¿Digna de mi bendición?
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¿Digna de mi bendición?

Tenía la recomendación, pero había algo que me inquietaba. ¿Había sido realmente perdonada de todas las cosas que había hecho hacía tanto tiempo? ¿Iba mi obispo a pensar mal de mí?

Después de asistir a una charla fogonera a cargo del patriarca de la estaca, estaba animada para recibir mi bendición patriarcal.

Me enteré de que para recibir la bendición debía concertar una entrevista con mi obispo, por lo que llamé al secretario ejecutivo y fijé una cita para después de la Mutual de la semana siguiente.

El centro de reuniones estaba casi vacío cuando me dirigí hacia el despacho del obispo. Llamé a la puerta y él me hizo pasar. Conversamos de cómo me iba en los estudios y luego me preguntó qué podía hacer por mí. Parecía complacido por el hecho de que yo quería recibir mi bendición patriarcal.

Hablamos de lo que es la bendición patriarcal, lo que significa recibirla y de si creía que estaba lista. Luego me preguntó sobre mi dignidad personal. ¿Cumplía con la Palabra de Sabiduría?, ¿asistía a mis reuniones de la Iglesia?, ¿tenía un testimonio del Evangelio? Me sentí bien al contestar afirmativamente y de todo corazón a sus preguntas, aun cuando sabía que no era perfecta, ni mucho menos.

Entonces el obispo me hizo una última pregunta: “¿Hay algo en tu pasado que debiera haber sido aclarado con tus líderes del sacerdocio, pero que no lo ha sido?”.

Dije que no, tomé la recomendación y me fui, lista para concertar una cita con el patriarca. Mientras caminaba por el oscuro corredor, la última pregunta comenzó a cobrar peso en mi mente. ¿Había algo en mi pasado?

Entonces recordé un par de visitas que había realizado a la casa de una amiga cuando era más joven. Me había sentido incómoda con algunos de los juegos en los que había participado, pero nunca más había vuelto a hacer nada semejante. Aún así me había preguntado varias veces si aquellas pequeñas infracciones inocentes eran algo de lo que debía hablar con mi obispo. Puesto que no había hecho nada grave, me figuré que podría olvidarme de ello, pero parecía que no lo había hecho.

Si iba a recibir una sola bendición patriarcal en la vida, no quería que nada empañara ese momento, así que di la vuelta y me dirigí al despacho del obispo, con el corazón en un puño. No quería que se burlara de mis inquietudes ni que pensara que no tenían importancia. Tuve que cobrar ánimo para volver a llamar a la puerta.

Pareció sorprendido de volver a verme. Le conté lo sucedido con demasiada rapidez y poca claridad. Él no se rió ni consideró que mis preocupaciones carecieran de importancia, sino que me escuchó con atención, me hizo unas cuantas preguntas sobre aquella época y la actualidad, y sobre el arrepentimiento que había realizado privadamente con el Señor. Luego añadió: “Considero que puedes recibir tu bendición y que ya no tienes que preocuparte más por eso”.

Al salir del despacho por segunda vez, me sentía limpia y dichosa, como si estuviera flotando por el corredor. Sabía que había sido limpia, que mi líder del sacerdocio me había librado de una inquietud que había llevado dentro de mí durante años.

Llevé ese sentimiento de pureza a la casa del patriarca la tarde en que recibí mi bendición. Cuando pronunció las primeras palabras: “El Señor está complacido de que hayas decidido cumplir Sus mandamientos como una manifestación de tu amor por Él”, comencé a llorar. Verdaderamente sentí que el Señor me hablaba a mí y que mi vida, aún siendo imperfecta, le complacía.

He aprendido que puedo acudir a mis líderes del sacerdocio siempre que tenga dudas en cuanto a mi dignidad. He aprendido que ellos tienen muchos deseos de ayudarnos. No piensan mal de mí cuando soy tan imperfecta, ni tampoco creen que sea una pérdida de tiempo hablar de cualquier problema, sea éste grande o pequeño. Ellos parecen ser tan felices como nosotros cuando recibimos ese maravilloso sentimiento de dicha que se recibe al ser perdonado.

Rachel Murdock pertenece al Barrio Janesville, Estaca Madison, Wisconsin.