Hijos e hijas de Dios

Entre amigos

Hijos e hijas de Dios

“¿No tenemos todos un mismo padre?” (Malaquías 2:10).

Elder Paul K. Sybrowsky

Nací de buenos padres. Mi padre y mi madre vivían de acuerdo con los valores de la honradez y la integridad que se enseñan en la Iglesia, pero ellos no eran miembros activos de ella. Sin embargo, mis amigos iban a la Primaria, así que yo también iba. Me sentía feliz allí y nunca quería faltar.

La Primaria se convirtió en mi familia de la Iglesia; iba cada semana a la reunión sacramental y me sentaba con mis amigos de la Primaria. No comprendía totalmente el significado de la Santa Cena, pero sentía algo especial cada vez que la tomaba. Antes de aprender lo que significaba la palabra convenio, comprendí lo que era formar parte de un convenio.

Cuando cumplí doce años, mi quórum del Sacerdocio Aarónico se convirtió en mi segunda familia de la Iglesia. Sentía gran amor y reverencia por el sacerdocio. Como presidente del quórum de diáconos, dirigía las reuniones de quórum; y cuando se ordenaba a un nuevo diácono, le daba la bienvenida con unas cortas palabras. Recuerdo que decía: “Éste es el sacerdocio de Dios y debes honrarlo”.

Al terminar la enseñanza media superior, me uní a la reserva del ejército. El oficial al mando me dio la oportunidad de ser uno de los oficiales comisionados en el ejército de los Estados Unidos. Él era una persona muy cortés, pero también tenía una estatura sumamente grande e impresionante. La gente no acostumbraba a negarse a nada que él pidiera. Le pregunté si podría ir a casa y meditar en la propuesta.

Esa noche oré y acudió a mi mente la oración bautismal que se encuentra en Doctrina y Convenios 20:73: “…Habiendo sido comisionado por Jesucristo, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.

Regresé a la mañana siguiente y le dije que había decidido aceptar una comisión, pero que sería una comisión de mi Padre Celestial y Su hijo Jesucristo. Le expliqué que iba a servir en una misión de mi Iglesia.

El sentimiento de haber tenido respuesta a esa oración fue maravilloso, y lo he sentido una y otra vez al haber orado en cuanto a decisiones importantes. Creo que siempre he sabido que mi Padre Celestial y Jesucristo saben quién soy y que me aman. Tal vez mi conversión haya empezado cuando primeramente asistí a la Primaria y sentí allí el Espíritu. Continuó cuando estuve en los quórumes del Sacerdocio Aarónico y en el campo misional; y aún continúa hoy día.

Todos somos hijos e hijas de nuestro Padre Celestial. Él nunca lo olvida, pero nosotros a veces lo hacemos; de modo que nos ha dado el principio de la fe para ayudarnos a recordar; para ayudarnos a cultivar la fe en Él, nuestro Padre Celestial nos da el don de la experiencia. Al pensar en mi vida pasada, estoy agradecido por las experiencias que me han ayudado a aumentar mi fe.

Disfruten de las experiencias que nuestro Padre Celestial les dará; aprendan de ellas las cosas que Él desea que aprendan. Nuestro Padre Celestial da experiencias a cada uno de nosotros a fin de aumentar nuestra fe en Él y en Su Hijo.

Si algunas de sus experiencias son tristes, por favor recuerden que son hijos e hijas de nuestro Padre Celestial y que Él los ama. Ésta es un ancla segura que nunca desaparecerá. ¡Nunca! Es eterna y está arraigada en el plan de salvación. Deben aferrarse a ella a pesar de cualquier dificultad.