2010–2019
El toque del Salvador
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El toque del Salvador

Al venir a Él, Dios acudirá a nuestro rescate ya sea para curarnos o para darnos la fuerza que precisamos a fin de enfrentar cualquier situación.

Hace unos dos mil años el Salvador descendía de la montaña tras enseñar las Bienaventuranzas y otros principios del Evangelio. En Su camino se le acercó un hombre enfermo de lepra, quien mostrando reverencia y respeto se postró ante Cristo para implorar el alivio de sus pesares. Su súplica fue simple: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”.

El Salvador extendió entonces Su mano para tocarlo y decirle: “Quiero; sé limpio”1.

Aprendemos aquí que nuestro Salvador siempre quiere bendecirnos. Algunas bendiciones podrán llegar de inmediato, otras se demorarán más y algunas incluso podrán concretarse después de esta vida; pero, en su debido momento, llegarán.

Al igual que el leproso, podemos hallar fuerza y consuelo en esta vida cuando aceptamos la voluntad de Él, sabiendo que nos quiere bendecir. Podemos encontrar la fuerza para enfrentar cualquier desafío, superar las tentaciones, y para entender y sobrellevar nuestras circunstancias difíciles. Sin duda, en uno de los momentos más agobiantes de Su vida, el Salvador encontró mayor fuerza para prevalecer cuando le dijo a Su Padre: “hágase tu voluntad”2.

El leproso no presentó su pedido de forma pretensiosa ni exigente. Sus palabras revelan una actitud humilde, con altas expectativas, pero también el deseo genuino de que la voluntad del Salvador fuese lo que tuviese lugar. Este es un ejemplo de la actitud con la cual debemos venir a Cristo. Podemos venir a Cristo con la certeza de que Su deseo es y siempre será lo mejor para nuestras vidas mortales y eternas. Él posee una perspectiva eterna que nosotros no tenemos. Debemos venir a Cristo con el deseo genuino de que nuestra voluntad sea absorbida por la voluntad del Padre, como lo fue la de Él3. Esto nos preparará para la vida eterna.

Resulta muy difícil imaginar el sufrimiento físico y emocional que agobiaba al leproso que acudió al Salvador. La lepra afecta los nervios y la piel, produciendo desfiguraciones y discapacidades. Resultaba, además, en un enorme estigma social. El enfermo de lepra debía abandonar a sus seres queridos y vivir aislado de la sociedad. Se consideraba que el leproso era inmundo, tanto física como espiritualmente. Por ello, la ley de Moisés exigía que el leproso usase ropas rasgadas y gritase “¡Inmundo!” a su paso4. Enfermos y despreciados, los leprosos terminaban viviendo en casas abandonadas o en tumbas5. No es difícil imaginarse que el leproso que se acercó al Salvador llegaba abatido.

A veces, de un modo u otro, nosotros también podemos sentirnos abatidos, ya sea por acciones propias o ajenas, por circunstancias dentro o fuera de nuestro control. En esos momentos, podemos poner nuestra voluntad en manos de Él.

Hace algunos años, Zulma —mi esposa, mi media naranja, mi mejor parte— recibió una noticia complicada justo dos semanas antes de la boda de uno de nuestros hijos. Tenía un tumor en la glándula parótida, el cual le crecía aceleradamente. Se le empezaba a hinchar el rostro y tenía que someterse a una delicada intervención. Muchas inquietudes le pasaban por la mente y le oprimían el corazón. ¿Era maligno el tumor? ¿Cómo se recuperaría su cuerpo? ¿Se le paralizaría la cara? ¿Qué tan fuerte sería el dolor? ¿Le quedaría el rostro marcado de forma permanente? ¿Regresaría el tumor una vez que lo extirparan? ¿Estaría en condición de asistir a la boda de nuestro hijo? Acostada en el quirófano, se sentía abatida.

En ese momento de crucial importancia, el Espíritu le susurró que tenía que aceptar la voluntad del Padre. Entonces decidió depositar su confianza en Dios. Sintió fuertemente que cualquiera que fuera el resultado, la voluntad divina sería lo mejor para ella. Pronto la envolvió un sueño quirúrgico.

Poco después, escribió con sentido poético en su diario lo siguiente: “En la mesa del cirujano me postré ante Ti y rendida mi voluntad ante la Tuya, dormida me quedé; sabía que podía acudir a Ti, sabiendo que nada malo podía venir de Ti”.

Ella obtuvo fuerza y consuelo al rendir su voluntad ante la del Padre. Ese día, Dios la bendijo en gran manera.

Sea cual sea nuestra circunstancia, podemos ejercer la fe para venir a Cristo y descubrir un Dios en quien confiar. Como escribió en cierta ocasión Gabriel, uno de mis hijos:

Dice el profeta que el rostro de Dios resplandece más que el sol

y que Su cabellera es más blanca que la nieve

y que Su voz ruge con estruendo como de un río,

y a Su lado el hombre nada es…

Me aplasta cobrar consciencia de que nada soy.

Y recién así tanteo un dios en quien confiar.

Y recién así descubro al Dios en quien confiar6.

Un Dios en quien confiar fortalece nuestra esperanza. Podemos confiar en Él porque nos ama y desea lo mejor para nosotros en toda circunstancia.

El leproso llegaba impulsado por el poder de la esperanza. El mundo no le ofrecía soluciones, ni siquiera consuelo. Por eso, el sencillo toque del Salvador debió ser como una caricia para toda el alma. No podemos más que imaginar los sentimientos de profunda gratitud que este leproso pudo haber experimentado al sentir el toque del Salvador, y más aún cuando escuchó las palabras: “Quiero, sé limpio”.

El relato cuenta que “… al instante su lepra fue limpiada”7.

Del mismo modo, también nosotros podemos sentir el toque de Su amorosa mano sanadora. ¡Cuánta alegría, esperanza y gratitud trae a nuestra alma el saber que el Salvador quiere ayudarnos a ser limpios! Al venir a Él, Dios acudirá a nuestro rescate ya sea para curarnos o para darnos la fuerza que precisamos a fin de enfrentar cualquier situación.

En todo caso, la aceptación de Su voluntad —no de la nuestra— nos servirá para entender nuestras circunstancias. Nada malo puede venir de Dios. Él sabe lo que es mejor para nosotros. Tal vez no nos retire las cargas de inmediato. A veces puede hacer que sintamos ligeras esas mismas cargas, como lo hizo con Alma y su pueblo8. A la larga, por causa de los convenios, las cargas serán quitadas9, ya sea en esta vida o en la santa Resurrección.

El deseo genuino de que Su voluntad sea hecha, junto con la comprensión de la naturaleza divina de nuestro Redentor, nos ayuda a desarrollar la misma fe que demostró el leproso para ser limpio. Jesucristo es un Dios de amor, un Dios de esperanza, un Dios de sanación, un Dios que quiere bendecirnos y ayudarnos a ser limpios. Lo quiso antes de que viniéramos a esta tierra cuando se ofreció a rescatarnos si caíamos en transgresión. Lo quiso en Getsemaní cuando enfrentó un dolor humanamente inconcebible durante la agonía de pagar el precio del pecado. Lo quiere ahora cuando ruega al Padre por nosotros10. Por eso Su voz resuena todavía: “Venid a mí los que estáis tristes y cansados y yo os haré descansar”11.

Él puede sanarnos y elevarnos porque tiene la capacidad de hacerlo. Tomó sobre Sí todos los padecimientos, del cuerpo y del espíritu, para que Sus entrañas fueran llenas de misericordia y para así ayudarnos en todo, e incluso sanarnos y elevarnos12. Las palabras de Isaías citadas por Abinadí expresan esto bella y conmovedoramente:

“Ciertamente él ha llevado nuestros pesares y sufrido nuestros dolores.

“… él herido fue por nuestras transgresiones, golpeado por nuestras iniquidades y el castigo de nuestra paz fue sobre él y con sus llagas somos sanados”13.

Este mismo principio se enseña en el siguiente poema:

“Ah, Carpintero de Nazaret,

¿Te será posible reparar

mi destrozado corazón,

y mi vida destrozada de verdad?”.

Y por Su amor y gran bondad,

Su vida dulce entretejerá

con la nuestra destrozada

y vida nueva creará.

“Ah, Carpintero de Nazaret,

convierte en plena perfección,

los destrozados ídolos de mi ser:

deseo, esperanza, fe y aspiración!”14.

Si de forma alguna se sienten impuros, se sienten abatidos, sepan, por favor, que pueden ser limpios, que pueden ser reparados, porque Él los ama. Confíen en que nada malo puede venir de Él.

Por causa de que “descendió debajo de todo”15, Él hace posible que todo lo que esté destrozado en nuestras vidas pueda ser reparado, y así nos podemos reconciliar con Dios. Por medio de Él, todas las cosas se reconcilian, “tanto las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz”16.

Vengamos a Cristo dando todo paso necesario. Al hacerlo, que nuestra actitud sea la de decir: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Si lo hacemos, podremos recibir el toque sanador del Maestro, acompañado del dulce eco de Su voz: “Quiero, sé limpio”.

El Salvador es un Dios en quien podemos confiar. Él es el Cristo, el Ungido, el Mesías, de quien testifico en Su santo nombre, a saber, Jesucristo. Amén.