2017
La travesía de Jane
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La travesía de Jane

La autora vive en Texas, EE. UU.

Nueva York, EE. UU., 1843

Liahona Magazine, 2017/10 Oct

Jane Manning observó la embarcación que se alejaba del puerto hacia el lago Erie. Sintió que sus sueños se alejaban junto con ella.

Apenas un año antes, Jane se había unido a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y había decidido mudarse para estar con los demás Santos en Nauvoo. Su madre y otros siete miembros de la familia habían viajado con ella por el canal de Erie hasta Buffalo, Nueva York. Sin embargo, en Buffalo no les permitieron abordar la embarcación debido al color de su piel.

“¿Ahora qué hacemos?”, preguntó su hermano Isaac en voz baja.

La pregunta resonó en el aire helado. Nauvoo estaba a otros 1.287 kilómetros de distancia. Podían darse por vencidos y regresar a casa, o tratar de viajar más tarde…

¡Pero Jane no podía esperar! Ella sabía que el Libro de Mormón era verdadero y que Dios nuevamente hablaba por medio de profetas. Debía llegar a Nauvoo con su familia.

Jane adoptó una postura firme y miró hacia el oeste. “Caminamos”.

Y ciertamente caminaron; hasta que se les gastaron los zapatos; hasta que sus pies se agrietaron y sangraron, y ellos tuvieron que orar para que se sanaran. A veces dormían al aire libre, y la escarcha era tan densa que parecía nieve. Algunas personas amenazaron con enviarlos a la cárcel, pensando que eran esclavos que se habían escapado. No sabían que los Manning eran una familia negra libre. Siguieron caminando, cantando himnos para pasar el tiempo.

Estaban acercándose a Nauvoo cuando llegaron a un río.

“No hay puente”, dijo Isaac.

Jane asintió. “Tendremos que atravesarlo, entonces”. Cuando se metió al río, el agua le llegó a los tobillos. Avanzó poco a poco, muy lentamente. El agua subió hasta sus rodillas y luego por encima de la cintura. Para cuando llegó a la mitad del riachuelo, ¡el agua le llegaba al cuello! Por suerte, el río no era más profundo, y todos los Manning lo cruzaron a salvo.

Finalmente llegaron a Nauvoo. Jane vio las hermosas paredes de piedra caliza del Templo de Nauvoo sobre un monte que daba al valle. Aunque aún no estaba terminado, la dejó sin aliento. Alguien los condujo hasta la casa donde vivía el profeta José.

Una mujer alta y de cabello oscuro estaba de pie en la puerta. “¡Adelante, adelante!”, exclamó. “Soy Emma Smith”.

Los siguientes minutos fueron borrosos. Jane conoció al Profeta, y él colocó sillas en la habitación para todos los Manning. Llena de gratitud, Jane se dejó caer sobre una silla y escuchó cómo José los presentó a todos los ahí presentes, entre ellos a su amigo, el Dr. Bernhisel. Entonces José se dirigió a Jane: “Has sido la cabecilla de esta pequeña banda, ¿verdad?”, preguntó.

“¡Sí, señor!”, contestó Jane.

José sonrió. “¡Que Dios te bendiga! Ahora me gustaría escuchar cómo fue su viaje”.

Jane habló de cuando se les lastimaron los pies, durmieron en la nieve y cruzaron el río. Todos escuchaban en silencio. “Pero no fue terrible”, concluyó. “Íbamos regocijándonos, cantando himnos y dando gracias a Dios por Su infinita bondad y misericordia por nosotros al bendecirnos, protegernos y sanar nuestros pies”.

Hubo silencio por un momento. “¿Qué piensa de eso, doctor?”, dijo finalmente José, dándole un golpecito en la rodilla. “¿No es eso fe?”.

“Si hubiera estado en su lugar, ¡temo que habría desistido y regresado a mi casa!”, admitió el Dr. Bernhisel.

José asintió y se dirigió a Jane y a su familia: “Que Dios los bendiga. Están entre amigos”.