El samaritano con un destornillador

El samaritano con un destornillador

Un domingo, mientras yo me ocupaba de recoger mis cosas después de dar la clase de Damitas, Garry, mi esposo, estaba en la parte de atrás del salón con nuestro hijito de un año en los brazos. Sin que nos diéramos cuenta, Zach, nuestro hijo de tres años, se escurrió por el pasillo lleno de gente y siguió a alguien que se encaminaba hacia la salida del centro de reuniones. Como ambos pensábamos que Zach estaba con el otro, nos llevó unos minutos darnos cuenta de que había desaparecido.

En el mismo momento en que advertimos que no estaba con nosotros, lo vimos aparecer en el otro extremo del pasillo; pero notamos que le había pasado algo: tenía las mejillas rojas, las lágrimas le corrían por la cara y venía agarrándose la mano derecha. El obispo, que lo acompañaba, parecía preocupado. Sentí que se me hacía un nudo de culpabilidad en el estómago; mi hijo se había lastimado y yo no estaba con él para atenderlo.

El obispo nos explicó que había oído sus gritos desesperados y había corrido en su ayuda. De inmediato se dio cuenta de lo que había pasado, pero no de la forma de solucionarlo: los deditos le habían quedado atrapados entre la pesada puerta exterior y el marco; el roce al tratar de abrirla sólo iba a empeorar la lastimadura; el movimiento de la puerta le había apretado más los dedos haciéndole tracción en la mano y causándole tremendo dolor.

Mientras el obispo y un matrimonio del barrio procuraban desesperadamente hallar una solución para soltar la manita de Zach, un hermano de otro barrio que se reunía en nuestro edificio notó lo que pasaba; sacó del bolsillo un destornillador y lo metió en el espacio que había entre la puerta y el marco; luego, utilizando la herramienta como palanca, ensanchó la abertura lo suficiente para liberar a nuestro hijo.

Entre los suspiros de alivio de todos, el hermano explicó que al prepararse aquella mañana para los servicios dominicales, había sentido la extraña inspiración de llevarse un destornillador a la iglesia. La impresión fue tan fuerte y clara que, sin pensarlo más, se metió la herramienta en el bolsillo de los pantalones.

Aquel bondadoso acto de servicio, resultado de una inspiración del cielo, me conmovió profundamente y me llenó el corazón de gratitud. El Padre Celestial estaba al tanto de mi hijito de tres años y había inspirado a un buen hermano para responder en el momento de necesidad.