El consuelo a la hora de la muerte
    Notas al pie de página
    Tema

    Capítulo 5

    El consuelo a la hora de la muerte

    La paz y el consuelo de nuestro Padre Celestial es una influencia sanadora para todos los que lloran el fallecimiento de seres queridos.

    De la vida de Heber J. Grant

    “En tiempo de enfermedad o de muerte”, escribió Lucy Grant Cannon, una de las hijas del presidente Heber J. Grant, “la entereza de mi padre era extraordinaria. Cuando su hijo [Heber Stringham Grant, de siete años de edad] estuvo postrado en cama durante más de un año, y en los últimos meses de su vida en los que solía padecer grandes dolores, papá se sentaba junto a la cama [del niño] donde pasaba horas mitigando su sufrimiento. Se quedaba en su habitación acompañándole todo lo que le era posible y, cuando el niño falleció, mi padre se resignó aun cuando sabía que con respecto a su posteridad terrenal probablemente no tendría ningún hijo varón que llevase su apellido. Su gran fe, que a nosotros nos parecía absoluta, ha constituido una fortaleza y un apoyo para nosotros en la vida”1.

    Family visiting grave

    “Ruego que la paz y el consuelo de nuestro Padre Celestial haganllegar su influencia sanadora a todos a los que les llegue la hora dellorar el fallecimiento de un ser querido y sobrellevar aflicción”.

    Cuando el presidente Grant hablaba del dolor que se siente por la muerte de seres queridos, lo hacía con la comprensión que nace de la propia experiencia. Además de su hijo Heber, la muerte le arrebató a otros seis familiares inmediatos. Perdió a su padre cuando tenía nueve días de vida. En 1893, falleció su esposa Lucy a los 34 años de edad tras haber luchado tres años con una penosa enfermedad. Dos años después, falleció su único otro hijito varón, Daniel Wells Grant, a los cinco años de edad. En 1908, poco después de que el presidente Grant y su esposa Emily hubieron terminado una misión en Europa, el cáncer de estómago cobró la vida de Emily. Un año más tarde, el presidente Grant lloró la muerte de su madre. En 1929, once años después de haber sido apartado como Presidente de la Iglesia, falleció su hija Emily a los 33 años de edad.

    El presidente Grant sintió profundamente la pérdida de esos seres queridos. Durante la enfermedad de Lucy, él escribió en su diario personal: “Lucy piensa que no se va a mejorar; hoy hemos conversado seriamente y los dos hemos derramado lágrimas al pensar en la posibilidad de nuestra separación. No puedo evitar temer que su vida no se salvará”2.

    A pesar de que sus temores se hicieron realidad, el presidente Grant halló esperanza y paz al confiar en las verdades del Evangelio. Dijo que nunca había asistido al funeral de un fiel miembro de la Iglesia sin haber dado gracias al Señor “por el Evangelio de Jesucristo y por el consuelo y la conformidad que nos brinda a la hora del pesar y de la muerte”3. Habló de haber experimentado ese “consuelo y conformidad” al ocurrir la muerte de su hijo Heber: “Sé que cuando el último de mis hijos varones falleció (sólo he tenido dos) hubo en mi casa en esa ocasión una influencia de serenidad, un consuelo y un regocijo que sobrepasa el entendimiento de los que no saben nada del Evangelio ni de la paz que nos trae al corazón”4.

    Enseñanzas de Heber J. Grant

    Las verdades eternas nos dan consuelo cuando mueren nuestros seres queridos.

    ¡Cuán intenso debe de ser el sufrimiento y el pesar de los que no ven nada más allá del sepulcro sino el principio de una noche y una inconsciencia eternas. Para los que creen eso, la muerte tiene su aguijón y el sepulcro su victoria. Para ellos, aun la gloria de esta tierra no es sino el último parpadeo de la llama de una vela que se extingue en una oscuridad interminable.

    Pero, para la persona de fe, la muerte no es sino la reanudación de la existencia que interrumpió cuando vino a esta tierra5.

    Nunca pienso en que mis seres queridos, tanto mi amada madre como los que han fallecido, se encuentran en el sepulcro. Me regocijo por las personas con las que se relacionan y por el placer que sienten al reunirse con sus seres queridos en el más allá6.

    Naturalmente, nunca estamos totalmente preparados para la muerte cuando ésta sobreviene. En lo que a mí respecta, yo había resuelto que, por cuanto mi madre gozaba de una salud espléndida, viviría al menos cien años, y fue un gran golpe para mí cuando ella falleció doce años antes de cumplir los cien años.

    Me siento constantemente agradecido por el Evangelio de Jesucristo, el plan de vida y de salvación, pero nunca me siento tan agradecido por la verdad como en estas ocasiones [los funerales]. El conocimiento perfecto y absoluto que tenemos los Santos de los Últimos Días de la divinidad de la obra a la que nos hemos consagrado, la certeza categórica de que, cuando la vida termina, si hemos sido fieles, hemos de tener el placer y el privilegio de estar nuevamente en presencia de aquellos a los que hemos amado y que nos han precedido en la partida de esta vida, y de que nos relacionaremos con nuestro Padre Celestial, con nuestro Redentor, con el profeta José Smith, con el patriarca Hyrum y con todos los grandes hombres y las grandes mujeres que dedicaron sus vidas a esta causa nos brinda al alma una paz y una felicidad en estas ocasiones que sé sin duda no se pueden explicar con palabras algunas que yo conozca ni que nadie más conozca7.

    Para los Santos de los Últimos Días, aun cuando la muerte trae dolor a nuestros hogares y a nuestros corazones, ese dolor es más o menos de la misma naturaleza que el que sentimos cuando nos separamos de nuestros seres queridos que van al campo misional o que se trasladan a otro lugar por algún tiempo. Creo que esa angustia terrible que he visto sentir a los que no conocen la verdad nunca llega al corazón de un fiel Santo de los Últimos Días8.

    A menudo, en los momentos de aflicción y de tribulación que sobrevienen a personas que admiramos y queremos, lamento no poder sacarlas del dolor en que se encuentran sumidas cuando les ha llegado el momento de separarse de los que aman.

    Comprendemos que nuestro Padre Celestial puede sanar a los quebrantados de corazón, que puede disipar el pesar e indicarnos con alegría y satisfacción las bendiciones que hemos de recibir mediante la obediencia al Evangelio del Señor Jesucristo, puesto que entendemos con convicción que es la voluntad de nuestro Padre Celestial que sigamos viviendo, por lo que, cuando se deposita nuestro cuerpo mortal en el sepulcro, nuestra existencia no ha terminado.

    Es una bendición muy grande que, en las providencias del Señor y en las revelaciones que ha dado nuestro Padre Celestial, tengamos la certeza de que el espíritu y el cuerpo, en su debido tiempo, volverán a unirse, a pesar de la incredulidad que existe en el mundo en la actualidad; y, sin duda alguna, hay gran escepticismo e incredulidad en relación con ese asunto. Pero, a pesar de ello, contamos con la seguridad, por medio de las revelaciones que ha dado el Señor nuestro Dios, de que ése es el propósito de Dios, vale decir, que el cuerpo y el espíritu se unirán eternamente, y de que llegará el tiempo, por la bendición y la misericordia de Dios, en que no habrá más pesar, pues una vez que hayamos conquistado todas esas cosas que son de índole penosa y angustiosa, estaremos en presencia del Dios viviente, llenos de regocijo, de paz y de satisfacción9.

    El Señor nos fortalece cuando reconocemos Su mano y aceptamos Su voluntad.

    Hay en este mundo muchísimas cosas inexplicables. Es difícil para mí comprender por qué en las providencias del Señor… los únicos dos muchachos que tuve tuvieron que ser llamados al más allá y por qué mi apellido había de terminar conmigo en lo que a este mundo respecta. Por otro lado, el Evangelio eleva en tal forma el espíritu que, a pesar de la pérdida de esos dos hijos, nunca ha habido en mi corazón cabida ni para la más mínima queja ni nunca se me ha pasado por la mente ponerlo en entredicho. Hay algo acerca del Evangelio que hace que hombres y mujeres reconozcan a Dios en la vida y en la muerte, en la dicha y en el dolor, así como en la prosperidad y en la adversidad. El Señor ha dicho que Él está complacido con aquellos que confiesan Su mano en todas las cosas [véase D. y C. 59:21]10.

    Puedo testificar de mi conocimiento absoluto de que nada sino el Espíritu del Señor pudo haberme dado la paz y el consuelo que experimenté cuando falleció [mi hijo] Heber. Soy de natural cariñoso y quería con todo mi corazón al único hijo que me quedaba vivo. Yo había depositado grandes esperanzas en lo que él realizaría. Esperaba verle ir de misionero a proclamar el Evangelio de Jesucristo y que viviese para ser un poder para el bien sobre la tierra; y, a pesar de todas las aspiraciones que tenía para con mi muchachito, pude, gracias a las bendiciones del Señor, verle morir sin derramar una lágrima. Ningún poder de la tierra pudo haberme dado esa paz: provino de Dios. Nunca he conseguido hablar ni escribir de ello sin que mi corazón rebose de una gratitud que excede con mucho a las facultades con que he sido dotado para expresar mis sentimientos11.

    Ruego que siempre recordemos, porque es tanto verdadero como consolador, que la muerte de un hombre fiel no es nada en comparación con la pérdida de la inspiración del buen Espíritu. La vida eterna es el gran premio, y será nuestra, y el regocijo de nuestro Padre Celestial al darnos la bienvenida será grande, si hacemos lo justo. No hay nada tan grandioso en esta vida que persona alguna pueda hacer como es hacer lo justo, lo recto. El Señor oirá y contestará las oraciones que elevemos a Él y nos concederá lo que le pidamos si ello es para nuestro bien. Él nunca abandonará ni ha abandonado a los que le sirven con íntegro propósito de corazón; en lo que a nosotros respecta, siempre debemos estar preparados para decir: “Padre, hágase tu voluntad”12.

    Cuando la muerte apartó de mi lado a mi primera esposa, yo tuve el convencimiento absoluto en mi propia mente y en mi propio corazón de que era la voluntad del Señor que ella fuese llevada de esta vida. A su muerte, incliné la cabeza con humildad. El Señor estimó conveniente en aquella ocasión dar a una de mis pequeñas hijas un testimonio de que el fallecimiento de su madre era la voluntad del Señor.

    Alrededor de una hora antes de que mi esposa falleciera, reuní a mis hijos en su habitación y les dije que su madre estaba muriendo, y que se despidieran de ella. Una de las niñas, de doce años de edad, me dijo: “Papá, no quiero que mi mamá muera. He estado contigo en el hospital, en San Francisco, durante seis meses, y cada vez que mamá corría peligro, tú le dabas una bendición, y ella se sentía aliviada del dolor que padecía y se quedaba plácidamente dormida. Quiero que le impongas las manos y la sanes”.

    Dije a mi pequeña hija que a todos nos llega la hora de morir y que, muy dentro de mí, estaba seguro de que la hora de su madre de irse de esta vida había llegado. Tanto ella como los demás niños salieron de la habitación.

    Entonces me arrodillé al lado de la cama de mi esposa (que ya había perdido el conocimiento) y dije al Señor que reconocía Su mano en la vida, en la muerte, en la dicha, en el pesar, en la prosperidad y en la adversidad. Le di gracias por el conocimiento que tenía de que mi esposa me pertenecía por toda la eternidad, que el Evangelio de Jesucristo había sido restaurado, que sabía que, mediante el poder y la autoridad del sacerdocio aquí en la tierra, yo podía tener a mi esposa para siempre, y la tendría si tan sólo era fiel como ella había sido. Le dije también que me faltaban las fuerzas para verla morir y que [temía que ] esto afectase la fe de mis pequeños hijos en las ordenanzas del Evangelio de Jesucristo; le pedí con todas mis fuerzas que diera a mi pequeña un conocimiento de que era Su disposición y Su voluntad que su madre muriese.

    Al cabo de una hora, mi esposa falleció e hice entrar a los niños de nuevo en la habitación. Mi hijo de casi seis años lloraba desconsoladamente; la pequeña de doce años, tomándolo entre sus brazos, le dijo: “No llores, no llores, Heber; después de que salimos de esta habitación, la voz del Señor desde los cielos me dijo: ‘Con la muerte de tu mamá se cumplirá la voluntad del Señor’ ”.

    ¡Díganme, mis amigos, si no sé yo que Dios oye y contesta las oraciones! ¡Díganme si no sé yo que en la hora de los golpes de la adversidad los Santos de los Últimos Días son consolados y bendecidos como nadie más!13.

    La muerte es una parte necesaria de la experiencia mortal y un paso hacia nuestro progreso eterno.

    Ruego que la paz y el consuelo de nuestro Padre Celestial hagan llegar su influencia sanadora a todos a los que les llegue la hora de llorar el fallecimiento de un ser querido y sobrellevar aflicción. También ruego que seamos fortalecidos con el entendimiento de que el ser bendecidos no significa que siempre seremos librados de todas las desilusiones y las dificultades de la vida. Todos las tenemos aun cuando nuestras tribulaciones difieren. Yo no he tenido la misma clase de aflicciones que otras personas han tenido que sufrir, pero he tenido mi parte. Cuando, siendo un hombre joven, perdí a mi esposa y a mis únicos dos hijos varones, yo procuraba de todo corazón y con todo fervor guardar los mandamientos del Señor, y mi familia y yo observábamos la Palabra de Sabiduría y teníamos derecho a recibir las bendiciones de la vida. Me han salido al paso en la vida dolorosas pruebas y tentaciones, pero estoy agradecido porque puedo afirmar que esas pruebas y tentaciones no han sido mayores de lo que he podido soportar, y espero de todo corazón que nunca tengamos nada mayor que soportar que la capacidad con que nos bendiga el Señor para resistirlo14.

    A los de esta Iglesia nos ha dicho el Señor que antes de que viniésemos a esta tierra tuvimos una existencia que se extendió a lo más remoto de la eternidad; que, como espíritus, llevamos una existencia antes de venir aquí, en la que nos preparamos para la vida en la tierra; que, entonces, habiendo guardado nuestro primer estado, vinimos a esta tierra a obtener conocimiento, sabiduría y experiencia, así como a aprender lecciones, a padecer dolores, resistir las tentaciones y ganar las victorias de la vida terrenal; para que, cuando nuestro cuerpo mortal entregase la vida, nuestro espíritu volviera a tomar sobre sí la existencia espiritual que dejamos para venir a la vida terrenal, y para que, de allí en adelante, siguiésemos añadiendo a los logros de nuestra primera vida espiritual, o sea, nuestro primer estado, y los de nuestra vida mortal, o sea, nuestro segundo estado, progresando a lo largo de las eternidades infinitas que seguirán hasta que alcancemos la meta que el Señor ha establecido: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” [Mateo 5:48]15.

    Sugerencias para el estudio y el análisis

    • Cuando nos llegue la hora de llorar la pérdida de un ser querido, ¿a qué principios del plan de salvación podremos acudir para hallar consuelo?

    • El presidente Heber J. Grant contó de su hija que, a la hora de la muerte de su madre, recibió consuelo de “la voz del Señor desde los cielos”. ¿Podría mencionar algunas de las formas en las que el Señor nos consuela? ¿Cómo ha recibido consuelo usted cuando ha perdido a seres queridos?

    • ¿Qué bendiciones recibimos cuando reconocemos la mano del Señor en nuestras vidas, aun cuando experimentamos tribulaciones?

    • El presidente Grant dijo que “el ser bendecidos no significa que siempre seremos librados de todas las desilusiones y las dificultades de la vida”. ¿Por qué es importante comprender ese principio? ¿En qué forma las tribulaciones llevan a recibir bendiciones?

    • ¿Cómo podemos prepararnos ahora para ser capaces de recibir “la paz y el consuelo de nuestro Padre celestial” y Su “influencia sanadora” en los momentos de tribulación y dolor?