Sentirse “suficientemente bueno”: tres formas de superar la imagen negativa de nosotros mismos
    Notas al pie de página

    Jóvenes adultos

    Sentirse “suficientemente bueno”: Tres maneras en que los jóvenes adultos pueden superar los sentimientos de una imagen negativa de sí mismos.

    El autor vive en Utah, EE. UU.

    La depresión y la ansiedad me llevaron a tener mala salud física y una imagen de mí mismo aun peor; pero tres cosas me ayudaron a amarme de nuevo.

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    “No eres suficientemente bueno”.

    Esas palabras cuelgan en una pared del sótano de mi casa, en un cuarto pequeño donde hago ejercicio. Cuando los pensamientos negativos invaden mi mente, los escribo y los cuelgo en un tablero. Es un recordatorio de las batallas que he afrontado y del antiguo yo que estoy dejando atrás.

    Durante mucho tiempo me dije a mí mismo que no era suficientemente bueno. Me sentía abrumado por la depresión y la ansiedad, lo cual derivó en mala salud física. Me estaba hundiendo. Me sentía inútil, desesperado. Creía que no era digno del amor de Dios ni de ninguna otra persona.

    Es probable que muchos de nosotros, jóvenes adultos, pasemos por momentos en los que sintamos que no somos suficientemente buenos, ya sea que esto tenga que ver con nuestra conducta, talentos o, en mi caso, la imagen que tenía de mí mismo. Hace poco asumí el desafío de abrir y desempolvar las páginas más ocultas de mi propio libro de la vida. Durante esa exploración encontré algunas cosas que habían contribuido a la imagen personal negativa que había abrazado durante tanto tiempo, pero también descubrí estas tres maneras de superarlas.

    1. Eliminar las comparaciones.

    Una vez leí una cita de Theodore Roosevelt que decía: “Las comparaciones nos roban el gozo”. En un mundo en el que todos comparten libremente sus experiencias en las redes sociales, yo me sentía constantemente compelido por las comparaciones irreales con mis amigos, familiares y figuras sociales prominentes. Comparaba mis defectos más profundos con los mayores logros de otra persona y, con frecuencia, me sentía deficiente. En ese momento de autorreflexión negativa, me di cuenta de que necesitaba cambiar mi actitud.

    Tomé un descanso de todas las redes sociales y empecé a esforzarme en mi positivismo personal y en ver lo mejor en los demás. En poco tiempo, mis pensamientos empezaron a cambiar. Dejé rápidamente de comparar mis aspectos negativos con los aspectos positivos de los demás, lo que antes hacía tan a menudo. ¡Lo cierto es que empecé a celebrar los éxitos de los demás en secreto! Eso hizo que desapareciera casi de manera instantánea el muro de orgullo y celos que había edificado con el tiempo. A eso le siguió una mente clara y la capacidad de ver las cosas con una perspectiva eterna.

    2. Alinearnos con la voluntad de Dios.

    A veces nuestra experiencia en la tierra se ve eclipsada por la opresiva comprensión de que somos seres mortales imperfectos. Con el tiempo, la manera negativa de verme a mí mismo y mi cuerpo consumió las demás facetas de mi vida. Cuando sentía crecer el peso de mis imperfecciones, adoptaba conductas destructivas en vez de acudir al Señor. Esos comportamientos crearon un sentimiento de imperfección que a veces era tan abrumador que sentía que no valía la pena vivir. Al final, no me quedaba nada a lo que recurrir salvo al Señor. Por medio de la humildad y el arrepentimiento, me esforcé por ser más constante en leer las palabras de los profetas con un propósito y en orar para percibir mi entorno con ojos celestiales.

    Ninguna prueba es demasiado grande cuando nos volvemos al Señor y aceptamos Su voluntad sin importar el resultado. Al contrario, las pruebas suelen volverse insoportables cuando tratamos de imponer nuestra voluntad a la Suya. Al aceptar Su voluntad, hallé un nivel más elevado de claridad y empecé a apreciar la persona que era en vez de vivir sintiéndome constantemente deficiente.

    3. Cultivar un amor perfecto.

    En Moroni 8:16 se nos dice que “el amor perfecto desecha todo temor”. El amor perfecto es el arma más poderosa que podemos esgrimir cuando nos miramos en el espejo y comprendemos el valor eterno que tenemos tanto nosotros como todos los demás a nuestro alrededor. Consiste en vernos como realmente somos en vez de poner nuestras debilidades bajo la lupa. No depende de nuestra apariencia externa. Consiste en perdonar los errores del pasado, tanto los nuestros como los de otras personas, y avanzar con la mira puesta en la luz de la gloria eterna.

    Aprendí que no me basta con intentar amar, sino que debo dejar que el amor me consuma y llegue a ser parte de lo que soy. Entre las paredes del amor perfecto encontramos la verdadera naturaleza de Dios —y, por extensión, nuestra propia naturaleza divina—, así como la senda que Él ha creado para nosotros.

    Mi trayecto hacia una mejor salud mental, física y espiritual ha fortalecido mi fe en el tiempo de Dios y en el amor eterno que siente por mí. A veces me sentía muy desanimado, pero cuando dejaba de compararme con los demás, adoptaba la voluntad de Dios y aprendía a amarme de verdad, la imagen de mi destino eterno se tornaba clara y hallaba paz. El amor de Dios es infinitamente poderoso. Cuando aminoramos la marcha y dedicamos tiempo a descubrirlo, Él nos ayuda a ver que somos suficientemente buenos, aun en los momentos de mayor debilidad.