero ese día no lo habíamos mencionado en nuestras conversaciones.

Al momento en que Tim falleció, solamente teníamos un nieto. Ahora tenemos doce, y cada vez que cargo a uno de esos preciosos bebés que tan recientemente ha dejado la presencia del Padre Celestial, he tenido el impulso de preguntar: “¿Conociste al abuelo? ¿Qué consejos te dio antes de partir?”.

Mi testimonio del carácter sagrado del templo se fortaleció ese día. Quizá no podamos llevar a nuestros pequeñitos a su interior con nosotros, pero podemos llevarlos hasta sus puertas y permitirles que pongan sus manos en las puertas por las que innumerables miembros dignos han entrado en la Casa del Señor.