Fe en el paso…y un canto en el corazón

Fe en el paso…y un canto en el corazón

Una caminata de cuarenta kilómetros no era suficiente para impedir a Paulo Tvuarde, miembro brasileño, que asistiera fielmente a la iglesia.

Siempre que oigo o canto las palabras “Hoy sembramos la semilla”1 o “A donde me mandes iré”2, no puedo menos que pensar en Paulo Tvuarde.

Lo conocí un día muy caluroso en el sur de Brasil. Las reuniones de la Iglesia habían terminado y en el centro de reuniones no quedaba casi nadie, con excepción de unos cuantos miembros que se hallaban sentados en el vestíbulo. Mi esposo, que en aquel entonces era presidente de la Misión Brasil Curitiba, se había reunido con Edson Lustoza Araújo, presidente del distrito Guarapuava, Paraná.

“Hermana Paulsen”, me dijo el hermano Jason Sousa, que era uno de los consejeros de mi marido, “¿se fijó en el hermano sentado en el vestíbulo que tiene barro en las botas?”

En el sur de Brasil hay muchos caminos de tierra roja, así que no es raro ver zapatos sucios de barro.

“¿Ese hombre delgado, de cabello oscuro, que parece tener unos treinta años?”, le pregunté.

“Sí, se llama Paulo Tvuarde, y casi todos los domingos viene caminando a la iglesia, a no ser que el barro sea tan profundo que no pueda pasar. Ha estado haciendo eso los últimos catorce años, desde que tenía quince”.

“¿A qué distancia de aquí vive?”, le pregunté. La respuesta del hermano Sousa me tomó desprevenida.

“Mmmm, unos cuarenta kilómetros”, me contestó como cosa natural. “Sale a las tres de la mañana para llegar a tiempo a la iglesia; el recorrido le lleva ocho horas.

Al convertir mentalmente los kilómetros en millas, ¡me di cuenta de que el hermano Tvuarde caminaba veinticinco millas para asistir a las reuniones en Guarapuava!

“Pero ¿por qué lo hace?”, le pregunté con incredulidad.

“Porque está convencido de que la Iglesia es verdadera”.

“Sí, claro”, dije, un poco abochornada por lo obvio de la respuesta. “Lo que quise decir es, ¿por qué tiene que caminar tanta distancia para asistir?”

El hermano Sousa me explicó que Paulo vivía en el campo para ocuparse de la granja de la familia, a fin de que su madre, que tenía setenta y cuatro años y sufría del corazón, pudiera vivir en Guarapuava, donde recibía la atención médica que le hacía falta. El presidente Lustoza era el cardiólogo que la atendía.

“Paulo vive solo, cultiva los campos y cuida los pocos animales que tienen”, continuó. “No tiene electricidad ni agua corriente. La granja queda a ocho kilómetros de la parada de autobús más cercana, pero lo peor del caso es que los sábados y domingos no hay servicio de autobuses, así que él tiene que venir a la iglesia caminando”.

El presidente Lustoza, que había entrado en el cuarto junto con mi esposo, comentó que Paulo asistía por lo general tres domingos de cada cuatro semanas. “No falta, a menos que el estado de los caminos le impida el paso”, dijo. “Se queda los domingos por la noche para tomar el autobús de regreso el lunes por la mañana”.

Si el hermano Tvuarde asistía a las reuniones tres de cada cuatro domingos, ¡eso significaba que caminaba más de trescientas horas y casi 1.600 kilómetros por año sólo para asistir a la iglesia!

Y cuando está en la granja, ha encontrado la forma de compartir el Evangelio. “Decidí que mientras estuviera en el campo arando con el caballo, iba a cantar himnos a toda voz”, comentó un día sonriendo. “Mis vecinos, que también están trabajando en el campo, me oyen y me preguntan qué canto. Eso me da la oportunidad de enseñar el Evangelio”.

Las caminatas hasta la iglesia no eran el único recorrido que Paulo hacía regularmente ejerciendo su fe: Dos veces por año viajaba 530 kilómetros para asistir al Templo de São Paulo, Brasil. En uno de esos viajes, alguien lo presentó a Rita de Cássia de Oliveira, una hermana que trabajaba en el templo. Odete Lustoza, la esposa del presidente, la había conocido en el templo y había animado a Paulo para que le escribiera.

Rita estaba acostumbrada a la vida en una ciudad grande, le gustaba tener amigos y disfrutar de las bendiciones de ser miembro de un barrio que funcionaba en una capilla cercana. Pero después de un noviazgo a distancia con Paulo, que culminó en 2003 con la boda de ambos en el Templo de São Paulo, se fue a vivir con él en la granja.

Se ha adaptado a la vida del campo y está agradecida por la bendición de un matrimonio en el templo. “Lo más difícil fue encontrar marido”, dice; “a lo demás puedo adaptarme”.

Hoy en día, mientras ara los campos de la granja, Paulo sigue tratando de sembrar semillas del Evangelio entre sus vecinos cantando himnos; y todavía tiene que recorrer los cuarenta kilómetros para asistir a la iglesia en Guarapuava, pero ahora viaja con Rita y con Saulo, el hijo de ambos, y en lugar de salir el domingo de madrugada, toman el último autobús del viernes por la noche. Después de pasar el fin de semana visitando a los santos y asistiendo a las reuniones dominicales, vuelven a la granja en autobús los lunes por la mañana, felices de haber ido adonde el Señor quería que fueran.