No fue un sacrificio
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    No fue un sacrificio

    De jovencita, mi mundo lo comprendían mi familia y mis amigos, pero al encontrar el Evangelio de Jesucristo, perdí gran parte de ese mundo. Mis amigos se burlaban de mí porque cumplía con la Palabra de Sabiduría, honraba el día de reposo y me esforzaba por cumplir los mandamientos. Los compañeros de clase cortaron su amistad conmigo. Al principio, mis padres se negaron a darme permiso para bautizarme, y hasta mi padre dejó de hablarme. Para una jovencita, ese tipo de pérdidas personales bien podrían considerarse un sacrificio, pero Dios sabía que esos “sacrificios” por Su Iglesia y reino en realidad no serían pérdida alguna, sino una ganancia.

    El Señor enseñó: “…si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará” (Juan 12:24–25). Estamos acostumbrados a definir las pérdidas como sacrificios, y los beneficios como ganancias; sin embargo, a menudo nuestras pérdidas son en realidad el comienzo de lo que más tarde será una gran cosecha.

    Un médico de renombre visitó en una ocasión a una anciana abatida y desanimada. Descubrió que estaba sola y distanciada del mundo, pero que aún conservaba un invernadero en el que cultivaba hermosas violetas africanas. El médico le dio una receta: tenía que suscribirse a la hoja parroquial de su iglesia y cada vez que hubiera un bautismo, una boda, alguien enfermo o una defunción, tenía que enviar una violeta africana. Siguiendo las instrucciones del médico, la anciana dio cientos de tiestos con flores, y el día de su muerte, el diario titulaba: “Fallece la reina de las violetas africanas y es llorada por miles”. ¿Qué hizo que aquella mujer abatida y desanimada fuera amada por tantas personas? Fue el dar a los demás en vez de guardar las cosas para sí.

    A veces no se nos pide dar una posesión, sino un sueño querido. Habiéndome criado en Taiwán, siempre había soñado ir a estudiar a Inglaterra. Luego de recibir un título universitario y estudiar en los Estados Unidos, regresé a casa e hice los preparativos para proseguir con mis estudios en Inglaterra. En ese mismo tiempo recibí un llamamiento en la Sociedad de Socorro. Al principio decidí aceptar el llamamiento por un breve tiempo, hasta que partiera para Inglaterra, pero, después de considerarlo detenidamente, decidí posponer mis estudios en el extranjero durante un año.

    Durante ese año en que “sacrifiqué” mis estudios en Inglaterra, recibí una bendición maravillosa. Un día, mientras pasaba frente al tablero de anuncios de la capilla, vi el anuncio de que el Departamento de Traducciones de la Iglesia buscaba los servicios de un supervisor de chino. Sentí cómo el Espíritu Santo me instaba a solicitar el puesto, pero me resistí. El año casi había terminado y ya era hora de partir hacia Inglaterra; no obstante, el Espíritu me animó, sometí la solicitud y me contrataron. Para mí, trabajar como supervisora de idiomas para la Iglesia no es un trabajo, sino un privilegio y una bendición. Jamás habría podido recibir esa bendición si no hubiera estado dispuesta a abandonar mi sueño de estudiar en Inglaterra.

    ¿Nos aferramos a veces a nuestro grano de trigo sin estar dispuestos a compartirlo, y termina siendo un solo grano de trigo? ¿O confiamos en que al plantarlo y cultivarlo, ese grano dará fruto? El desprenderse de amigos, de posesiones o de sueños puede ser una gran prueba, pero yo he aprendido que, con fe en el plan que Dios tiene para nosotros, con confianza podemos plantar nuestro grano de trigo, teniendo fe en la abundancia de la cosecha futura.

    Cassandra Lin Tsai pertenece al Barrio Taipei 2, Estaca Taipei Centro, Taiwán.