2015
    La manera en que la historia familiar nos cambia el corazón y la mente
    Notas al pie de página
    Tema

    La manera en que la historia familiar nos cambia el corazón y la mente

    La búsqueda de datos de nuestra historia familiar y el proporcionar las ordenanzas del templo para nuestros antepasados nos permite ver la inmensidad del plan de Dios, pero al mismo tiempo lo personal del mismo.

    Genealogy and family history

    Durante muchos años, cada vez que asistía al templo, pensaba en mi tatarabuela Hannah Mariah Eagles Harris (1817–1888), pero no porque tuviera que llevar a cabo la obra vicaria del templo por ella.

    Mariah (como prefería que la llamaran), es una de las razones por las que mi familia está en la Iglesia. Ella se bautizó en 1840 en Inglaterra, recibió la investidura en Nauvoo, Illinois, se selló a su esposo en Winter Quarters, Nebraska, y falleció en Utah. Al pensar en ella mientras me encontraba en el templo, no pensaba en la necesidad de efectuar sus ordenanzas, sino en cómo esas ordenanzas nos unían a ambas a través del tiempo y del espacio.

    Cuando yo era niña, viví en el mismo pueblo en el que ella vivió y, con el tiempo, visité Winter Quarters, Nauvoo, y la pequeña comunidad inglesa donde ella nació. Me quedé sorprendida al ver las enormes distancias que ella había viajado, así como las marcadas diferencias que existían entre su vida y la mía.

    Sin embargo, a pesar del lapso de tiempo, espacio y circunstancias que nos separan, me siento conectada a mi tatarabuela mediante el convenio del sellamiento y al conocer su vida. Esa conexión esclarece las razones que hay detrás de la obra de historia familiar, desde un punto específico, y de la adoración en el templo, de modo más general.

    El participar en la investigación de historia familiar nos enseña la inmensidad y la magnitud de la creación de Dios, y recalca el alcance individual y misericordioso de la expiación de Cristo.

    Un amor más grande mediante la historia familiar

    El Señor ha enseñado que aunque los mundos que Él ha creado para Sus hijos son “incontables para el hombre… para mí todas las cosas están contadas, porque son mías y las conozco” (Moisés 1:35). La obra de historia familiar y la obra del templo nos brindan la oportunidad de unirnos a la obra de salvación de Jesucristo1. El hacerlo, nos sirve para aprender a amar a nuestras familias, vecinos y a quienes conocemos, y ser misericordiosos hacia ellos, ya que todos son nuestros hermanos y hermanas2.

    Al recordar a nuestros propios antepasados, reconocemos el alcance del plan y de la creación de nuestro Padre Celestial. El Señor creó un lugar en el que pudiésemos ser probados y tener fe, pero debido a que muy pocas personas tienen la oportunidad de recibir la plenitud de los convenios de Dios mientras están en la Tierra, la misericordia de la obra vicaria nos recuerda que el Señor ama a todos Sus hijos y ha proporcionado la manera para que todos puedan elegir aceptar las bendiciones plenas del Evangelio, independientemente de sus circunstancias en la vida mortal (véase 2 Nefi 26:20–28, 32–33).

    Además, el aprender sobre la vida de nuestros antepasados puede servir para recordarnos que no todo en la vida resultará fácil, que habrá desengaños e injusticias en este mundo caído. No obstante, el aprender sobre la vida de ellos y el llevar a cabo ordenanzas por ellos también puede recordarnos que nadie está fuera del alcance del amor de Dios (véase Romanos 8:38–39).

    Esa verdad infundió ánimo a mi abuela Mariah cuando la oyó por primera vez en un sermón. En el período de 1840 a 1841, durante la primera ola de bautismos vicarios que se efectuaron en el río Misisipí y en el parcialmente terminado Templo de Nauvoo, ella aprovechó la oportunidad para bautizarse por su hermana fallecida, que había muerto antes de que los misioneros llegaran a Inglaterra3. A pesar de que nunca conocí a Mariah, comparto con ella el amor que se siente por nuestros hermanos en la familia y el conocimiento de que ese amor puede perdurar más allá de la muerte gracias a las ordenanzas del templo. El compartir ese conocimiento con ella también me inspira amor por ella.

    Go with Me to Cumorah

    No es de extrañar que la emoción estuviera a punto de dominar al profeta José Smith debido a la bella y misericordiosa doctrina de salvación por los muertos, la cual describió como “el más glorioso de todos los [temas] que pertenecen al evangelio sempiterno” (D. y C. 128:17): “¡Griten de gozo las montañas, y todos vosotros, valles, clamad en voz alta; y todos vosotros, mares y tierra seca, proclamad las maravillas de vuestro Rey Eterno! ¡Ríos, arroyos y riachuelos, corred con alegría! ¡Alaben al Señor los bosques y todos los árboles del campo; y vosotras, rocas sólidas, llorad de gozo! ¡Canten en unión el sol, la luna y las estrellas del alba, y den voces de alegría todos los hijos de Dios! ¡Declaren para siempre jamás su nombre las creaciones eternas!” (D. y C. 128:23)4.

    Al igual que Mariah, quien fue con entusiasmo a que la bautizaran por su hermana, otros de los primeros santos sentían el mismo regocijo. Uno de esos primeros santos, Sally Carlisle, escribió: “Qué glorioso es el creer y… ahora poder ser bautizados por todos nuestros amigos fallecidos y salvarlos remontándonos hasta donde nos sea posible adquirir cualquier conocimiento de ellos”5.

    Por todos, y por cada persona individual

    Como lo demuestran estos ejemplos, las necesidades de cada persona dan equilibrio a la inmensidad de la historia familiar. Aprendemos no sólo acerca de la magnitud del amor del Señor, sino también de su profundidad, ya que Él se preocupa por la persona de forma individual. El Señor, que ve el pajarillo que cae a tierra y que busca la oveja perdida de las cien que tenía (véanse Mateo 10:29; Lucas 15:4), no nos redime en masa, sino uno a uno, al igual que ministró a la gente durante Su ministerio terrenal, y así como bendijo a la gente que se había congregado en el templo en Abundancia (véase 3 Nefi 17).

    De igual manera, el Señor enseñó a los primeros santos una norma meticulosa de llevar registros de la obra vicaria que se efectúa por cada persona (véase D. y C. 128:1–5, 24); por lo tanto, llevamos a cabo una labor detallada para identificar a los antepasados individualmente, no sólo catálogos de nombres. Mediante esta obra, captamos un destello de la misericordia de Dios, de Su compasión y del valor de cada alma.

    Además, el conocer las historias de la vida de nuestros antepasados nos ayuda a amarlos, sin importar sus fallas ni sus debilidades. Al conocer la forma en que las vicisitudes de la vida moldearon las decisiones de nuestros antepasados, sentimos compasión por ellos. Ese proceso debería perfeccionar nuestra habilidad para cultivar la misma clase de amor por las personas que viven, tanto las de nuestra familia como por todos los hijos de Dios. El sentir de manera más convincente que todas las personas son hijos de padres celestiales, incluso la mayoría de las que vinieron a la Tierra sin tener la oportunidad de recibir los convenios y las ordenanzas, nos permite apreciar que la vida es una prueba de fe y de entereza para todos los seres que han vivido, “de acuerdo con la manera en que empleen la luz que [Dios] les da”6.

    La influencia purificadora de la obra de historia familiar puede aumentar nuestra propia capacidad de amar. Si llegamos a amar a personas que murieron hace mucho tiempo, que vivieron de manera tan diferente a la nuestra, entonces ¿no llegaremos a reconocer cuán amoroso y misericordioso es Dios con nosotros? ¿Y no podremos entonces amar a nuestra familia y vecinos, y ser compasivos ante sus faltas?

    How Family History Changes Our Hearts and Minds

    Cuando otras personas ven la única fotografía que existe de mi abuela Mariah, con frecuencia comentan que su apariencia les parece triste o desagradable; y yo inmediatamente la defiendo, porque la conozco. Conozco a la persona que caminó a lo largo de la ribera del río Severn cuando era niña y cuando era una madre con hijos pequeños; conozco a la persona que zarpó para cruzar el océano y que durante el trayecto dio a luz a su cuarto hijo; conozco a la persona que envió a su esposo a la guerra y que perdió a un bebé durante su ausencia; conozco a la persona que caminó mil seiscientos kilómetros para llegar a un nuevo hogar en el desierto del oeste de los Estados Unidos; conozco a la persona que trabajó, que hizo convenios, que labró la tierra y que amó. Al conocerla a ella, percibo, en parte, el amor de nuestros padres celestiales por ella y por cada uno de Sus hijos.

    Historia familiar: La magnitud y el alcance misericordioso

    El objetivo de la historia familiar no es usar la computadora, ni leer manuscritos antiguos ni tomar apuntes y citas detallados; ésas son herramientas o funciones de la historia familiar, pero no son el objetivo de la misma; ni tampoco captan la importancia de por qué los Santos de los Últimos Días buscan los datos de sus antepasados. La historia familiar, básicamente, nos enseña la magnitud de la creación y de la redención, y al mismo tiempo nos recuerda el alcance individual y misericordioso de la expiación de Cristo.

    El buscar los datos de nuestros antepasados puede tener un efecto similar en nuestro corazón y en nuestra mente al darnos cuenta de que todas esas personas —“incontables como las arenas sobre la playa del mar” (Moisés 1:28)— son hijos de padres celestiales a quienes Ellos aman y conocen. No es de extrañar que José describiera la entrada al reino celestial como el pasar por una puerta de “incomparable belleza” (D. y C. 137:2), porque ¿qué podría ser más incomparablemente bello que el ser salvos con aquellos a quienes conocemos y amamos y que, al igual que nosotros, también han sido redimidos por el grandioso y personal amor de Dios? Espero con gran entusiasmo encontrarme con la abuela Mariah ante esa puerta.