¿Quieres ir conmigo a la Primaria?

¿Quieres ir conmigo a la Primaria?

“…por medio de cosas pequeñas y sencillas se realizan grandes cosas” (Alma 37:6).

Todos los alumnos de tercer grado, incluso yo, estábamos de acuerdo en que Christy era la mejor en los juegos de barras infantiles y en los columpios; nadie podía subir tan rápido ni mecerse más alto que ella. Además, jugaba bien todos los demás juegos, pero lo más importante es que ella y yo éramos buenas amigas. Un día, durante la hora de recreo, Christy me preguntó: “¿Quieres ir conmigo a la Primaria?”

Yo nunca había oído de la Primaria. “¿Qué es eso?”, le pregunté.

Christy me explicó: “La Primaria es algo especial en mi Iglesia; es sólo para los niños. Si vas, cantarás canciones, conocerás nuevos amigos, aprenderás cosas nuevas y conocerás a mi maestra de la Primaria, que es una persona muy, muy buena”.

“¿Tan buena como la señorita Palmer?”, pregunté, ya que estaba segura de que no había ninguna maestra que fuese tan buena como nuestra maestra de tercer grado.

Christy sonrió. “Sí, es tan buena como la señorita Palmer”.

Después de la escuela, fui corriendo a casa para preguntarle a mamá si podía ir a la Primaria, pero ella no parecía estar tan emocionada por ello como yo. “Necesito un poco más de información”, dijo. “¿Cómo se llama la iglesia de Christy?”

Para empezar, ésa fue una pregunta muy difícil ya que, como le dije a mamá: “No me acuerdo del nombre; es uno muy largo que nunca he oído antes”. Por la expresión de mamá, me di cuenta de que cometí un error por lo que le dije.

“Espera, voy a llamar a Christy ahora mismo”. Corrí al teléfono y marqué el número antes de que mamá pudiera decir una palabra.

El teléfono sonó dos veces antes de que Christy contestara. “¿Hola?”

“¡Christy!”, exclamé; “¡dime otra vez como se llama tu iglesia!” Escuché con atención y después dije: “Mamá, la iglesia de Christy se llama La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”. Como a mamá no se le quitaba el ceño fruncido, sabía que necesitaba ayuda. Dije en el teléfono: “Christy, ¿crees que tu mamá podría hablarle a mi mamá sobre la Primaria?”

Creo que Christy pudo darse cuenta de la desesperación en mi voz porque no tardó en darle el teléfono a su mamá. Al poco rato, nuestras madres hablaban y reían como si fueran viejas amigas. Después, mi madre le dijo a la madre de Christy que sí, que yo podía ir a la Primaria.

Cuando fui a la Primaria por primera vez, la reunión fue tal y como Christy me dijo que sería, y más. Ella tenía razón; nuestra maestra de la Primaria era muy, muy buena, tan buena como la señorita Palmer, e incluso me regaló mi propio librito que hablaba sobre la fe en Dios.

Ese día, al ir a casa, le mostré a mamá mi librito y le conté todo sobre la Primaria; incluso le canté a ella y a mis hermanos la canción “¡Hola!” (Canciones para los niños, pág. 130) que todos los niños me habían cantado. Cuando mamá miró detenidamente la lámina de Jesucristo en el frente de mi librito y leyó algunas de sus páginas, se mostró un poco callada y pensativa, y después dijo que podía ir con Christy a la Primaria todas las semanas si lo deseaba.

Por cierto que quería hacerlo, pero en realidad sólo fui unas veces más, ya que terminamos el año escolar y nuestra familia se fue de vacaciones de verano. Pusimos nuestro equipaje en el auto y desde California viajamos hasta la granja de mi abuela en Illinois.

En el segundo día de nuestro viaje, al pasar por el estado de Utah, vimos carteles a un lado de la carretera que tenían el nombre de la iglesia de Christy. En ellos se hacía la invitación a ver algo a lo que llamaban el centro de visitantes de Salt Lake City. Mamá dijo que a ella le gustaría visitar el lugar para saber más en cuanto a la Iglesia.

Al entrar en el centro de visitantes, nos recibió un hombre muy amable que llevaba una placa de identificación. Al llevarnos en un recorrido, mamá le hizo muchas preguntas, y el hombre parecía estar muy contento de responder a cada una de ellas. Al terminar el recorrido, mamá anotó su nombre y dirección en un álbum para visitantes, e hizo una marca en un cuadrado que tenía la palabra “Sí”, con la que indicaba que le gustaría recibir más información acerca de la Iglesia.

Al volver a casa después de nuestras vacaciones, dos jóvenes que se hacían llamar élderes fueron a visitarnos a nuestro apartamento. Nos dijeron que eran misioneros que habían recibido un mensaje del Centro de Visitantes de Salt Lake City que decía que a mamá le gustaría recibir más información acerca de la Iglesia. Dijeron que les encantaría enseñar a nuestra familia en cuanto al plan de nuestro Padre Celestial y el evangelio de Jesucristo. Eso fue cuando los misioneros empezaron a enseñar a nuestra familia.

La primera vez que fuimos a la iglesia juntos, les dije a los de mi familia que se aseguraran de cruzar los brazos al entrar en la capilla. En la Primaria había aprendido que ésa era una manera de mostrar reverencia. Todo ese día tratamos de mantener los brazos cruzados, pero con tantas personas que se nos acercaron para saludarnos y darnos la bienvenida, no nos fue posible hacerlo por mucho tiempo.

Al terminar nuestras lecciones con los misioneros, le preguntaron a mamá si le gustaría bautizarse en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Ella dijo que oraría al respecto. A la mañana siguiente, a las seis, mamá llamó a los misioneros, les dijo que había orado toda la noche en cuanto a su bautismo y que la respuesta era que “¡Sí!”. Mis hermanos y yo dijimos que también queríamos ser bautizados.

Aún recuerdo cuando entré en el agua de la pila bautismal. Iba vestida de blanco y me sentía tan feliz que deseaba reír y gritar al mismo tiempo. Al levantar la vista, vi a mamá que lloraba de felicidad; después vi a Christy, que estaba igual de emocionada, ya que en realidad todo había empezado cuando ella me preguntó: “¿Quieres ir a la Primaria conmigo?”.