Un pueblo deseoso de asistir al templo
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    Clásicos del Evangelio

    Un pueblo deseoso de asistir al templo

    El Evangelio que los Santos de los Últimos Días proclaman al mundo es el Evangelio de Jesucristo, tal como fue restaurado en la tierra en esta dispensación, y es para la redención de toda la humanidad. El Señor mismo ha revelado lo que es esencial para la salvación y la exaltación de Sus hijos y uno de esos elementos esenciales es la construcción de templos para llevar a cabo las ordenanzas que no se pueden efectuar en ningún otro lugar.

    Cuando les explicamos este concepto a las personas que acuden de todas partes del mundo para admirar nuestros templos, la pregunta que hacen con más frecuencia es: ¿Cuáles son las ordenanzas que se efectúan en los templos?

    Como respuesta, por lo general les explicamos primeramente la ordenanza conocida como el bautismo por los muertos, aclarando que muchos cristianos creen que al tiempo de morir, ya queda establecida para la eternidad nuestra condición ante el Señor, porque, ¿no le dijo Cristo a Nicodemo: “…De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”? (Juan 3:5). Sin embargo, sabemos que muchos han muerto sin la ordenanza del bautismo y, por tanto, si aceptamos la declaración que Cristo le hizo a Nicodemo, éstos no podrían entrar en el reino de Dios. A raíz de ello, surge la pregunta: ¿Es justo Dios?

    La respuesta es: ¡Naturalmente que Dios es justo! Es obvio que la declaración del Salvador a Nicodemo da por sentado que se pueden llevar a cabo bautismos por aquellos que han muerto sin haber sido bautizados. Los profetas Santos de los Últimos Días han afirmado que el bautismo es una ordenanza terrenal que únicamente la pueden efectuar las personas que aún viven. Por lo tanto, ¿cómo pueden recibir el bautismo los muertos si sólo los vivos pueden efectuar esa ordenanza? Ése fue el tema de la epístola del apóstol Pablo a los corintios cuando hizo la pregunta:

    “De otro modo, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos resucitan? ¿Por qué, pues, se bautizan por los muertos?” (1 Corintios 15:29).

    De hecho, al estudiar la historia eclesiástica, vemos que los bautismos por los muertos era algo que practicaban los primeros cristianos. Al igual que hoy en día, en aquellos tiempos también se hacía la obra vicaria por los muertos; en realidad, la obra vicaria no es algo nuevo ni extraño para nosotros. Sabemos que el Salvador mismo expió, en forma vicaria, los pecados de la humanidad. En la actualidad, nuevamente los vivos llevan a cabo bautismos en favor de las personas que ya han fallecido, así como también la imposición de manos para conferir el don del Espíritu Santo a esas mismas personas fallecidas. No obstante, estas ordenanzas en favor de las personas fallecidas se efectúan solamente en la casa del Señor.

    La investidura es otra ordenanza que se lleva a cabo en nuestros templos y que se compone de dos partes: primero, una serie de instrucciones, y segundo, promesas o convenios que hace la persona que recibe la investidura, promesas de vivir rectamente y de acatar los requisitos del Evangelio de Jesucristo. La investidura es una ordenanza que brinda grandes bendiciones a los santos, tanto vivos como muertos; por eso, es también una ordenanza que los vivos efectúan en beneficio de los que ya han fallecido, y para los cuales la obra bautismal ya se ha llevado a cabo en su beneficio.

    Otra ordenanza del templo es el matrimonio celestial, en donde la esposa es sellada a su marido, y éste es sellado a ella por la eternidad. Sabemos con certeza que los matrimonios civiles acaban con la muerte, pero los matrimonios eternos, que se efectúan en el templo, pueden existir para siempre. Los hijos que le nazcan a una pareja después de contraer matrimonio eterno son automáticamente sellados a sus padres por la eternidad. En cambio, si los hijos nacen antes de que la esposa esté sellada a su marido, existe una ordenanza de sellamiento en el templo por medio de la cual esos hijos pueden ser sellados a sus padres por la eternidad. De la misma forma, los hijos pueden ser sellados vicariamente a padres que ya hayan fallecido.

    En las ordenanzas del templo, se establecen los cimientos de la familia eterna. La Iglesia tiene la responsabilidad, y la autoridad, de preservar y proteger a la familia como el cimiento de la sociedad.

    Todas estas ordenanzas del sacerdocio efectuadas en el templo son esenciales para la salvación y la exaltación de los hijos de nuestro Padre Celestial.

    En la sección 137 de Doctrina y Convenios se registra una visión que le fue dada al profeta José Smith en el Templo de Kirtland, en la que vio a su hermano Alvin, que ya había fallecido, y a sus padres. La voz del Señor vino a él y le dijo: “…Todos los que han muerto sin el conocimiento de este evangelio, quienes lo habrían recibido si se les hubiese permitido permanecer, serán herederos del reino celestial de Dios” (D. y C. 137:7).

    En la sección 138 se encuentra registrada una manifestación divina dada al presidente Joseph F. Smith [1838–1918], la cual también tiene que ver con la obra de la redención de los muertos. El presidente Smith, después de haber leído la primera epístola de Pedro, estaba meditando en la visita que nuestro Señor hizo al mundo de los espíritus y reflexionando en el versículo que dice: “Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en carne según los hombres, pero vivan en espíritu según Dios” (1 Pedro 4:6).

    El presidente Smith recibió entonces una visión, la cual se encuentra registrada en la sección 138. En ella vio que “el Señor no fue en persona entre los inicuos ni los de sobedientes que habían rechazado la verdad, para instruirlos;

    “mas he aquí, organizó sus fuerzas y nombró mensajeros de entre los justos, investidos con poder y autoridad, y los comisionó para que fueran y llevaran la luz del evangelio a los que se hallaban en tinieblas, es decir, a todos los espíritus de los hombres; y así se predicó el evangelio a los muertos” (D. y C. 138:29–30).

    No hay duda de que los que estamos de este lado del velo tenemos una gran obra que llevar a cabo. En vista de todo lo que se ha mencionado en cuanto a las ordenanzas del templo, vemos que lo que la edificación de templos encierra es de gran importancia, tanto para nosotros como para la humanidad, y nuestras responsabilidades son bastante claras. Debemos efectuar las ordenanzas del sacerdocio en el templo, las que son esenciales para nuestra propia exaltación; luego debemos realizar esa misma obra esencial para los que no tuvieron la oportunidad de aceptar el Evangelio en vida. El llevar a cabo la obra en favor de otras personas se logra en dos pasos: primero, al realizar la investigación de historia familiar con el fin de buscar el nombre y los datos de nuestros antepasados; y segundo, al efectuar las ordenanzas del templo para brindarles las mismas oportunidades que tienen las personas vivas.

    Más aún, los muertos están esperando ansiosamente que los Santos de los Últimos Días encuentren sus nombres y luego vayan a los templos para oficiar en favor de ellos, para de esa forma ser liberados de la prisión en el mundo de los espíritus.

    Cuán maravilloso es disfrutar del privilegio de ir al templo para recibir nuestras propias bendiciones, y luego, una vez que lo hayamos hecho, qué gran privilegio es el llevar a cabo la obra por aquellos que han partido antes que nosotros. Este aspecto de la obra en el templo es una obra desinteresada; no obstante, siempre que efectuamos la obra en el templo por otras personas, recibimos a cambio una bendición. De modo que, no debe sorprendernos el hecho de que el Señor desee que Su pueblo sienta el deseo de asistir al templo.

    El símbolo supremo del ser miembros de la Iglesia

    Ha sido el Señor mismo quien, en las revelaciones que nos ha dado, ha hecho del templo el símbolo supremo para los miembros de la Iglesia. Piensen en cuáles son la actitud y el comportamiento correctos que el Señor nos indicó en el consejo que dio a los santos de Kirtland, por medio del profeta José Smith, cuando éstos se preparaban para edificar un templo. Ese consejo continúa en vigencia:

    “Organizaos; preparad todo lo que fuere necesario; y estableced una casa, sí, una casa de oración, una casa de ayuno, una casa de fe, una casa de instrucción, una casa de gloria, una casa de orden, una casa de Dios” (D. y C. 88:119). ¿Deseamos tener la actitud y el comportamiento necesarios para obtener estas cosas en nuestra vida?

    No tenemos ningún registro que indique que se hayan edificado templos, ni en el Nuevo ni en el Viejo mundo, durante el largo período de apostasía, con anterioridad a la restauración del Evangelio de Jesucristo en los últimos días. El sacerdocio, el cual es fundamental para efectuar las ordenanzas del templo, no existía en la tierra durante esa época. Luego de la restauración del Evangelio por medio del profeta del Señor, quien fue elegido para ese propósito, y del establecimiento de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, se han vuelto a erigir templos de acuerdo con el mandamiento divino.

    El élder Bruce R. McConkie [1915–1985], quien en vida fue miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo:

    “La inspirada construcción y el uso apropiado de los templos es una de las grandes evidencias del origen divino de la obra del Señor… Donde hay templos, en los que el espíritu de revelación descansa en quienes los dirigen, se encuentra el pueblo del Señor; en cambio, donde no hay templos, no existe la Iglesia, ni el reino, ni la verdad de los cielos”( Mormon Doctrine , segunda edición,1966, pág. 781).

    Analicemos algunas de las promesas relacionadas con el templo que el Señor nos ha dado, y veamos qué clase de vida debemos llevar para recibir los beneficios de esas promesas:

    “Y si mi pueblo me edifica una casa en el nombre del Señor, y no permite que entre en ella ninguna cosa inmunda para profanarla, mi gloria descansará sobre ella.

    “Sí, y mi presencia estará allí, porque vendré a ella; y todos los de corazón puro que allí entren verán a Dios.

    “Mas si fuere profanada, no vendré a ella, ni mi gloria estará allí; porque no entraré en templos inmundos.

    “Y ahora bien, he aquí, si Sión hace estas cosas, prosperará, y se ensanchará y llegará a ser gloriosa en extremo, y muy grande y muy terrible.

    “Y las naciones de la tierra la honrarán y dirán: Ciertamente Sión es la ciudad de nuestro Dios, e indudablemente Sión no puede caer ni ser quitada de su lugar, porque Dios está allí, y la mano del Señor está allí;

    “y él ha jurado por el poder de su fuerza ser su salvación y su alto refugio.

    “Por tanto, de cierto, así dice el Señor: Regocíjese Sión, porque ésta es Sión: LOS PUROS DE CORAZÓN; por consiguiente, regocíjese Sión mientras se lamentan todos los inicuos” (D. y C. 97:15–21).

    ¡Qué promesas el Señor nos ha hecho como pueblo! ¡Qué símbolo es para nosotros, como individuos, como familias y como pueblo, el ser reconocidos ante el Señor como puros de corazón!

    Analicemos las enseñanzas majestuosas de la grandiosa oración dedicatoria del Templo de Kirtland, oración que el profeta José Smith dijo se le dio por medio de la revelación. Es una oración que continúa contestándose para nosotros y para nuestras familias, así como para nosotros como pueblo debido al poder del sacerdocio que el Señor nos ha otorgado para ejercer en Sus santos templos.

    El profeta José Smith suplicó: “Y ahora, Padre Santo, te rogamos que nos ayudes con tu gracia a nosotros, tu pueblo… que seamos considerados dignos, ante tu vista, de lograr el cumplimiento de las promesas hechas a nosotros, tu pueblo, en las revelaciones que se nos han dado;

    “para que tu gloria descanse sobre tu pueblo…

    “Te rogamos, Padre Santo, que tus siervos salgan de esta casa armados con tu poder, y que tu nombre esté sobre ellos, y los rodee tu gloria, y tus ángeles los guarden;

    “y que de este sitio lleven nuevas sumamente grandes y gloriosas, en verdad, hasta los cabos de la tierra, a fin de que sepan que ésta es tu obra y que has extendido tu mano para cumplir lo que has hablado por boca de los profetas tocante a los últimos días…

    “Te pedimos que le señales a Sión otras estacas… a fin de que se desarrolle con gran poder y majestad el recogimiento de tu pueblo y se acorte tu obra mediante la rectitud…

    “Y permite que todo el resto esparcido de Israel, que ha sido hostilizado hasta los cabos de la tierra, llegue al conocimiento de la verdad, crea en el Mesías, sea redimido de la opresión y se regocije delante de ti…

    “Trae a tu memoria, oh Señor, a todos los de tu iglesia, y a todas sus familias y parientes cercanos, con todos sus enfermos y afligidos, con todos los pobres y mansos de la tierra, a fin de que el reino que has establecido, no con mano, llegue a ser una gran montaña y llene toda la tierra…

    “para que al llamar la trompeta a los muertos, podamos ser arrebatados en la nube para recibirte, a fin de que siempre estemos con el Señor”(D. y C. 109:10–12, 22–23, 59, 67, 72, 75).

    ¡Nunca ha habido un pueblo que recibiera promesas tan conmovedoras y maravillosas! No es de extrañarse entonces que el Señor desee que Sus discípulos tengan como objetivo Su ejemplo y la asistencia al templo. Es por lo tanto natural que Él haya dicho que en Su santa casa: “…me manifestaré a mi pueblo en misericordia…” (D. y C. 110:7).

    Todos nuestros esfuerzos por proclamar el Evangelio, por perfeccionar a los santos y por redimir a los muertos conducen al santo templo. La razón se debe a que las ordenanzas que allí se efectúan son absolutamente imprescindibles, ya que sin ellas no podremos volver a la presencia de Dios.

    En verdad, el Señor desea que Su pueblo sea gente deseosa de asistir al templo. El deseo más grande de mi corazón es que todos los miembros de la Iglesia sean dignos de entrar en el templo. Desearía que todo miembro adulto fuera digno de obtener una recomendación para entrar en el templo y que la tuviera aun cuando viva lejos de ellos y no pueda asistir inmediatamente ni muy seguido.

    Seamos, en verdad, una gente que ame al templo y que esté deseosa de asistir a él. Vayamos al templo con la frecuencia y la prudencia que nuestras circunstancias personales nos lo permitan. Vayamos, no solamente para efectuar la obra en favor de nuestros parientes fallecidos, sino también para recibir las bendiciones personales que se obtienen mediante la adoración en el templo, y para sentir la santidad y la seguridad que reinan dentro de esas santas y consagradas paredes. El templo es un lugar bello; es un lugar de revelación; es un lugar de paz. Es la Casa del Señor. Es un sitio santo para Él y debería serlo también para nosotros.

    Demos a conocer a nuestros hijos los sentimientos espirituales que hayamos sentido en el templo, y enseñémosles con más diligencia y naturalidad las cosas que apropiadamente se puedan decir en cuanto a los propósitos de la casa del Señor. Coloquen en sus hogares una foto o lámina de un templo en un lugar en donde sus hijos puedan verla. Enséñenles en cuanto a los propósitos de la casa del Señor. Ayúdenles a prepararse, desde temprana edad, para el día en que vayan al templo y a conservarse dignos de esa bendición.

    Al Señor le agrada que nuestra juventud sea digna de ir al templo y efectúe bautismos por quienes no han tenido la oportunidad de bautizarse en esta vida. Le agrada al Señor cuando vamos dignamente al templo con el fin de hacer convenios con Él en forma personal y para sellarnos como matrimonios y familias. Y también le agrada al Señor que vayamos al templo a efectuar esas mismas ordenanzas salvadoras en beneficio de quienes han fallecido, muchos de los cuales esperan ansiosos que esas ordenanzas se lleven a cabo por ellos.

    Pero para que el templo sea en verdad un símbolo para nosotros, debemos desear que así sea. Debemos vivir en forma digna de entrar en el templo y guardar los mandamientos del Señor. Si tomamos al Maestro como modelo de nuestra vida, o sea, si seguimos Sus enseñanzas y Su ejemplo como modelo, no nos será difícil ser dignos de entrar en el templo, y ser consecuentes y leales en cada paso que demos en la vida, ya que estaremos consignados a una sola y sagrada norma de conducta y creencia. Ya sea en nuestra casa o fuera de ella, ya sea cuando asistimos a la escuela o cuando hayamos terminado nuestros estudios, ya sea que actuemos completamente solos o con otra gente, nuestro curso será claro y nuestras normas evidentes.

    La habilidad de ser firmes en nuestros principios, de vivir con integridad y fe de acuerdo con nuestras creencias, es lo que importa. Esa devoción a principios verdaderos, ya sea en nuestra vida, en nuestra casa y familia, y en todos los lugares en los cuales tengamos contacto con otras personas y podamos influir sobre ellas, es la devoción que Dios exige finalmente de nosotros. Requiere que nos comprometamos, con toda el alma y por toda la eternidad a cumplir con los principios que sabemos que son verdaderos y que contienen los mandamientos que Dios nos ha dado. Si somos fieles a esos principios, entonces seremos siempre dignos de entrar en el templo y el Señor y Sus santos templos serán el símbolo supremo de que somos Sus discípulos.

    Texto original del artículo en Liahona, mayo de 1995, págs. 2–7.