La búsqueda de la paz
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Mensaje de la Primera Presidencia

La búsqueda de la paz

En un mundo en el que la paz es motivo de ansiedad universal, a menudo nos preguntamos por qué la violencia recorre nuestras calles, por qué se producen tantos asesinatos y homicidios que colman las columnas periodísticas, por qué hay tantas discordias y conflictos familiares que atentan contra la santidad del hogar y ahogan la tranquilidad de tantas vidas.

Quizás nos apartamos del sendero que conduce a la paz, sólo para descubrir que es menester efectuar una pausa para meditar y reflexionar acerca de las enseñanzas del Príncipe de paz, y nos propongamos entonces adoptarlas en nuestros pensamientos y hechos, y vivir conforme a una ley superior, andar por caminos más excelentes y ser mejores discípulos de Cristo.

Los enemigos de la paz

La devastación que el hambre provoca en África, las brutalidades del odio en Oriente Medio y las contiendas raciales en todo el globo nos recuerdan que la paz que anhelamos no se consigue sin esfuerzo y determinación. El odio, la ira y la contención son enemigos difíciles de controlar. En su ataque asolador, estos enemigos ocasionan inevitablemente lágrimas de pesar, la aflicción que resulta del antagonismo y la destrucción de las esperanzas. Su influencia se extiende no solamente a los campos de batalla sino que también se observan a menudo en los hogares y en los corazones. Muchos olvidan demasiado pronto y recuerdan demasiado tarde el consejo del Señor, que dice: “…no habrá disputas entre vosotros…

“Porque en verdad, en verdad os digo que aquel que tiene el espíritu de contención no es mío, sino es del diablo, que es el padre de la contención, y él irrita los corazones de los hombres, para que contiendan con ira unos con otros.

“He aquí, ésta no es mi doctrina, agitar con ira el corazón de los hombres, el uno contra el otro; antes bien mi doctrina es ésta, que se acaben tales cosas”1.

Al volver atrás el reloj del tiempo, nos viene a la mente una conferencia sobre la paz celebrada hace unos 65 años en la ciudad bávara de Munich. Los líderes de las potencias europeas se reunieron en asamblea en unos momentos en los que el mundo estaba al borde de la guerra. Su propósito, declarado abiertamente, era concertar un rumbo que impidiera la guerra y preservara la paz. La desconfianza, la intriga y la ambición por el poder amenazaba el éxito de aquella conferencia. Y el resultado no fue la “paz en nuestros días”, sino guerra y desolación como nunca antes habían ocurrido. Se hizo caso omiso de, o al menos se hizo a un lado, la súplica impresionante de alguien que había sufrido una guerra anterior; alguien que parecía escribir en representación de millones de camaradas, tanto amigos como enemigos:

En los campos de Flanders hoy

se estremecen mil flores de color

entre cruces que marcan el dolor

de tantos que cayeron por amor

y no escuchamos su clamor,

que parece decirnos: por favor,

no hagáis del pasado el mismo error.

Una vez nos amaron, hoy ya no.

En los campos de Flanders se quedó

la esperanza de paz que se anheló.

Tomad la antorcha de la fe y proseguid

por la senda de la paz para vivir

como hermanos todos sin sufrir

y los campos de Flanders resarcir

y la gloria eterna conseguir2.

¿Estamos destinados a repetir los errores del pasado? El famoso estadista William Gladstone enunció la fórmula para la paz al declarar: “Anhelemos la época en la que el poder del amor habrá de reemplazar el amor por el poder. Sólo entonces el mundo conocerá las bendiciones de la paz”.

La paz de Dios

La paz mundial, aunque es un objetivo encomiable, sólo es el fruto de la paz individual que todos queremos obtener. Y no me refiero a la paz que promueve el hombre, sino a la paz que Dios promete. Hablo de la paz en nuestros hogares, la paz en nuestro corazón, la paz en nuestra vida personal. La paz forjada por el hombre es efímera. La paz de Dios es imperecedera.

Se nos recuerda que “la ira nada resuelve, nada edifica y puede destruirlo todo”3. Las consecuencias de todo conflicto son tan devastadoras que no podemos menos que anhelar una orientación, o sea, la manera de asegurarnos el éxito al procurar el sendero de la paz. ¿Cómo podemos obtener esa bendición universal? ¿Cuáles son los requisitos preliminares? Recordemos que para obtener las bendiciones de Dios, debemos seguir Sus instrucciones. Permítanme sugerir tres ideas que podrían inspirarnos y guiar nuestros pasos:

  1. Reflexionar.

  2. Relacionarse.

  3. Recurrir a Dios.

Primero: Reflexionar. La autoevaluación es siempre un procedimiento difícil. Muy a menudo nos tienta la idea de pasar por alto las cosas que requieren corrección y de hacer incesante hincapié en nuestras virtudes individuales. El presidente Ezra Taft Benson (1899–1994) nos aconsejó: “El precio de la paz es la rectitud. El hombre y las naciones podrán proclamar a gritos: ‘Paz, paz’, pero no habrá paz sino hasta que las personas, en forma individual, cultiven en su alma los principios de la pureza personal, la integridad y el carácter, principios que fomentan el desarrollo de la paz. La paz no puede imponerse. Es necesario que emane de la vida y del corazón de los hombres. No hay otra manera”4.

El élder Richard L. Evans (1906–1971), del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Para encontrar la paz interior, la paz que sobrepasa todo entendimiento, el hombre debe vivir honestamente, respetar a sus semejantes, cumplir con sus obligaciones, trabajar con buena voluntad, amar y atesorar a sus seres queridos, ser considerado con los demás y servir con paciencia, virtud, fe y perseverancia, y con la seguridad de que la vida es para que aprendamos, sirvamos, nos arrepintamos y nos mejoremos. Agradezcamos a Dios los benditos principios del arrepentimiento y del perfeccionamiento, una fórmula que está al alcance de todos nosotros”5.

El lugar que ocupan los padres en el hogar y en la familia es de primordial importancia cuando examinamos nuestra responsabilidad personal al respecto. Un grupo de distinguidas personas se reunió en una conferencia para analizar las razones del incremento de la violencia, particularmente entre la juventud. Algunas de sus observaciones pueden ayudarnos a medida que examinamos nuestras prioridades:

“Una sociedad que contempla la violencia como un entretenimiento… no debiera sorprenderse cuando la violencia insensata destroza los sueños de sus ciudadanos más jóvenes e inteligentes…

“…El desempleo y el desaliento pueden conducirnos a la desesperanza, pero la mayoría de la gente no cometerá actos desesperados si se le enseña que la dignidad, la honradez y la integridad son más importantes que la venganza y el enojo, y si entiende que el respeto y la bondad ofrecerán al final una mejor oportunidad para el éxito…

“Las mujeres de esa conferencia sobre la prevención de la violencia hallaron la solución, la única solución capaz de rectificar la trayectoria hacia la conducta cada vez más destructiva y el dolor: el retorno a los valores familiares de antaño”6.

Con demasiada frecuencia creemos equivocadamente que nuestros hijos necesitan más cosas materiales, cuando en realidad en silencio nos imploran que pasemos más tiempo con ellos. La acumulación de bienes o la multiplicación de nuestras posesiones contradice las enseñanzas del Maestro:

“No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan;

“sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan.

“Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”7.

Una noche observé a un gran número de padres e hijos en Salt Lake City que iban de camino a un centro de entretenimiento para asistir a una representación de la obra “La bella y la bestia”. Detuve mi automóvil a un costado de la calle para contemplar aquella alegre multitud. Los padres, que indudablemente se dejaron persuadir para acudir al lugar, llevaban de la mano a sus preciados niños. Aquello era el amor en acción, un tácito mensaje de interés genuino, una reorganización del tiempo para satisfacer una prioridad a la manera de Dios.

En verdad, la paz reinará victoriosa una vez que mejoremos de acuerdo con el modelo que nos ha enseñado el Señor. Entonces podremos apreciar el profundo sentido espiritual de las sencillas palabras del familiar himno: “Oh que grato todo es cuando del hogar el amor el lema es…”8.

Segundo: Relacionarse. Aunque la exaltación es algo muy personal y no somos salvos en grupo sino como individuos, no podemos vivir aislados. Para ser miembros de la Iglesia, se requiere que tengamos la determinación de prestar servicio a los demás. Un cargo de gran responsabilidad quizás no traiga consigo un importante reconocimiento y la recompensa podría no distinguirse, pero a fin de que el servicio sea aceptable para el Señor, es necesario que provenga de quienes tengan una mente voluntariosa, manos hacendosas y un corazón bien dispuesto.

De vez en cuando, el desaliento puede oscurecer nuestro sendero y la frustración ser una compañera constante. La sofistería de Satanás podría susurrarnos al oído: “No puedes salvar tú solo al mundo; tus pequeños esfuerzos no surten efecto alguno. No tienes tiempo de preocuparte por los demás”. Con fe en el Señor, debemos alejarnos de tales falsedades y asegurarnos de que nuestros pies permanezcan firmes en el sendero del servicio y nuestro corazón y nuestra alma sigan dedicados a seguir el ejemplo del Señor. Cuando la luz de nuestra dedicación se desvanezca y nuestro corazón desfallezca, encontraremos consolación en Su promesa: “Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno… Y de las cosas pequeñas proceden las grandes. He aquí, el Señor requiere el corazón y una mente bien dispuesta”9.

Durante un año pasado, la organización de la Primaria llevó a cabo un programa destinado para familiarizar a los niños con los sagrados templos de Dios. A menudo, eso incluía visitas a los terrenos del templo, donde pude observar con deleite en mi corazón la algarabía de los pequeñitos, el regocijo de su irrefrenable juventud y la exhuberancia de sus energías. Al ver que una devota maestra guiaba de la mano ya a un niño, ya a una niña hacia la imponente entrada al Templo de Salt Lake y las criaturas extendían la mano para tocar sus paredes, me parecía ver al Maestro dándoles la bienvenida y acercándolos a Su lado, diciendo aquellas palabras consoladoras: “…Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios”10.

Tercero: Recurrir a Dios. Al hacerlo, comprobamos que es consolador y provechoso comunicarse con nuestro Padre Celestial a través de la oración, ese medio para obtener fortaleza espiritual, ese pasaporte hacia la paz. Y así recordamos a Su amado Hijo, el Príncipe de paz, el pionero que, en verdad, mostró a otros el camino a seguir. Su plan divino puede salvarnos de “las Babilonias” del pecado, de la desidia y el error. Su ejemplo señala el camino. Al ser asediado por la tentación, la desdeñó. Cuando se le ofreció el mundo, lo rechazó. Cuando se le pidió Su vida, la dio.

En una significativa oportunidad, Jesús se refirió a un pasaje de Isaías: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel”11; una nítida declaración de la paz que sobrepasa todo entendimiento.

Con frecuencia, la muerte se aparece como un intruso. Es un enemigo que de pronto se aparece en medio de las festividades de la vida, extinguiendo las luces y la algarabía. La muerte pone su pesada mano sobre nuestros seres queridos y, a veces, suele dejarnos confusos y extrañados. En otras ocasiones, como cuando se trata de prolongados sufrimientos y enfermedades, llega como un ángel misericordioso. Pero para los afligidos, la promesa de paz del Maestro es un bálsamo consolador que purifica: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”12. “…voy, pues, a preparar lugar para vosotros… para que donde yo estoy, vosotros también estéis”13.

Ruego que todos aquellos que hayan perdido a sus seres queridos puedan comprender la realidad de la resurrección y sepan sin dudar que las familias pueden ser eternas. Ése fue el testimonio de un soldado, Sullivan Ballou, que, durante la Guerra Civil de los Estados Unidos, escribió una emotiva carta a su esposa, sólo una semana antes de perder la vida en una batalla. Compartan conmigo el amor de aquella alma, su confianza en Dios, su valentía, su fe.

“14 de julio de 1861

“Campamento Clark, Washington

“Mi amada Sara:

“Es muy probable que reanudemos la marcha en pocos días, o tal vez mañana. Por si acaso no pudiera hacerlo otra vez, siento que debo escribirte estas breves líneas, para que las leas cuando yo ya no esté aquí…

“No tengo duda alguna ni falta de confianza en la causa que he abrazado y el valor no me falta ni vacila… Estoy… totalmente dispuesto… a renunciar al gozo de la vida para ayudar a conservar este gobierno…

“Sara, mi amor por ti es eterno; me parece que es algo que me une a ti con unos lazos que sólo la Omnipotencia podría quebrantar. Y sin embargo, mi amor por mi patria me arrastra como un fuerte viento y me empuja, a pesar de todas esas cadenas, hacia el campo de batalla.

“El recuerdo de los benditos momentos que viví contigo parecen acometerme y agradezco a Dios y a ti el haberlos disfrutado durante tanto tiempo. Y es duro para mí perderlos y ver reducidas a cenizas las esperanzas de años venideros, cuando, si Dios lo quiere, podríamos aún vivir y amar juntos, y tener a nuestro lado a nuestros hijos y verlos crecer hasta la hombría honorable. Sé que merezco muy poco de la Divina Providencia, pero algo me dice, y quizás sea la tierna oración de nuestro pequeño Edgar, que regresaré ileso a mis seres queridos. Pero si no, mi querida Sara, nunca olvides cuánto te amo; y cuando el último aliento escape de mis labios en el campo de batalla, lo haré musitando tu nombre. Perdona mis errores y los muchos dolores que te he causado. Cuán insensato y necio he sido a veces. Con cuánto gozo lavaría yo con mis lágrimas cada una de las desdichas que manchen tu felicidad…

“Mas, Sara, si los muertos pueden regresar a la tierra y no ser vistos por sus seres amados, yo estaré siempre a tu lado, en tus días alegres y en tus noches tristes… siempre , siempre , y si sientes una suave brisa en tus mejillas, será mi aliento, y el aire tibio que refresca tus sienes será mi espíritu que pasa a tu lado. Sara, no lamentes mi muerte, sino piensa que me he ido para esperarte, porque estaremos nuevamente juntos”14.

Nuestro mensaje de paz

Las tinieblas de la muerte desaparecerán bajo la luz de la verdad revelada. “…Yo soy la resurrección y la vida”, dijo el Maestro. “…el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente”15.

Sumamos a Sus palabras las del ángel que se dirigió a la llorosa María Magdalena y a la otra María cuando se acercaron a la tumba para cuidar del cuerpo de su Señor: “…¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado”16.

Tal es nuestro mensaje. ¡Él vive! Y porque Él vive, también nosotros viviremos nuevamente. Este conocimiento brinda paz a los seres queridos de aquellos que yacen en las tumbas de los sagrados campos de Flanders, donde las amapolas florecen en primavera, y a los de aquellos que descansan en muchos otros lugares, incluso en las profundidades del mar. “Gozoso, canto con fervor: Yo sé que vive mi Señor”17.

Ideas Para los Maestros Orientadores

Una vez que se prepare por medio de la oración, comparta este mensaje empleando un método que fomente la participación de las personas a las que enseñe. A continuación se citan algunos ejemplos:

  1. Muestre un diario con titulares actuales sobre los problemas del mundo y pregunte a los miembros de la familia si éstos les han hecho sentir temor. Hablen de cómo puede ayudarnos el Salvador a hallar la paz y vencer el temor, a pesar de los problemas del mundo.

  2. Pregunte a un niño o a un joven de la familia si alguna vez han necesitado ayuda porque alguien fue descortés con ellos o porque las cosas no iban bien en la escuela. Pida a la familia que hable de cómo puede ayudarnos el Salvador.

  3. ¿Ha perdido a un ser querido alguna de las personas a las que enseña? Comparta su testimonio de la resurrección del Salvador y el efecto que tiene en nosotros. O, si es apropiado, pida a esa persona que comparta su testimonio con los demás miembros de la familia.