La observancia de la Palabra de Sabiduría
    Notas al pie de página
    Tema

    Capítulo 21

    La observancia de la Palabra de Sabiduría

    El Señor nos dio la Palabra de Sabiduría para nuestra salvación temporal y espiritual.

    De la vida de Heber J. Grant

    Durante el tiempo en que el presidente Heber J. Grant prestó servicio como apóstol y como Presidente de la Iglesia, tanto él como otras Autoridades Generales a menudo se sentían inspirados a hablar a los santos con respecto a la Palabra de Sabiduría, revelación que se encuentra en Doctrina y Convenios 89. En esta revelación, el Señor prohíbe el consumo de alcohol, tabaco y bebidas calientes, que los profetas de los últimos días han definido ser el té y el café (véase D. y C. 89:5–9). El Señor también ha dicho que las hierbas saludables, los granos y las frutas “se han dispuesto para el uso del hombre”, junto con la carne, que ha “de usarse limitadamente” (véase D. y C. 89:10–17). Además de exhortar a los santos a obedecer este consejo en particular, el presidente Grant y otros Presidentes de la Iglesia han expresado su opinión en contra del uso de sustancias dañinas o de sustancias que forman hábito, como por ejemplo, las drogas ilegales. El presidente Grant dijo: “El Señor no desea que usen droga alguna que cree dependencia”1.

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    En la revelación que se conoce como la Palabra de Sabiduría, el Señor dice: “Todo grano es bueno para alimentar al hombre, así como también el fruto de la vid; lo que produce fruto, ya sea dentro de la tierra, ya sea arriba de la tierra” (D. y C. 89:16).

    Gran parte de la motivación que tuvo el presidente Grant para predicar la Palabra de Sabiduría se debió a que un amigo suyo arruinó su vida con los cigarrillos y el licor. Ese joven dejó de fumar a fin de servir en el campo misional, pero comenzó a fumar de nuevo inmediatamente después de haber sido relevado de su servicio como misionero de tiempo completo. Fumar le llevó a beber licor, y beber licor le llevó a perder la virtud y a ser excomulgado de la Iglesia. Murió siendo joven, y Heber J. Grant fue a visitar su sepultura. “Mientras me encontraba ante su tumba”, recordó el presidente Grant, “dirigí la mirada al cielo e hice la promesa a mi Dios de que sería enemigo del licor y del tabaco y de que lucharía en contra de ellos con todas las fuerzas que Dios me diese hasta el día de mi muerte”2.

    Algunos miembros de la Iglesia de la época del presidente Grant se quejaban por los numerosos sermones que oían sobre la Palabra de Sabiduría. “Rara vez hay una conferencia en la que a alguien no se le ocurra decirnos: ‘Por favor, no hablen sobre la Palabra de Sabiduría. La oímos tanto que estamos cansados de oír de ella’ ”. El presidente Grant respondía a esas quejas diciendo: “Ningún mortal que sea Santo de los Últimos Días y que obedezca la Palabra de Sabiduría se cansa jamás de oír de ella. Si un hombre sale de una reunión y dice… ‘No pueden hallar nada más de qué hablar que no sea la Palabra de Sabiduría; estoy hastiado de ella’, naturalmente lo está porque está saturado de las cosas que la Palabra de Sabiduría le indica que no tome”3.

    Por propia experiencia, el presidente Grant sabía que los que obedecieran la Palabra de Sabiduría no serían inmunes a todas las enfermedades y dolencias. Reconocía que “ser bendecido no significa que siempre nos libraremos de todas las desilusiones y las dificultades de la vida”4. No obstante, repetía con frecuencia que si los Santos de los Últimos Días guardan la Palabra de Sabiduría, recibirán bendiciones de salud, prosperidad y fortaleza espiritual que no podrían recibir si no obedecieran esa ley.

    En la conferencia general de abril de 1933, el presidente Grant dijo que, por motivo de que había guardado la Palabra de Sabiduría, el Señor le había permitido vivir para cumplir su misión en la tierra. “Les dejo mi testimonio”, dijo, “de que creo tan firmemente como creo cosa alguna en este mundo que yo no estaría hoy dirigiéndoles la palabra si no hubiese obedecido la Palabra de Sabiduría. Cuando me sacaron el apéndice, éste se había reventado, y dijeron que había comenzado la septicemia o paso de la infección al torrente sanguíneo y que ya se encontraba en la tercera y última fase. Había presentes nueve médicos y ocho de ellos dijeron que yo moriría irremediablemente. El cirujano jefe… se volvió al presidente Joseph F. Smith y le dijo: ‘Señor Smith, no piense en probabilidad alguna de que este hombre viva. Pues si viviera, sería un milagro y no estamos en una época de milagros’.

    “Ese mensaje me comunicó el mismo Joseph F. Smith durante su última enfermedad y añadió: ‘Nuestro amigo, el médico que dijo que sería un milagro que usted viviera, ya ha fallecido, y yo nunca en mi vida le he visto a usted lucir más saludable que hoy, Heber’.

    “Dije a la enfermera que me contó de los nueve médicos que yo no deseaba conocer a ninguno de ellos, excepto al que había dicho y creído que yo viviría. Ella me dijo: ‘Él es el médico interno; le pediré que venga’.

    “[Cuando llegó a mi lado], le pregunté por qué no había concordado con los demás, y él sonrió… entonces me dijo: ‘Señor Grant, me aventuré a decirlo por motivo de que he tomado el pulso a miles de pacientes como médico que ha trabajado en muchos, muchísimos hospitales, y nunca había sentido un pulso como el suyo. ¿Sabe usted, señor? Durante la hora y cuarenta y cinco minutos que duró la intervención quirúrgica, su corazón no perdió ni un solo latido, y supe que ese corazón le conservaría a usted vivo’.

    “¿Qué clase de corazón tenía yo? Tenía un corazón por el que pasaba sangre pura, que no estaba contaminada con té, café ni licor. Ésa fue la razón por la que mi organismo venció a la infección”5.

    “Ruego a Dios que ayude a ustedes y a mí y a todo Santo de los Últimos Días a observar la Palabra de Sabiduría”, suplicó una vez en oración el presidente Grant, “para que tengamos salud y hallemos tesoros escondidos de conocimiento, y a fin de que Dios nos permita vivir aquí, sobre la tierra, hasta que hayamos cumplido la medida de nuestra creación”6.

    Enseñanzas de Heber J. Grant

    La Palabra de Sabiduría es la ley de vida y de salud para los Santos de los Últimos Días.

    Hay en Doctrina y Convenios un pasaje muy breve que dice:

    “Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis” [D. y C. 82:10].

    Quisiera que todo Santo de los Últimos Días recordase esas pocas palabras. Cuánto anhelo que éstas se grabasen en nuestra memoria y en nuestro corazón, y que descubriésemos que Dios está obligado a cumplir Sus promesas a nosotros si guardamos Sus mandamientos. Hay una ley irrevocablemente decretada en el cielo —así nos lo ha dicho el profeta José— antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan; y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa [véase D. y C. 130:20–21]. Si ustedes y yo deseamos recibir las bendiciones de la vida, de la salud, del vigor de cuerpo y de mente; si deseamos que el ángel destructor pase de nosotros, como lo hizo en los tiempos de los hijos de Israel, debemos obedecer la Palabra de Sabiduría; entonces Dios está obligado, y recibiremos la bendición7.

    Después de decirnos lo que es bueno para nosotros [véase D. y C. 89:10–17], el Señor hace una de las promesas más maravillosas, una de las promesas más edificantes e inspiradoras que podrían hacerse al hombre mortal. Él dice:

    “Y todos los santos que se acuerden de guardar y hacer estas cosas, rindiendo obediencia a los mandamientos, recibirán salud en el ombligo y médula en los huesos;

    “y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos;

    “y correrán sin fatigarse, y andarán sin desmayar.

    “Y yo, el Señor, les prometo que el ángel destructor pasará de ellos, como de los hijos de Israel, y no los matará” [D. y C. 89:18–21]…

    El Señor nos ha dicho por conducto del profeta José Smith:

    “y si en esta vida una persona adquiere más conocimiento e inteligencia que otra, por medio de su diligencia y obediencia, hasta ese grado le llevará la ventaja en el mundo venidero” [D. y C. 130:19].

    Nadie que quebrante la Palabra de Sabiduría podrá adquirir en este mundo la misma porción de conocimiento e inteligencia que adquiera la persona que obedezca esa ley. No importa quién sea ni de dónde venga, su mente no será tan despejada, ni podrá avanzar tan lejos ni tan rápido, ni retener su poder en tan gran medida como podría si obedeciera la Palabra de Sabiduría8.

    Otra razón por la que deseo tanto que los Santos de los Últimos Días observen la Palabra de Sabiduría es que el Señor dice que se nos ha dado para nuestra salvación temporal [véase D. y C. 89:2]. Quisiera que se supiera que si nosotros como pueblo nunca usáramos una partícula de té, de café, de tabaco o de licor seríamos uno de los pueblos más ricos del mundo. ¿Por qué? Porque tendríamos más vigor corporal o físico y más vigor intelectual; progresaríamos espiritualmente; tendríamos una línea de comunicación más directa con nuestro Padre Celestial; seríamos capaces de realizar más…

    Muchos que profesan ser Santos de los Últimos Días, en tiempos difíciles, han perdido la casa que cobijaba a su esposa e hijos, y, si hubiesen observado la Palabra de Sabiduría, habrían podido salvarla. La violación de la Palabra de Sabiduría ha significado la diferencia entre el éxito y el fracaso. Mediante la observancia de la Palabra de Sabiduría habrían tenido dinero suficiente para pagar el interés del crédito hipotecario y para cuidar de su familia y de su finca9.

    No deseo inmiscuirme en los derechos y privilegios de nadie. No deseo dar órdenes a nadie. Pero creo que si el Señor da una revelación y me indica lo que es para mi beneficio económico y para el beneficio económico de este pueblo, por motivo “de las maldades y designios que existen y que existirán en el corazón de hombres conspiradores en los últimos días” [D. y C. 89:4], al menos los Santos de los Últimos Días deben prestar oídos a lo que el Señor ha dicho10.

    Ningún hombre ni ninguna mujer que guarda la Palabra de Sabiduría la critica. ¿Por qué? Porque es consciente de la salud de que goza, de la paz, la dicha, la comodidad, la satisfacción que experimenta cuando hace lo que el Señor desea que haga11.

    El ser humano no se beneficia en absoluto al violar la Palabra de Sabiduría, pero al obedecerla, se beneficia moral, intelectual, física y espiritualmente12.

    La ley de vida y de salud para los Santos de los Últimos Días es obedecer la Palabra de Sabiduría13.

    Los que desobedecen la Palabra de Sabiduría se debilitan física y espiritualmente.

    ¿Nos detenemos alguna vez a pensar en que el Creador del cielo y de la tierra, el Hacedor de todo lo que se ve en este gran universo, el Padre de nuestros espíritus, el Padre de nuestro Señor Jesucristo en el espíritu y en la carne, se ha comunicado con nosotros y nos ha dado consejos, cuyo cumplimiento de nuestra parte nos llevará de nuevo a Su presencia y nos dará vigor físico y mental?

    Y, no obstante, hay cientos, hay miles de entre los Santos de los Últimos Días a quienes el Señor Dios Todopoderoso ha dado un testimonio y un conocimiento de que Él vive, un conocimiento de que Jesús es el Cristo, un conocimiento de que José Smith fue profeta del Dios verdadero y viviente, y que pueden dar testimonio y testificar de ello tanto en su país como en los países extranjeros, quienes, cuando el Señor Dios Todopoderoso, el Creador del cielo y de la tierra, les dice lo que es bueno para ellos, física y espiritualmente, y les escribe una carta haciéndoselo saber, no le prestan ninguna atención. Lamento decir que en la actualidad hay muchos de los hijos e hijas de los Santos de los Últimos Días, algunos de los hijos e hijas de destacados hombres y mujeres de esta Iglesia, que celebran reuniones sociales y que consideran que es manifestación de amplitud de criterio y de una actitud tolerante beber vino, té y café, y jugar a las cartas, al igual que hacer las cosas que se nos han enseñado que no son buenas para nosotros. Les voy a leer una carta del Señor dirigida a los Santos de los Últimos Días. [Tras haber dicho eso, el presidente Grant leyó Doctrina y Convenios 89]14.

    El gran y vergonzoso mal de esta época es la falta de virtud. Hay sólo una norma de moralidad en la Iglesia de Cristo. Se nos ha enseñado, a miles de los que hemos crecido en esta Iglesia desde nuestra más tierna infancia, que después del pecado del asesinato sigue el pecado de perder nuestra virtud; y quiero decir a los padres y a las madres de familia, y a los hijos y a las hijas, en nuestra Primaria, en nuestras Asociaciones de Mejoramiento Mutuo, en nuestros seminarios e institutos, en la Escuela Dominical, en la Sociedad de Socorro y en todos nuestros quórumes del sacerdocio, que deseo que se comprenda que el uso del licor y del tabaco es uno de los medios principales de que se vale el adversario para llevar a muchachos y a señoritas a perder la virtud.

    Prácticamente en todos los casos, los que pierden la virtud primero participan de las cosas que excitan en ellos las pasiones, les baja la resistencia y les confunde la mente… Los jóvenes y las jóvenes de hoy en día que consideran que es de buen tono y estar a la moda llevar a su casa un poco de vino y un poco de licor, y hacer lo que el Señor les dice que no deben hacer, están poniendo los cimientos que finalmente los llevarán a su destrucción. No pueden seguir quebrantando los mandamientos del Señor sin entrar en la corriente de los rápidos o rabiones. ¿Y qué son los rápidos? Los rápidos del beber moderado suelen llevar al beber en exceso, y el beber en exceso lleva a la destrucción del cuerpo, de la mente y de la fe15.

    Cuando la enfermedad ataca a la persona cuyo organismo está lleno de tabaco y lleno de licor, o que ha incurrido en excesos en cualquier otra fase del vivir, esa persona no tiene ya derecho a esas promesas [se refiere a D. y C. 89:18–21]16.

    Con la ayuda del Señor, todo Santo de los Últimos Días puede guardar la Palabra de Sabiduría.

    El Señor no me ha dotado de ningún don, de ningún poder, de ninguna facultad, de ningún talento de los que no me pedirá dar cuenta; y Él ha dotado a todo hombre, a toda mujer y a todo niño entre los Santos de los Últimos Días del poder y de la capacidad para guardar la Palabra de Sabiduría17.

    “Una Palabra de Sabiduría para el beneficio del consejo de sumos sacerdotes reunido en Kirtland, y la iglesia, y también los santos de Sión

    “—para ser enviada por vía de salutación; no por mandamiento ni restricción…”

    Algunos dicen: “Ah, así es como evito tener que obedecerla. No se ha dado por mandamiento ni por restricción”. ¿Qué es eso? Les diré lo que es:

    “sino por revelación y la palabra de sabiduría, demostrando el orden y la voluntad de Dios…” [D. y C. 89:1–2].

    Cuando el Señor manifiesta Su orden y Su voluntad, no intente adormecerse la conciencia ninguno de ustedes que esté quebrantando la Palabra de Sabiduría18.

    Un domingo, asistí a una reunión de ayuno por la mañana y a otra, por la tarde. Una de las personas que hablaron en la última reunión fue la hermana Anna Snow…

    Esa hermana había venido procedente de Escandinavia y desde la niñez se había enviciado con el café, por lo que pensaba que no podría vivir sin éste. Sin embargo, por fin, después de haber llegado a los ochenta y dos años de edad, tuvo la sensación de que no había cumplido con su deber en ese respecto y decidió, el día que cumplió ochenta y tres años, que guardaría la Palabra de Sabiduría de un modo más perfecto, por lo que dejaría de beber café. Le resultó terriblemente difícil, pero por último, logró vencer el hábito. Se puso de pie con humildad delante de la congregación, confesó que no había guardado la Palabra de Sabiduría en su totalidad y expresó su gratitud al Señor por haberle dado la capacidad, aun a esa avanzada edad, para vencer su falta. Y dio testimonio del beneficio que ya había recibido, puesto que su salud había mejorado por haber obedecido esa ley de Dios.

    El extraordinario testimonio de esa hermana me impresionó profundamente. Cuánto me hubiese gustado que todas nuestras buenas hermanas, y también nuestros hermanos, que año tras año han quebrantado ese sencillo mandamiento del Señor, hubieran estado allí y oído su testimonio.

    Conozco a muchas personas que han oído sermones sobre la Palabra de Sabiduría durante muchos años, los cuales no han producido ningún efecto en ellas. Daría lo que fuese por saber cómo lograr hacer reaccionar a algunas personas. Conozco a un buen número de almas con las que se ha trabajado con gran diligencia tanto en privado como en público por enseñarles. Pero esos esfuerzos han sido en vano. Pienso muy dentro de mí que es mi deber intentar descubrir los puntos débiles de mi naturaleza y, acto seguido, rogar al Señor que me ayude a vencerlos. Al leer la Palabra de Sabiduría, aprendo que está adaptada a la capacidad del débil y del más débil de todos los que son o que pueden ser llamados santos [véase D. y C. 89:3]. Creo que contribuiría en forma prodigiosa al progreso del reino de Dios el que todos los Santos de los Últimos Días obedecieran ese sencillo mandamiento del Señor. Cuando oí a aquella hermana mayor testificar que, a su avanzada edad, había salido triunfante en su esfuerzo, deseé que todos los miembros de la Iglesia oyeran ese testimonio y sintiesen el impacto de él19.

    No hay hombre ni mujer entre todos los Santos de los Últimos Días que no puedan guardar la Palabra de Sabiduría si se arrodillan… y suplican a Dios en oración que les ayude20.

    Sugerencias para el estudio y el análisis

    • ¿En qué forma nuestra obediencia o desobediencia a la Palabra de Sabiduría influye en nuestra búsqueda de conocimiento? ¿En nuestra aptitud para recibir revelación personal? ¿En nuestra dignidad para entrar en el templo? ¿En nuestra salud física?

    • ¿De qué modo la obediencia a la Palabra de Sabiduría aumenta nuestra prosperidad, tanto temporal como espiritualmente? ¿Por qué es imposible que las personas en verdad prosperen si hacen caso omiso de las verdades de la Palabra de Sabiduría?

    • ¿Por qué el no observar la Palabra de Sabiduría puede llevar a la pérdida de la virtud?

    • Si en el presente una persona tiene dificultades para obedecer la Palabra de Sabiduría, ¿qué puede hacer para adquirir la fortaleza necesaria para guardar este mandamiento?