2010–2019
No me engañes
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No me engañes

Al obedecer los mandamientos de Dios, siempre se nos conducirá por el buen camino y no seremos engañados.

Hoy ofrezco unas palabras de consejo para todos, pero especialmente para ustedes, los de la nueva generación: los niños de la Primaria, y los hombres y las mujeres jóvenes. El profeta del Señor en nuestros días, el presidente Russell M. Nelson, los ama profundamente; tanto que se dirigió a muchos de ustedes el año pasado en un devocional mundial especial para jóvenes titulado “Juventud de Israel”1. A menudo escuchamos al presidente Nelson decir que ustedes son eso exactamente: “la esperanza de Israel”, la nueva generación y el futuro de la Iglesia restaurada de Jesucristo.

Mis jóvenes amigos, para comenzar, me gustaría compartir dos historias de la familia.

El 102.º dálmata

Hace años llegué a casa del trabajo y me sorprendió ver salpicaduras de pintura blanca por todas partes: en el suelo, en la puerta del garaje y en nuestra casa de ladrillos rojos. Inspeccioné la situación más de cerca y descubrí que la pintura todavía estaba húmeda. Un rastro de pintura conducía hacia el patio trasero, de modo que lo seguí. Allí encontré a mi hijo de cinco años, con una brocha en mano, persiguiendo a nuestro perro. ¡Nuestro hermoso labrador negro estaba casi la mitad manchado de blanco!

“¿Qué estás haciendo?”, le pregunté con voz agitada.

Mi hijo se detuvo, me miró, miró al perro, miró la brocha que goteaba de pintura y dijo: “Solo quiero que se parezca a los perros con manchas negras de la película; ¿recuerdas?, la de los 101 dálmatas”.

A mí me encantaba nuestro perro. Pensaba que era perfecto, pero aquel día mi hijo tenía otra idea.

El gatito rayado

La segunda historia es sobre el tío abuelo Grover, que vivía en una casa en el campo, lejos de la ciudad. El tío Grover se estaba haciendo mayor; pensamos que nuestros hijos debían conocerlo antes de que muriera, de modo que, una tarde, emprendimos el largo viaje a su humilde casa. Nos sentamos juntos para conversar y presentarle a nuestros hijos, pero, al poco tiempo, nuestros dos pequeños, de unos cinco y seis años, quisieron ir a jugar afuera.

El tío Grover, al oírlos, se acercó y los miró fijamente. Su rostro estaba tan avejentado y desconocido que asustó un poco a los niños. Les dijo, con tono áspero: “Tengan cuidado; hay muchos zorrillos afuera”. Al escucharlo, Lesa y yo nos sobresaltamos; estábamos preocupados de que los rociara un zorrillo. Mientras seguíamos conversando, los chicos salieron a jugar.

Más tarde, al subir al auto para regresar a casa, les pregunté: “¿Vieron algún zorrillo?”. Uno de ellos respondió: “No; no vimos ningún zorrillo, ¡pero sí vimos un gatito negro con una raya blanca en el lomo!”.

El gran engañador

Esos relatos sobre niños inocentes que descubren algo sobre la vida y la realidad pueden hacernos sonreír, pero también ilustran un concepto más profundo.

En el primer relato, nuestro pequeño hijo tenía un hermoso perro como mascota; no obstante, tomó una lata de pintura y, con brocha en mano, se dispuso a crear su propia realidad imaginaria.

En el segundo relato, los chicos ignoraban felizmente la desagradable amenaza que enfrentaban al encontrar un zorrillo. Al ser incapaces de reconocer correctamente lo que en realidad habían encontrado, corrieron el riesgo de sufrir consecuencias lamentables. Esos son relatos de identidad equivocada, suponiendo que lo real es otra cosa. En ambos casos, las consecuencias fueron menores.

Sin embargo, muchos en estos días hacen frente a esos mismos problemas a una escala mucho mayor. Son incapaces de ver las cosas como realmente son, o están insatisfechos con la verdad. Además, hoy día hay en juego fuerzas deliberadamente diseñadas para apartarnos de la verdad absoluta. Esos engaños y mentiras van más allá de una inocente identidad equivocada, y a menudo tienen consecuencias graves, no menores.

Satanás, el padre de las mentiras y el gran engañador, nos haría cuestionar las cosas como realmente son e ignorar las verdades eternas o que las reemplacemos con algo que parece más placentero. Les “hace la guerra a los santos de Dios”2 y ha pasado milenios calculando y practicando la habilidad de persuadir a los hijos de Dios a creer que lo bueno es malo y que lo malo es bueno.

Se ha ganado la reputación de convencer a los mortales de que los zorrillos son solo gatitos o que, con un poco de pintura, se puede transformar a un perro labrador en un dálmata.

Veamos ahora un ejemplo de este mismo principio que se encuentra en las Escrituras, cuando el profeta del Señor, Moisés, afrontó ese mismo problema. “Moisés fue arrebatado a una montaña extremadamente alta […] vio a Dios cara a cara, y habló con él”3. Dios enseñó a Moisés sobre su identidad eterna. Aunque Moisés era mortal e imperfecto, Dios enseñó que Moisés era “a semejanza de mi Unigénito; y mi Unigénito […] será el Salvador”4.

Para resumir, en esta maravillosa visión, Moisés contempló a Dios, y también aprendió algo importante acerca de sí mismo: aunque mortal, era en verdad un hijo de Dios.

Escuchen atentamente lo que sucedió al final de esa grandiosa visión. “Y aconteció que […] Satanás vino para tentarlo”, diciendo: “Moisés, hijo del hombre, adórame”5. Moisés osadamente respondió: “¿Quién eres ? Porque, he aquí, yo soy un hijo de Dios, a semejanza de su Unigénito. ¿Y dónde está tu gloria, para que te adore?”6.

En otras palabras, Moisés dijo: “No me puedes engañar, porque yo sé quién soy. Fui creado a la imagen de Dios. Tú no tienes Su luz ni Su gloria, así que ¿por qué habría de adorarte o caer presa de tu engaño?”.

Ahora presten atención al modo en que Moisés responde. Él declara: “Vete de aquí, Satanás; no me engañes7.

Podemos aprender mucho de la poderosa respuesta de Moisés a la tentación del adversario. Los invito a responder de la misma manera cuando sientan la influencia de la tentación. Manden al enemigo de su alma, diciendo: “¡Vete! Tú no tienes gloria. ¡No me tientes ni me engañes! Porque sé que soy un hijo o una hija de Dios; y siempre acudiré a mi Dios para pedir Su ayuda”.

No obstante, el adversario no abandona fácilmente sus motivos destructivos para engañarnos y degradarnos. Desde luego no lo hizo con Moisés, sino que quiso hacer que Moisés olvidara quién era en el plano eterno.

Como si estuviera teniendo una rabieta infantil, “Satanás gritó en alta voz y bramó sobre la tierra, y mandó y dijo: Yo soy el Unigénito, adórame a mí”8.

Repasemos. ¿Oyeron lo que acaba de decir? “Yo soy el Unigénito, adórame a mí”.

El gran engañador dijo, en efecto: “No te preocupes, no te voy a hacer daño. No soy un zorrillo, solo un inocente gatito blanco y negro”.

Entonces Moisés acudió a Dios y recibió Su fortaleza divina. Aunque el adversario tembló y la tierra se estremeció, Moisés no claudicó. Su voz fue segura y clara. “Retírate de mí, Satanás”, declaró, “porque solamente a este único Dios adoraré, el cual es el Dios de gloria”9.

Finalmente, “se apartó […] de la presencia de Moisés”10.

Después de aparecerse y bendecir a Moisés por su obediencia, el Señor dijo:

“Bendito eres, Moisés, porque […] serás más fuerte que muchas aguas…

“Y he aquí, estoy contigo hasta el fin de tus días”11.

La resistencia de Moisés al adversario es un ejemplo vívido y revelador para nosotros, independientemente de nuestra etapa en la vida. Es un mensaje poderoso para cada uno de ustedes, para que sepan qué hacer cuando trate de engañarlos. Porque ustedes, al igual que Moisés, han sido bendecidos con el don de la ayuda celestial.

Mandamientos y bendiciones

¿Cómo pueden hallar esa ayuda celestial, como lo hizo Moisés, y no ser engañados ni ceder a la tentación? El Señor mismo reafirmó en esta dispensación un canal eficaz para recibir ayuda divina cuando declaró: “Por tanto, yo, el Señor, sabiendo las calamidades que sobrevendrían a los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, y le hablé desde los cielos y le di mandamientos”12. En palabras más simples, podríamos decir que el Señor, quien conoce “el fin desde el principio”13, conoce las dificultades particulares de nuestros días. Por eso, Él ha proporcionado una manera para que resistamos los desafíos y las tentaciones, muchas de las cuales son el resultado directo de las influencias engañosas del adversario y de sus ataques.

La manera es sencilla. Por medio de Sus siervos, Dios nos habla a nosotros, Sus hijos, y nos da mandamientos. Podríamos reformular el versículo que acabo de citar para decir “Yo, el Señor […] llamé a mi siervo [el presidente Russell M. Nelson] y le hablé desde los cielos y le di mandamientos”. ¿No es esa una gloriosa verdad?

Testifico solemnemente que el Señor realmente habló a José Smith desde los cielos, comenzando con la grandiosa Primera Visión. Él también habla al presidente Nelson en nuestros días. Testifico que Dios se comunicó con profetas en épocas pasadas y les dio mandamientos diseñados para guiar a Sus hijos hacia la felicidad en esta vida y la gloria en la venidera.

Dios continúa dando mandamientos a nuestro Profeta viviente hoy en día. Los ejemplos abundan: un equilibrio en la instrucción del Evangelio, más centrado en el hogar y apoyado por la Iglesia; el remplazo de maestros orientadores y maestras visitantes por el programa de ministración; ajustes en los procedimientos y las ordenanzas del templo; y el nuevo programa Niños y jóvenes. Me maravilla la bondad y la compasión de un amoroso Padre Celestial y de Su Hijo, Jesucristo, quienes una vez más restauraron la Iglesia del Salvador sobre la tierra y han llamado a un profeta en nuestros días. La restauración del evangelio de Jesucristo contrarresta los tiempos peligrosos con el cumplimiento de los tiempos.

La maldad nunca fue felicidad

La obediencia a los mandamientos que se le dan a nuestro Profeta es la clave, no solo para evitar la influencia del engañador, sino también para tener gozo y felicidad duraderos. Esta fórmula divina es más bien sencilla: la rectitud, u obediencia a los mandamientos, trae bendiciones, y las bendiciones traen felicidad, o gozo, a nuestras vidas.

Sin embargo, al igual que el adversario trató de engañar a Moisés, él procura engañarlos a ustedes. Él siempre ha fingido ser algo que no es; siempre trata de ocultar su verdadera identidad, y afirma que la obediencia hará que la vida de ustedes sea miserable y les privará de la felicidad.

¿Se les ocurre alguna de sus estrategias para engañar? Por ejemplo, él disfraza las consecuencias destructivas de las drogas ilícitas o el consumo de alcohol, y en cambio sugiere que darán placer. Nos sumerge en los varios elementos negativos que pueden existir en las redes sociales, incluidas las comparaciones debilitantes y la realidad idealizada. Además, él camufla otros contenidos oscuros y dañinos que se encuentran en línea, tales como la pornografía, descarados ataques a otros mediante el ciberacoso, y sembrando información errónea a fin de causar duda y temor en nuestros corazones y mentes. Él sutilmente susurra: “Simplemente sígueme, y de seguro serás feliz”.

Las palabras que un profeta del Libro de Mormón escribió hace muchos siglos son especialmente relevantes en nuestros días: “La maldad nunca fue felicidad”14. Ruego que reconozcamos los engaños de Satanás por lo que son; que resistamos y veamos más allá de las mentiras e influencias de aquel que desea destruir nuestra alma y robarnos el gozo presente y la gloria futura.

Mis queridos hermanos y hermanas, hemos de continuar siendo fieles y estando alerta, porque esa es la única manera de discernir la verdad y de escuchar la voz del Señor por medio de Sus siervos. “Porque el Espíritu habla la verdad, y no miente […]; estas cosas nos son manifestadas claramente para la salvación de nuestras almas […] porque Dios las declaró también a los profetas de la antigüedad”15. Nosotros somos los santos del Dios Todopoderoso, ¡la esperanza de Israel! ¿Flaquearemos? “¿[H]uiremos sin luchar? ¡No! […] A Dios honrad, por Él luchad, y por Su causa siempre velad”16.

Doy mi testimonio del Santo de Israel, sí, a saber, el nombre de Jesucristo. Testifico de Su amor perdurable y de la verdad y la felicidad que hace posible Su infinito y eterno sacrificio. Al obedecer Sus mandamientos, siempre se nos conducirá por el buen camino y no seremos engañados. En el sagrado nombre de nuestro Salvador, Jesucristo. Amén.