La guía de la mano de Dios

La guía de la mano de Dios

Elder Wolfgang H. Paul

¿Cómo será tu vida dentro de diez años, dentro de veinte? ¿Qué tipo de trabajo o carrera tendrás? ¿Qué llamamientos recibirás en la Iglesia? ¿Cómo será tu familia?

Yo puedo contestarte todas esas preguntas con absoluta certeza: estoy seguro de que yo no lo sé, pero tengo la misma certeza de que Dios sí lo sabe, y de que si confías en Él y te pones en Sus manos, tal vez te encuentres con que te lleva en direcciones inesperadas dándote experiencias y oportunidades maravillosas.

“Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.

“Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:5–6).

El mismo Dios que dirige el curso de las naciones se ocupa de ti, uno de Sus hijos, lo bastante como para bendecirte personalmente. En ambos casos, he sido testigo de la guía de la mano de Dios y la he experimentado yo mismo.

Él bendice a naciones enteras

Durante mis años de crecimiento, Alemania era una nación dividida. El oeste, donde yo vivía, era libre, democrático y prosperaba; el este estaba gobernado por un sistema comunista aliado a la Unión Soviética; había un límite que separaba el este del oeste y estaba marcado por muros, alambre de púas, campos de minas y torres a cargo de guardias armados con ametralladoras. Atrapados en el este, más allá de ese límite, había una cantidad de fieles Santos de los Últimos Días que ansiaban la libertad de adorar a Dios y de recibir las bendiciones del templo.

Los miembros de la Iglesia sabíamos que algún día —en cumplimiento de una profecía— el Evangelio sería predicado en todas las naciones (véase Mateo 24:14). No obstante, debido a que los ejércitos parecían tan poderosos y los gobiernos de corazón tan duro, temíamos que solamente un grave conflicto internacional u otra calamidad mundial pudieran llevar a cabo los cambios necesarios en Alemania Oriental, Polonia y otros países que se hallaban bajo la dominación soviética.

El Señor sabía lo que iba a suceder. El presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) exhortó a todos los miembros de la Iglesia a orar para que se abrieran los límites; y en forma lenta pero segura, cosas milagrosas empezaron a ocurrir. Primero, el gobierno de Alemania Oriental permitió que se construyera un templo en su territorio, y en 1985 se dedicó el Templo de Frieberg. Luego, en 1988, después de que los líderes de la Iglesia hicieron una petición, el gobierno acordó permitir la entrada de misioneros en el país y que salieran misioneros de Alemania Oriental para prestar servicio en otras partes. Y en noviembre de 1989, el gobierno del este abrió el Muro de Berlín, que poco después fue demolido. A continuación, ese gobierno cayó y Alemania se unificó bajo un gobierno democrático.

Los historiadores tienen una larga lista de causas que condujeron a esos grandes sucesos; pero yo no tengo duda alguna de que, detrás de todo lo ocurrido, el Señor estaba guiando los destinos de esas naciones a fin de que se cumplieran Sus propósitos.

La guía de una vida

Ese mismo Dios está interesado en ti personalmente y, si tú lo invitas a hacerlo, Él te guiará y dará forma a tu vida para tu propia bendición y para bendición de otras personas. Lo sé, porque ha dado forma a la mía y ha cumplido Su promesa de que, si lo pongo a Él en primer lugar, me bendecirá con todo lo demás que me haga falta; y a lo largo de mi vida, he visto ocurrir eso muchas veces.

De los 60.000 habitantes del pueblo donde vivíamos nuestra familia era la única familia Santo de los Últimos Días, y hacíamos todo lo posible por vivir el Evangelio. Muchas veces yo sentía el Espíritu y nunca llegué a dudar de que la Iglesia fuera verdadera. Pero mientras prestaba servicio militar, sentí un fuerte deseo de saber por mí mismo si el Libro de Mormón era verdadero; para ello, busqué un lugar donde estuviera en privado e hice exactamente lo que el libro aconseja (véase Moroni 10:4–5): Se lo pregunté a Dios y recibí el testimonio, una sensación espiritual de calidez, bienestar, paz y gran felicidad que nunca olvidaré.

Después del servicio militar, seguí una carrera de administración militar en el gobierno de Alemania Occidental; tenía muchas exigencias, pero obtuve gran experiencia en cosas como asuntos financieros, inmobiliarias, cuestiones legales, etc. Además, tenía un llamamiento para prestar servicio en la presidencia del distrito. Mientras mis compañeros de estudios se pasaban los domingos estudiando, yo cumplía mis asignaciones de la Iglesia y pasaba tiempo con mi familia. Fue difícil, pero las promesas del Señor son verdaderas y se puede confiar en ellas; a mí me fue tan bien como a cualquiera de los otros estudiantes.

Después de graduarme, trabajé en el gobierno durante ocho años; tenía la garantía de un trabajo seguro de por vida y de una pensión muy buena, y parecía que mi existencia futura se desplegaba muy cómoda ante mí. Entonces, el Obispado Presidente de la Iglesia me preguntó si estaría dispuesto a trasladarme a Francfort y trabajar como representante del Área Europa. Para ello, tendría que renunciar a mi empleo seguro y a la futura pensión. Sin embargo, cuando mi esposa y yo oramos al respecto, sentimos que eso era lo que debíamos hacer. De ahí en adelante, mi vida tomó un curso diferente, pero muy bendecido.

La capacitación que había recibido en el gobierno me había preparado para muchas de las situaciones que tuve que resolver en mi nueva responsabilidad. El haber aceptado ese trabajo me permitió prestar servicio más tarde como presidente de misión, algo que nunca se me habría permitido hacer si hubiera seguido trabajando en el gobierno.

Comparto contigo estas cosas con profunda gratitud y sin deseo de jactarme, sólo para demostrarte que, si se lo permites, el Señor dará forma a tu vida de acuerdo con Sus propósitos, y de ello resultarán grandes bendiciones; y te prometo que Él no sólo te bendecirá en asuntos importantes como tu carrera, sino que si te acercas a Él en oración, te bendecirá en las pequeñas dificultades que se presenten diariamente. Yo he tenido esa experiencia muchas veces.

Bendecido de día en día

Recuerdo que cuando prestaba servicio como presidente de rama, un día me encontraba trabajando en el informe anual de diezmos; era un hermoso día de invierno y mi esposa me esperaba para ir en una caminata juntos. Después de estar acostumbrado a trabajar en finanzas como oficial del gobierno, aquello no era una tarea difícil para mí. No obstante, cada vez que trataba de hacer el balance de las cifras, éstas no me daban el resultado correcto. Lo intenté una y otra vez, pero nada funcionaba y empezaba a sentirme frustrado, así que recurrí al Padre Celestial en busca de ayuda.

Me había arrodillado y, cuando me levanté, no pude ver inmediatamente ningún cambio; pero tuve la impresión de revisar de nuevo una parte determinada del archivo de los recibos de los donativos. En aquellos días, venían muchos recibos juntos en un bloque y, al revisar los de ese archivo por segunda vez, descubrí que dos de ellos se habían pegado y parecían uno solo. Así se resolvió el problema.

La dificultad que enfrentes puede ser tan común como la que yo tuve hace poco. Había comprado un módem nuevo de alta velocidad para mi computadora y, después de conectar todo de acuerdo con las instrucciones, no funcionó. Leí las explicaciones para casos de fallas, volví a conectar todo y llamé al servicio de asistencia del fabricante, pero todavía seguía sin funcionar; incluso llevé el equipo a la tienda donde lo había comprado para que lo probaran, y no encontraron ningún desperfecto, por lo que regresé con él a casa. En ese momento me acordé de orar; eso fue lo único que hice diferente, pero entonces el equipo funcionó y todavía sigue funcionando.

Algunos de esos acontecimientos han tenido efecto en naciones enteras; otros han afectado todo el curso de mi vida, y algunos son casi insignificantes si se comparan con asuntos realmente importantes. Pero precisamente a eso me refiero: el mismo Dios que habla a los profetas y cambia el curso de las naciones está dispuesto a hablarte al corazón por medio de Su Espíritu. Él guiará el curso de tu vida y hará de ti mucho más de lo que tú mismo podrías hacer; y, si confías en Él y te apoyas en Él, te ayudará con las dificultades cotidianas que enfrentes en la vida.

Él te conoce, te ama y Sus promesas son seguras.