El perdonar a los demás
    Notas al pie de página
    Tema

    Capítulo 16

    El perdonar a los demás

    El perdonar a los demás nos brinda paz y alegría.

    De la vida de Heber J. Grant

    Lucy Grant Cannon, hija del presidente Heber J. Grant, escribió: “Una de las características [de mi padre] que me parecen más cristianas es su aptitud para volver la otra mejilla, para hacer bien a los que le ultrajan. Muchas veces él ha ayudado a hombres que pasaban dificultades y que le habían criticado descaradamente, que habían difamado su nombre y que no habían vivido de acuerdo con las mismas normas de mi progenitor. Cuán indulgente ha sido él con los que han descuidado la Iglesia y se han alejado de la fe de sus padres. Nunca guarda rencor alguno. Si bien es severo a la hora de censurar el pecado, es sumamente misericordioso con el pecador”1.

    The prodigal son

    Como se representa en esta pintura del hijo pródigo que es acogido cariñosamente por su padre, “el espíritu de alegría y de paz llega a la hora del perdón; viene a nosotros cuando nuestro corazón se llena de caridad y de tolerancia para con los que han cometido errores”.

    Heber J. Grant fue cultivando gradualmente esa característica, aprendiendo de las Escrituras, de inspirados maestros y de sus propias experiencias hasta que pudo concretar: “No siento animosidad alguna para con ninguna alma viviente”2. En un discurso que dio en la conferencia general de octubre de 1920, contó de un episodio que le había servido para cultivar el espíritu del perdón. La mayor parte de las enseñanzas que aparecen a continuación se han sacado de ese discurso.

    Enseñanzas de Heber J. Grant

    El Evangelio de Jesucristo es un Evangelio de perdón.

    Ruego a Dios que nos ayude a todos a recordar que el Evangelio de Jesucristo no es tan sólo un Evangelio de conversión, sino que es también un Evangelio de perdón. Está escrito que si los pecados de una persona fueren como la grana, si la persona se arrepiente, como la nieve serán emblanquecidos [véase Isaías 1:18]. Me regocijo en la extraordinaria revelación que dice:

    “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres” [D. y C. 64:10]3.

    He dado muchos consejos a los Santos de los Últimos Días, y uno de los aspectos principales que he puesto de relieve ha sido no criticar nunca a nadie sino a nosotros mismos. Creo en censurar en cualquier momento del día, pero en censurarnos solamente a nosotros mismos en nuestro fuero interno4.

    No hay nada que nos aporte más del Espíritu de Dios que… ser bondadosos, considerados, caritativos, tolerantes y perdonadores. No hay nada que nos brinde más alegría que estar dispuestos a perdonar con presteza los agravios que nos infieran nuestros semejantes, y no hay nada que nos traiga más condenación que endurecer nuestro corazón y sentir rencor y deseos de venganza hacia las personas que nos rodean5.

    En Doctrina y Convenios 64:8–13, hallamos lo siguiente:

    “En la antigedad mis discípulos buscaron motivo el uno contra el otro, y no se perdonaron unos a otros en su corazón; y por esta maldad fueron afligidos y disciplinados con severidad.

    “Por tanto, os digo que debéis perdonaros los unos a los otros; pues el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado.

    “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres.

    “Y debéis decir en vuestros corazones: Juzgue Dios entre tú y yo, y te premie de acuerdo con tus hechos.

    “Y traeréis ante la iglesia al que no se arrepienta de sus pecados, ni los confiese, y haréis con él según lo que las Escrituras os dicen, ya sea por mandamiento o por revelación.

    “Y haréis esto para que Dios sea glorificado; no porque no perdonáis, no teniendo compasión, sino para que seáis justificados a los ojos de la ley, para que no ofendáis al que es vuestro legislador”.

    Y en Doctrina y Convenios 121:45, 46, leemos:

    “Deja también que tus entrañas se llenen de caridad para con todos los hombres, y para con los de la familia de la fe, y deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios; y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo.

    “El Espíritu Santo será tu compañero constante, y tu cetro, un cetro inmutable de justicia y de verdad; y tu dominio será un dominio eterno, y sin ser compelido fluirá hacia ti para siempre jamás”.

    Tengo una estimación y un respeto extraordinarios por esa cita de… Doctrina y Convenios.

    A la hora del perdón llega el espíritu de alegría y de paz.

    Hace unos años, un hombre importante fue excomulgado de la Iglesia, el cual, años después, suplicó ser bautizado. El presidente John Taylor presentó a los apóstoles la posibilidad del bautismo de la susodicha persona, estipulando [en una carta] que si consentían unánimemente al bautismo de él, él podría bautizarse, pero que si había un voto en contra no se le debía admitir en la Iglesia. Si recuerdo bien el escrutinio, hubo cinco votos a favor del bautismo y siete en contra. Un año y tanto después, el asunto se sometió nuevamente a votación y el resultado fue de ocho a favor y cuatro en contra. Posteriormente, hubo otra votación con diez votos a favor del bautismo y dos en contra. Por último, todo el Consejo de los Apóstoles, con excepción de éste, su humilde servidor, consintió en que el hombre fuese bautizado y, en ese entonces, yo era el segundo miembro más nuevo del quórum. Después, cuando me encontraba en el despacho del presidente, él me dijo:

    “Heber, tengo entendido que once de los apóstoles han accedido al bautismo del hermano fulano”, y lo nombró, “y que usted ha sido el único que ha votado en contra. ¿Qué sentirá cuando llegue al otro lado y halle que este hombre ha suplicado ser bautizado y que quizá usted le habrá impedido entrar junto con los que se han arrepentido de sus pecados y han recibido alguna recompensa?”

    Le dije: “Presidente John Taylor, si el Señor me hace esa pregunta, podré mirarle y decirle sinceramente que he hecho lo que me ha parecido lo mejor para el reino… Podré decir al Señor que [ese hombre] ha deshonrado a la Iglesia y que yo no pienso permitir que un hombre de esa clase vuelva a la Iglesia”.

    “Bien”, me dijo el presidente Taylor, “hijo mío, está bien, actúe de conformidad con sus convicciones, vote de acuerdo con lo que cree”.

    Añadí: “Presidente Taylor, en su carta, usted indicaba que deseaba que cada uno de los apóstoles votara de acuerdo con sus más íntimas convicciones. Si usted desea que yo renuncie a mis más íntimas convicciones, lo haré con mucho gusto; votaré gustoso para que ese hombre vuelva, pero si dejo esto librado a mi propio discernimiento, mientras viva, espero no consentir en ello. Hace varios años, ese hombre fue acusado ante los apóstoles, y él mintió y aseguró que era inocente, y si bien el Señor me testificó que él mentía, yo no podía condenarle por motivo de eso. Aquella noche, de rodillas, le supliqué al Señor que me diese fuerzas para no poner al descubierto a ese hombre, sabiendo que había mentido y que no se contaba con más evidencia que el testimonio de la muchacha a la que él había persuadido a tener relaciones íntimas con él. Supliqué entonces al Señor que algún día se presentasen más testimonios del asunto, y así sucedió, y entonces le excomulgamos. Y si un hombre miente a los apóstoles, siendo culpable mientras afirma haberse arrepentido del pecado cometido, creo que, [en ese hecho], esta Iglesia ha sido suficientemente difamada para que no se le permita volver más a la Iglesia”.

    “Bien”, me repitió el presidente Taylor, “hijo mío, no vote usted a favor mientras viva; mientras tenga esas ideas, actúe de conformidad con sus convicciones”.

    Salí de la oficina del Presidente y me dirigí a casa… Por ese entonces, yo estaba leyendo Doctrina y Convenios por tercera o cuarta vez, de principio a fin en forma sistemática, y tenía puesto el marcador de libros en la página en la que había quedado; sin embargo, cuando lo tomé, en vez de abrirse donde estaba el marcador, se abrió en:

    “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres; pues el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor” [véase D. y C. 64:9–10].

    Cerré el libro y me dije: “Si el diablo solicita el bautismo y afirma haberse arrepentido, lo bautizaré”. Después de haber almorzado, regresé a la oficina del presidente Taylor y le dije: “Presidente Taylor, he experimentado un cambio en el corazón. Hace una hora le dije que mientras viviera esperaba no consentir en que el hermano fulano se bautizase; no obstante, he venido a decirle que, en lo que a mí respecta, sí puede ser bautizado”.

    El presidente Taylor tenía la costumbre, cuando se sentía particularmente complacido, de sentarse a reír, sacudiendo todo el cuerpo; rió y me dijo: “Hijo mío, el cambio ha sido muy, muy repentino. Quisiera hacerle una pregunta: “¿Qué sentía cuando se fue de aquí hace una hora? ¿Sentía ganas de darle a ese hombre un golpe de lleno en la nariz y derribarlo?”.

    Le contesté: “Eso era precisamente lo que deseaba hacer”.

    Él me dijo: “¿Y qué piensa ahora?”.

    “Lo cierto es, presidente Taylor, que espero que el Señor perdone al pecador”.

    El presidente Taylor añadió: “Usted se siente feliz, ¿no es así?, en comparación con su estado anímico anterior. Tenía usted el espíritu del enojo, tenía el espíritu del resentimiento en su corazón para con ese hombre, por el pecado que había cometido y por haber difamado a la Iglesia. Pero ahora tiene usted el espíritu del perdón y se siente en verdad contento, ¿no es cierto?”.

    Yo le contesté: “Sí, así es; yo me sentía duro y rencoroso, pero ahora me siento contento”.

    Entonces me dijo: “¿Sabe por qué escribí esa carta?

    Le contesté: “No, señor, no lo sé”.

    “Y bien, la escribí precisamente para que tanto usted como los miembros más jóvenes de los apóstoles aprendieran la lección de que el perdón precede a la justicia cuando hay arrepentimiento, y para que aprendiesen que tener en el corazón el espíritu del perdón y eliminar del alma el espíritu del odio y del rencor brinda paz y regocijo; para que supieran que el Evangelio de Jesucristo da alegría, paz y felicidad a toda alma que vive de acuerdo con él y que sigue sus enseñanzas”.

    Y así continuó hablándome. No recuerdo todas las enseñanzas que me dio, pero en seguida me dijo que él nunca hubiese podido darme esa experiencia, que él no habría podido darme un testimonio del Evangelio; que yo tenía que recibir ese testimonio por mí mismo, que yo debía dejar entrar ese espíritu recto en mi corazón y sentirlo: el espíritu del perdón, el espíritu de la tolerancia y de la caridad, para que el bien llegase a mí, de un modo individual; que si yo hubiese sencillamente sometido mi voluntad a la suya y hubiera votado para que ese hombre se bautizase, yo nunca hubiera aprendido la lección de que el espíritu de alegría y de paz llega a la hora del perdón; viene a nosotros cuando nuestro corazón se llena de caridad y de tolerancia para con los que han cometido errores. Desde aquel día hasta el día de hoy, he recordado esas enseñanzas.

    El profeta del Señor [el presidente Taylor] me dijo:

    “Hijo mío, nunca olvide que mientras esté cumpliendo rectamente con su deber tendrá el corazón lleno de amor y de perdón, incluso para con el pecador arrepentido, y que si se desvía de cumplir rectamente con su deber y toma la resolución de que lo que usted considera es justicia y equidad, y que es lo que debe hacerse, por lo general, no sentirá felicidad. Usted sabrá la diferencia que hay entre el Espíritu del Señor y el espíritu del adversario cuando se sienta feliz y contento, cuando sienta que ama a sus semejantes y que está deseoso del bienestar de ellos; y sabrá que no tiene el Espíritu del Señor cuando se sienta lleno de animosidad y de deseos de golpear a alguien”.

    El perdón es una expresión del verdadero amor o caridad.

    Recuerdo uno de los más bellos capítulos de la Biblia (1 Corintios 13):

    “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe.

    “Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy.

    “Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.

    “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece;

    “no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor;

    “no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.

    “Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

    “El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará.

    “Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos;

    “mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará.

    “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño.

    “Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido.

    “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor”.

    Muchas personas se imaginan que el amor [la caridad] es dar un dólar a alguien; sin embargo, el verdadero y auténtico amor o caridad es dar amor y sentir compasión, que es la clase de amor o caridad de la que habla el apóstol en ese capítulo 13 de Primer Corintios.

    Recuerdo que después de haber recibido esa enseñanza del Presidente de la Iglesia, siendo yo un hombre joven, casi un muchacho, leí ese capítulo algo así como una vez a la semana durante un largo tiempo, y después, una vez al mes durante varios meses. Consideraba que lo necesitaba para desempeñar mis funciones, por decirlo así; que era una de las cosas necesarias para mi progreso.

    En lugar de condenar a los demás, esforcémonos por ser mejores nosotros mismos.

    Recuerdo que hace un año, aquí, en la conferencia, leí de una canción espléndida y magnífica la mitad de la primera estrofa, que dice lo siguiente:

    Cada cual a conocerse aprenda

    con esfuerzo y con fervor,

    que el error que en los demás reprenda,

    en sí mismo corrija con valor.

    [Véase “Let Each Man Learn to Know Himself ”,

    Hymns,1948, N° 91.]

    …también cité las cuatro breves estrofas de nuestro himno [titulado “Should You Feel Inclined to Censure”], parte del cual dice:

    Si inclinado a criticar te sintieras

    las faltas que otras personas tuviesen,

    pregunta a tu propio corazón, y espera

    a ver de qué faltas también tú adoleces.

    [Véase Hymns, 1985, N° 235.]

    Cuando cité esos poemas, no tenía la menor idea de que desearía volver a citarlos hoy; pero en vista de las drásticas críticas y del espíritu, prácticamente de animosidad, y del odio que parecen poner de manifiesto algunas personas de entre los Santos de los Últimos Días en estos momentos con respecto a asuntos comerciales y políticos, deseo hacer hincapié, con todas las fuerzas de mi ser, en la última estrofa de ese himno…:

    Opinión a ciegas no te llegues a formar,

    que aflicciones ello te ha de traer.

    Aquel de quien hayas llegado a pensar mal

    tu mejor amigo podrá llegar a ser.

    [Véase Hymns, 1985, N° 235.]…

    Deseo repetir la última estrofa de [un] himno excelente que aprendí hará treinta y cinco o cuarenta años, cuando Francis M. Lyman [del Quórum de los Doce Apóstoles] me lo cantó por primera vez. Lo anoté aquella misma noche y lo aprendí al día siguiente. Me gustaría que todo Santo de los Últimos Días aplicase a su vida las enseñanzas de esa espléndida estrofa. Si hacemos eso, creo que creceremos en amor y en caridad; que el espíritu de paz y de felicidad que el presidente Taylor me prometió cuando yo me sentía resuelto a que aquel hombre quedase fuera de la Iglesia, y el espíritu de alegría y de paz que llegó a mí después de haber experimentado un cambio en el corazón llegará a los Santos de los Últimos Días:

    Y si, cuando a ti mismo te valores,

    hallas que te ha ido mejor que a los demás,

    es que Dios con bondad te ha dado bendiciones:

    trata tú a tus semejantes con la misma caridad.

    El ejemplo con potencia da resplandores

    y a las otras personas sabe su luz mostrar.

    Perfecciónate tú en primer lugar

    Y procura después a los otros hacer progresar.

    [Véase Hymns, 1948, N° 91.]…

    Suplico a todo Santo de los Últimos Días que cultive el espíritu de caridad, de tolerancia y de amor fraternal6.

    Sugerencias para el estudio y el análisis

    • ¿Podría mencionar en qué aspectos es el Evangelio de Jesucristo un Evangelio de perdón?

    • ¿Por qué debemos perdonar a los demás? ¿Qué consecuencias podrían desprenderse del negarse a perdonar?

    • ¿Por qué a veces es difícil perdonar? ¿Qué podemos hacer para vencer esas dificultades?

    • ¿De qué forma la actitud de perdón influye en los que son objeto de ese perdón?

    • ¿Por qué es el perdón una expresión del amor o caridad?