En la sombra de Sus alas

En la sombra de Sus alas

Poco después de terminar la instrucción básica de vuelo en Phoenix, Arizona, y con pocas horas de volar solo, había obtenido la licencia para hacer mi primer vuelo solo a través del estado; éste suponía seguir una ruta que me llevaría dos horas para ir de Phoenix a Tucson y regresar a Phoenix.

Entusiasmado ante la expectativa de volar solo a 3.000 metros de altura y contemplar la belleza de las nubes, las montañas, los valles y el desierto, no se me ocurrió pensar en mi inexperiencia ni en ningún posible peligro que pudiera presentarse.

Comprobé el estado del tiempo, presenté al aeropuerto mi plan de vuelo, y recogí una radio, un compás y otros instrumentos básicos para volar. Como sucede comúnmente en esa etapa de la instrucción, carecía de la capacitación apropiada para emplear instrumentos avanzados; de todos modos, el modelo viejo de avión que iba a pilotear no tenía ninguno de los dispositivos modernos que permitirían al piloto volar a ciegas.

Me sentía un poco nervioso al despegar solo en mi pequeño monoplano amarillo de un motor, pero el vuelo de Phoenix a Tucson fue bueno y me llené de entusiasmo con mis nuevas habilidades aéreas.

Partí de Tucson hacia Phoenix en las últimas horas de la tarde alegre y confiado, y con sólo 190 kilómetros por recorrer. Pero, apenas había levantado vuelo, me encontré inesperadamente con fuertes corrientes de viento que me impedían controlar la altitud del aeroplano. De pronto, quedé envuelto en una tormenta de polvo y ya no pude ver nada a mi alrededor. Con el avión sacudiéndose de un lado al otro, perdí el control y me sentí frenéticamente desorientado y lleno de miedo al darme cuenta de que estaba peligrosamente cerca de la cadena de montañas Catalina.

En medio del pánico, pensé en mi vida; estaba comprometido para casarme el mes siguiente en el Templo de Mesa, Arizona; había cumplido una misión honorable de tiempo completo; siempre había tratado de obedecer los mandamientos y de seguir las impresiones del Espíritu Santo. Si alguna vez había necesitado guía divina, era en aquel momento. Al borde de la desesperación, ofrecí una oración silenciosa. El Espíritu respondió de inmediato, susurrándome: “Confía en la radio, en el compás y en el panel de instrumentos, y reduce la altitud”.

En seguida descendí unos cien metros; todavía tenía escasa visibilidad pero podía distinguir vagamente debajo una carretera y vías de ferrocarril. Utilizando los instrumentos y siguiendo los puntos conocidos que distinguía, finalmente pude aterrizar en el aeropuerto de Phoenix después de dos horas de una horrible experiencia.

Estaré para siempre agradecido por las impresiones del Espíritu Santo y por esta promesa de Salmos: “…en la sombra de tus alas me ampararé” (Salmos 57:1).