La realidad de la Navidad
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    La realidad de la Navidad

    Sin el nacimiento y la expiación del Salvador, no tendríamos Intercesor, ni Abogado ante el Padre, ni Mediador que hiciese posible que volviésemos a la presencia de nuestro amado Padre Celestial y viviésemos juntos como familias eternas.

    Cuando mi padre era niño, vivía en un pueblito del centro del estado de Utah (Estados Unidos), cerca del Lago Utah. En los días previos a los pioneros, los indígenas cazaban y pescaban en esa región, y ciertos lugares alrededor del lago se hicieron famosos a causa de los que buscaban puntas de flechas.

    Cuando mi padre tenía cinco años, los padres de su barrio, junto con sus hijos, fueron a una actividad al Lago Utah en busca de puntas de flechas. Después de que el grupo hubo pasado el día buscando, mi abuelo le preguntó a mi padre si había encontrado alguna punta.

    “No, no encontré ninguna”, respondió mi padre. Entonces se metió la mano en el bolsillo y dijo: “Pero sí encontré esta bonita piedra que tiene forma de árbol de Navidad”.

    Después de todo, mi padre había encontrado la punta de una flecha, pero no lo sabía; tenía en la mano una punta auténtica, pero no la reconoció.

    Reconocer al Redentor

    Para muchas personas hoy en día, la visión que tienen de lo que es real y más importante: Jesucristo, el Salvador del mundo, está nublada por cosas que no son reales.

    Hace poco vi un programa de televisión sobre Jesucristo que cuestionaba si en realidad había nacido de la virgen María; incluso profesores eminentes de reconocidas instituciones de aprendizaje especulaban en cuanto a si eso sería cierto.

    Respondiendo a esos escépticos, el presidente Ezra Taft Benson (1899–1994) dijo: “Los que se consideran eruditos tratan de convencernos de que el nacimiento divino de Cristo, tal como se proclama en el Nuevo Testamento, no fue para nada divino y que María no era virgen en el momento en que concibió a Jesús. Nos quieren hacer creer que José, el padre adoptivo de Jesús, era Su padre biológico y que, por lo tanto, Jesús era humano en todo atributo y característica. Aparentan ser generosos al alabarlo cuando dicen que fue un gran filósofo moral, tal vez el más grande de todos, pero el propósito fundamental de sus esfuerzos es repudiar el atributo divino de Jesús como hijo, ya que en esa doctrina se basan todas las demás afirmaciones del cristianismo”1.

    He esquiado en nieve artificial, y he decorado árboles de Navidad artificiales con adornos artificiales en forma de tiritas de hielo. A veces puede resultar difícil discernir lo que es real, especialmente en una época en que abunda la realidad virtual. Entonces, ¿cómo sabemos qué es real? ¿Cómo obtenemos un testimonio de la realidad de Jesucristo?

    Obtenemos un testimonio de lo que es real cuando leemos la palabra de Dios en las Escrituras, tanto antiguas como modernas. Aprendemos en cuando a la realidad del Salvador al escuchar a los profetas y apóstoles vivientes y al leer sus testimonios. Encontramos la verdad al orar “con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo” (Moroni 10:4). Descubrimos “la senda verdadera” al “creer en Cristo y no negarlo” y al “[inclinarnos] ante él y adorarlo con todo [nuestro] poder, mente y fuerza, y con toda [nuestra] alma” (véase 2 Nefi 25:29).

    Profecías del nacimiento de Cristo

    Abundan las Escrituras que profetizan el nacimiento de Cristo: la primera Navidad. Cuando leemos esas profecías de las Escrituras, quizás olvidemos que en verdad eran profecías. Nos proporcionan muchos detalles en cuanto a lo que iba a ocurrir pero que aún no había sucedido.

    Ochocientos años antes del nacimiento de Cristo, Isaías dijo: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado estará sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6).

    Seiscientos años antes del nacimiento del Salvador, Nefi describió una visión que tuvo de la madre del Hijo de Dios:

    “…miré, y vi la… ciudad de Nazaret, y en ella vi a una virgen, y era sumamente hermosa y blanca…

    “Y [el ángel] me dijo: “He aquí, la virgen que tú ves es la madre del Hijo de Dios…

    “Y miré, y vi de nuevo a la virgen llevando a un niño en sus brazos.

    “Y el ángel me dijo: ¡He aquí, el Cordero de Dios!” (1 Nefi 11:13, 18, 20–21).

    Ciento veinticuatro años antes del nacimiento del Salvador, el rey Benjamín dijo:

    “Porque he aquí que viene el tiempo, y no está muy distante, en que con poder, el Señor Omnipotente… descenderá del cielo entre los hijos de los hombres; y morará en un tabernáculo de barro, e irá entre los hombres efectuando grandes milagros…

    “Y se llamará Jesucristo, el Hijo de Dios, el Padre del cielo y de la tierra, el Creador de todas las cosas desde el principio; y su madre se llamará María” (Mosíah 3:5, 8).

    Ochenta y tres años antes del nacimiento de Cristo, Alma dijo: “Y he aquí, [el Hijo de Dios] nacerá de María, en Jerusalén, que es la tierra de nuestros antepasados… siendo ella virgen, un vaso precioso y escogido” (Alma 7:10).

    Y sólo seis años antes de la primera Navidad, Samuel el Lamanita declaró:

    “Y he aquí, esto os daré por señal al tiempo de su venida: porque he aquí, habrá grandes luces en el cielo, de modo que no habrá obscuridad en la noche anterior a su venida…

    “Y he aquí, aparecerá una estrella nueva, tal como nunca habéis visto; y esto también os será por señal” (Helamán 14:3, 5).

    Los judíos esperaban con anhelo ese grandioso acontecimiento; sabían que el Mesías vendría, y esperaban que viniera en gloria, que los librara temporalmente, que estableciera un reino terrenal y gobernara como Su rey.

    ¿Quiénes serían los primeros en enterarse del nacimiento del Mesías? ¿No serían los del Sanedrín u otros que ocuparan puestos de poder e influencia?

    En la Biblia nos dice que fueron los humildes pastores que dormían en el suelo a quienes un ángel declaró las “nuevas de gran gozo” (Lucas 2:10) y que fueron los magos de tierras lejanas los que vieron “su estrella en el oriente y [fueron] a adorarle” (Mateo 2:2). Los poderosos y los influyentes, cuya visión estaba empañada por las filosofías de este mundo, no se encontraban con el Salvador en el momento de Su nacimiento ni durante Su ministerio. Habían tenido frente a ellos lo que era real, pero no lo reconocieron ni lo aceptaron.

    Llegar a ser más semejantes a Cristo

    El presidente Benson dijo que una de las cosas más maravillosas acerca de la Navidad es el hecho de que aumenta nuestra sensibilidad hacia las cosas de Dios:

    “Nos hace meditar en la relación que tenemos con nuestro Padre y en el grado de devoción que tenemos por Dios; nos motiva a ser más tolerantes y dadivosos, más conscientes de los demás, más generosos y sinceros, más llenos de esperanza, caridad y amor; todos los cuales son atributos divinos. Es por eso que el espíritu de la Navidad llega al corazón de la gente de todo el mundo… Al menos por un tiempo, se presta mayor atención y devoción a nuestro Señor y Salvador Jesucristo”2.

    Esta Navidad, a medida que el espíritu de la época envuelva nuestro corazón, hagamos algo que exprese nuestros sentimientos de manera externa, manifestando de ese modo que comprendemos que el niño que nació en Belén es el verdadero Redentor. El presidente Howard W. Hunter (1907–1995) dio unos consejos prácticos que nos sirven para lograr ese propósito:

    “Esta Navidad, resuelvan una discrepancia. Busquen a un amigo olvidado; desechen una sospecha y remplácenla con la confianza; escriban una carta; den una respuesta amable; alienten a la juventud; manifiesten su lealtad de palabra y obra. Guarden una promesa; olviden una ofensa; perdonen a un enemigo; pidan disculpas; traten de comprender; examinen lo que exigen de los demás; piensen primero en alguien más. Sean bondadosos, amables; rían un poco más; expresen gratitud; den la bienvenida a un desconocido. Hagan feliz a un niño; regocíjense en la belleza y en la maravilla de la tierra. Expresen su amor con palabras y vuelvan a hacerlo”3.

    Sin Cristo, no habría Navidad; sin Cristo, no habría plenitud de gozo; sin Su nacimiento y Su expiación, no tendríamos Intercesor, ni Abogado ante el Padre, ni Mediador que hiciese posible que volviésemos a la presencia de nuestro amado Padre Celestial y viviésemos juntos como familias eternas.

    Al igual que ustedes, celebro la bella y milagrosa realidad del nacimiento y de la misión del Hijo de Dios, y doy testimonio de que Jesucristo es nuestro Salvador y Redentor: el Mesías prometido.