Búscame a los misioneros
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“Búscame a los misioneros”

En 1998, mi padre padecía una grave enfermedad. Un año antes le habían amputado una pierna por encima de la rodilla, lo cual le ocasionó problemas circulatorios, mucho dolor y una gran infección, hasta que los médicos decidieron que habría que amputarle parte del fémur. Pasamos muchos días tristes y consternados.

Como mi ciudad es pequeña y carecía de los recursos necesarios para tratar esos graves problemas de salud, mi padre fue a un hospital de Marília, Brasil, donde vive mi hermana, para que se le efectuaran unos estudios y para someterse a un tratamiento agresivo. Sin embargo, nada parecía aliviarle, y pasaron muchos días. Me desplacé a Marília para estar con mis padres y fortalecernos y consolarnos mutuamente.

Mis padres eran miembros de la Iglesia, pero yo no. A veces había obrado en contra de la Iglesia y había negado la veracidad del Libro de Mormón, pero siempre que iba a visitar a mi padre al hospital, sólo me hablaba de una cosa: “¡Luisinho, búscame a los misioneros! Necesito una bendición”. Los había buscado, pero no había podido encontrarlos, y lo peor era que el tiempo se agotaba.

El día previo a la cirugía, volví a visitarlo; aquel día estábamos particularmente inquietos. Sabíamos que el tratamiento no había sido eficaz, y a la mañana siguiente iban a practicarle a mi padre una exploración de rayos X para determinar la altura de la amputación.

Aquel día mi padre me pidió algo diferente. Estaba sentado en cama, colocándose las prótesis para poder caminar con mi madre por los pasillos del hospital y conversar con los amigos que habían sido intervenidos aquella misma mañana. Al ponerse de pie, me dijo: “Luisinho, cómprame agua, por favor”.

Inmediatamente bajé las escaleras y salí del edificio en busca de una botella de agua; mientras caminaba, vi a un grupo de misioneros que iba por la calle. Me olvidé del agua y comencé a correr tras ellos. La única palabra que pude decir era “¡Élder!”. Se detuvieron y me las arreglé para explicarles la situación de mi padre.

Cuando mi madre y yo salíamos aquel día del hospital, vimos al élder Alves y a su compañero dirigirse a visitar a mi padre. Aquella noche mi padre nos llamó por teléfono y nos dijo que el presidente de misión también había estado allí y que finalmente había recibido la bendición que tanto anhelaba.

Aquella noche la pasamos preguntándonos cuál sería el resultado de la exploración de rayos X que se le practicaría a la mañana siguiente. Sin embargo, algo nos consoló.

Esa mañana nos despertó el teléfono. Era mi padre. “Vengan a buscarme”, dijo. “Ya puedo irme”. Nos embargó el gozo mientras nos explicaba que ni la enfermera ni el médico que le atendió se explicaban lo sucedido. “¿Qué hizo durante la noche para que en la radiografía no saliera nada anormal y el hueso esté en perfecto estado?”, le preguntaron.

Cuando me acuerdo de aquel día, siento más y más que el sacerdocio es real y que está nuevamente en la tierra. En el plazo de tres meses, recibí un testimonio y me bauticé. Posteriormente serví como misionero en la Misión Brasil Río de Janeiro Norte, y pude compartir mi testimonio y mi amor de aquello que sé que es verdad.

Luis Roberto Ramos de Sá, hijo pertenece a la Rama Avaré, Distrito Botucatu, Brasil.