Conocer, amar y progresar
    Notas al pie de página

    Conocer, amar y progresar

    Que todos lleguemos a comprender nuestra parte en esta gran obra de ministración para que lleguemos a ser más semejantes a Él.

    En 2016, el Coro del Tabernáculo de la Manzana del Templo fue a visitar los Países Bajos y Bélgica y, ya que yo participaba en aquel emocionante evento, tuve la oportunidad de disfrutar dos veces de sus interpretaciones.

    Músico que toca el gong

    Durante las presentaciones, pensé en la tremenda tarea que era trasladar un coro de ese tamaño. Pensé en el gran gong, que era difícil y probablemente costoso de transportar en comparación con los violines, las trompetas u otros instrumentos que podríamos llevar con facilidad bajo el brazo. No obstante, si se consideraba la participación en sí del gong, me di cuenta que solo se lo golpeaba algunas veces, mientras que los otros instrumentos más pequeños participaban en la mayor parte del concierto. Reflexioné que, sin el sonido del gong, la interpretación no sería la misma, así que debía hacerse el esfuerzo de trasladar aquel gran gong a través del océano.

    Músico que toca el gong con la orquesta

    En ocasiones podríamos sentir que somos —tal como ese gong— lo bastante buenos solo para desempeñar una parte menor en la interpretación; pero permítanme decirles que su sonido marca toda la diferencia.

    Necesitamos todos los instrumentos. Algunos de nosotros aprendemos con facilidad y nos va muy bien en los estudios, mientras que otros tenemos talentos artísticos; algunos diseñamos y construimos cosas; o cuidamos, protegemos o enseñamos a otras personas. Todos somos necesarios para aportar color y significado a este mundo.

    Quisiera dirigir este mensaje a quienes sienten que no tienen nada que contribuir, o creen que no son de ninguna importancia o valor para nadie; a otras personas que podrían sentir que tocan el cielo con las manos; y a todo aquel que sienta que está entremedio.

    Dondequiera que se hallen en la senda de la vida, algunos de ustedes podrían sentirse tan agobiados que ni siquiera consideren que están en la senda. Quiero invitarlos a salir de la obscuridad a la luz; la luz del Evangelio les brindará amor y sanación, y les ayudará a entender quiénes son en realidad y cuál es su propósito en la vida.

    Algunos de nosotros hemos andado errantes por senderos prohibidos tratando de intentar hallar dicha allí.

    El amoroso Padre Celestial nos invita a caminar por la senda del discipulado y regresar a Él. Él los ama con un amor perfecto1.

    ¿Cuál es la manera? La manera es ayudarnos unos a otros a entender quiénes somos al ministrarnos mutuamente.

    Para mí, ministrar es ejercer amor incondicional2, y de ese modo creamos un entorno en el que tanto el que da como el que recibe sienten el deseo de arrepentirse. En otras palabras, cambiamos de dirección y nos acercamos más a nuestro Salvador Jesucristo, y llegamos a ser más como Él.

    Por ejemplo, no hay necesidad de indicar constantemente a nuestro cónyuge o hijos de qué manera pueden mejorar; ellos ya lo saben. Al crear dicho entorno de amor, recibirán el poder de hacer los cambios necesarios en su vida y llegar a ser mejores personas.

    De ese modo, el arrepentimiento se convierte en un proceso diario de refinamiento, que puede incluir disculparse por comportarse mal. Recuerdo, y aún vivo, situaciones en las que he sido demasiado presto en juzgar o demasiado lento en escuchar y, al final del día, durante mi oración personal, siento el amoroso consejo del cielo de arrepentirme y ser mejor. El entorno amoroso que primeramente crearon mis padres, mi hermano y mis hermanas, y luego mi esposa, mis hijos, y mis amigos, me ha ayudado a llegar a ser una persona mejor.

    Todos sabemos en qué podemos mejorar; no hay necesidad de recordárnoslo repetidamente unos a otros, pero sí hay necesidad de amarnos y ministrarnos el uno al otro, y, al hacerlo, generamos un clima donde tenemos la disposición a cambiar.

    En esa misma atmósfera, aprendemos quiénes somos en realidad y cuál será nuestra función en este último capítulo de la historia del mundo, previo a la segunda venida del Salvador.

    Si se preguntan en cuanto a su parte, quisiera invitarlos a buscar un sitio donde puedan estar solos y pedir al Padre Celestial que les haga saber qué función deben desempeñar. Es probable que la respuesta llegue de forma gradual y luego más claramente, cuando hayamos plantado los pies con más firmeza en la senda de los convenios y la ministración.

    Experimentamos algunas de las mismas dificultades que afrontó José Smith mientras se hallaba “en medio de [una] guerra de palabras y tumulto de opiniones”. Tal como leemos en su propio relato, a menudo se decía a sí mismo: “¿Qué se puede hacer? ¿Cuál de todos estos grupos tiene razón; o están todos en error? Si uno de ellos es verdadero, ¿cuál es, y cómo podré saberlo?”3.

    Con el conocimiento que había hallado en la epístola de Santiago, que afirma: “… si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada”4, José finalmente tomó la determinación de “[pedir] a Dios”5.

    Leemos, además, que “era la primera vez en [su] vida que hacía tal intento, porque en medio de toda [su] ansiedad, hasta ahora [él] no había procurado orar vocalmente”6.

    Y así también para nosotros quizás sea la primera vez que nos dirijamos a nuestro Hacedor de una manera en la que nunca antes lo hayamos hecho.

    Por causa del intento que hizo José, se le aparecieron el Padre Celestial y Su Hijo Jesucristo, llamándolo por su nombre y, como resultado, tenemos un entendimiento mucho más claro de quiénes somos y de que en verdad somos importantes.

    Luego leemos que en sus tiernos años de la adolescente, José fue “perseguido por aquellos que debieron haber sido [sus] amigos y [que se suponía debían] haber[lo] tratado con bondad”7. Igualmente nosotros podemos esperar algo de oposición al llevar una vida de discipulado.

    Si en la actualidad sienten que no pueden ser parte de la orquesta y la senda del arrepentimiento les parece difícil, sepan que si nos mantenemos en ella, se nos quitará la carga de los hombros y habrá luz de nuevo. El Padre Celestial nunca nos abandonará cuando acudamos a Él. Podemos caernos y levantarnos, y Él nos ayudará a sacudirnos el polvo de las rodillas.

    Algunos de nosotros estamos heridos, pero el botiquín de primeros auxilios del Señor tiene vendas lo bastante grandes como para cubrir todas nuestras heridas.

    Por tanto, es ese amor, ese amor perfecto que también llamamos caridad o “el amor puro de Cristo”8, lo que se necesita en nuestros hogares, donde los padres ministran a los hijos y los hijos a los padres. Por medio de ese amor, cambiarán los corazones y nacerán deseos de hacer Su voluntad.

    Esa es la clase de amor que se necesita al relacionarnos los unos con los otros como hijos de nuestro Padre Celestial y como miembros de Su Iglesia lo que nos facultará para incluir todos los instrumentos musicales en nuestras orquestas a fin de que podamos tocar gloriosamente con los coros angelicales del cielo cuando el Salvador venga de nuevo.

    Es ese amor, esa luz, lo que tiene que brillar e iluminar nuestro entorno conforme actuemos en nuestra vida cotidiana. Las personas notarán la luz y se sentirán atraídas a ella. Esa es la clase de obra misional que atraerá a otras personas a “venir y ver, venir y ayudar, y venir y quedarse9. Cuando hayan recibido su testimonio de esta gran obra y de nuestra parte en ella, regocijémonos juntamente con nuestro amado profeta José Smith, que declaró: “Porque había visto una visión; yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo”10.

    Testifico que yo sé quién soy y que sé quiénes son ustedes. Somos hijos de nuestro Padre Celestial, que nos ama, y no nos ha enviado aquí para fracasar, sino para regresar a Él gloriosamente. Ruego que todos lleguemos a comprender nuestra parte en esta gran obra de ministración para que lleguemos a ser más semejantes a Él cuando el Salvador venga de nuevo. En el nombre de Jesucristo. Amén.