El cuerpo: Un don magnífico que debemos apreciar
    Notas al pie de página

    El cuerpo: Un don magnífico que debemos apreciar

    Su cuerpo es una magnífica creación de Dios.

    teen with intricate body workings

    Ilustraciones por Scotty Reifsnyder.

    Cuanto más vivo, más conocimiento adquiero, lo cual me ayuda a entender que el don del cuerpo físico es un milagro trascendental. Cada uno de nosotros recibe de nuestro amoroso Padre Celestial un cuerpo único. Él lo creó como un tabernáculo para nuestro espíritu a fin de ayudarnos en nuestro empeño por cumplir con la plena medida de nuestra creación. El cuerpo nos permite vivir el gran Plan de Salvación que Él diseñó para todos Sus hijos preciados, pues desea que algún día lleguemos a ser más como Él y que volvamos a vivir con Él. Esa gran bendición no sería posible sin que primero recibiéramos un cuerpo físico en este período de probación.

    Dios, el Padre de nuestros espíritus1, tiene un cuerpo glorificado, perfecto, de carne y huesos2. Antes de nacer, vivimos con Él en los cielos3, y cuando nos creó físicamente, fuimos creados a Su imagen, cada uno con su propio cuerpo mortal4.

    Formamos parte de Su propósito divino. “Esta es mi obra y mi gloria”, dijo Él, “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”5.

    Somos seres duales

    Cada alma está compuesta de un cuerpo y un espíritu6; ambos provienen de Dios. Un entendimiento correcto del cuerpo y el espíritu dará forma a nuestros pensamientos y actos para hacer el bien.

    Antes de nuestra existencia terrenal, cada hijo e hija procreado como espíritu vivía con Dios. El espíritu es eterno; existía en inocencia en el reino preterrenal7 y existirá después de que muera el cuerpo8. El espíritu brinda animación y personalidad al cuerpo9. “Todo espíritu es materia, pero es más refinado o puro”10.

    El desarrollo del espíritu tiene una importancia eterna. Los atributos por los cuales seremos juzgados un día son los del espíritu11; entre ellos se incluyen la virtud, la integridad, la compasión, el amor y más12. Su espíritu, alojado en su cuerpo, puede desarrollar y manifestar esos atributos de maneras que son vitales para su progreso eterno13.

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    El espíritu y el cuerpo, al juntarse, se convierten en un alma viviente de valor supremo. “El espíritu y el cuerpo son el alma del hombre”14; ambos tienen gran importancia. El cuerpo físico es una magnífica creación de Dios. Es Su templo, así como el de ustedes, y deben tratarlo con reverencia. En las Escrituras leemos:

    “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el que tenéis de Dios, y que no sois vuestros?

    “Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”15.

    El cuerpo, cualesquiera que sean sus dones naturales, es una magnífica creación de Dios. Es un tabernáculo de carne, un templo para el espíritu. Un estudio del cuerpo atestigua su designio divino.

    El cuerpo es un don magnífico

    La maravilla del cuerpo físico suele pasarse por alto o no apreciarse. ¿Quién no ha tenido sentimientos de baja autoestima a causa de su físico o su apariencia? Muchos desean sentirse más a gusto con su cuerpo. Algunos que tienen el cabello naturalmente liso lo quieren rizado. Otros que nacen con el cabello rizado lo quieren liso.

    Mediten en la magnificencia de lo que ven cuando se miran en el espejo. No presten atención a las pecas, al cabello rebelde o a los defectos, y miren más allá hasta ver su verdadero yo: un hijo de Dios creado por Él a Su imagen.

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    Cuando canten “Soy un hijo de Dios”16, piensen en el don del cuerpo físico que Él les ha dado. Los numerosos atributos admirables de su cuerpo atestiguan su propia “naturaleza divina”17.

    Cada órgano del cuerpo es un don maravilloso de Dios. Cada ojo tiene un lente que se autoenfoca. Hay nervios y músculos que controlan ambos ojos para crear una imagen tridimensional. Los ojos están conectados al cerebro, que registra lo que se ve.

    El corazón es una bomba increíble18. Tiene cuatro válvulas delicadas que controlan la dirección del flujo sanguíneo. Estas válvulas se abren y se cierran más de 100 000 veces al día, 36 millones de veces al año. Aun así, a menos que les afecte una enfermedad, son capaces de soportar esa tensión casi indefinidamente.

    Piensen en el sistema inmunológico del cuerpo. Para protegerlo de sufrir daños, percibe el dolor. En respuesta a la infección, genera anticuerpos. La piel brinda protección; detecta el daño que podrían ocasionarle el calor o el frío excesivos.

    El cuerpo renueva sus propias células obsoletas. Cicatriza las laceraciones, los moretones y los huesos fracturados. Su capacidad para reproducirse es otro don sagrado de Dios.

    El cuerpo regula constantemente los niveles de innumerables elementos, como la sal, el agua, el azúcar, las proteínas, el oxígeno y el dióxido de carbono. Los controles reguladores se gobiernan sin que seamos conscientes de esas asombrosas realidades.

    Pero no olviden que no se requiere un cuerpo perfecto para alcanzar un destino divino; de hecho, algunos de los espíritus más dulces se alojan en cuerpos frágiles. A menudo, las personas que tienen dificultades físicas desarrollan una gran fortaleza espiritual, precisamente por el desafío que afrontan. Tales personas tienen derecho a todas las bendiciones que Dios tiene reservadas para Sus hijos fieles y obedientes19.

    Cada vida terrenal culmina en la muerte. Finalmente, vendrá el tiempo cuando cada “espíritu y… cuerpo serán reunidos… en su perfecta forma; los miembros así como las coyunturas serán restaurados a su propia forma”20. Entonces, gracias a Jesucristo y Su expiación, podremos llegar a ser perfectos en Él21. Cualquiera que estudia las funciones del cuerpo humano ciertamente ha “visto a Dios obrando en su majestad y poder”22.

    El espíritu debe estar al mando del cuerpo

    A pesar de lo grandioso que es el cuerpo, su propósito principal, como se dijo antes, es mucho mayor: servir de morada de nuestro espíritu eterno.

    El espíritu recibió un cuerpo y llegó a ser un alma viviente para pasar por la vida terrenal y las pruebas y desafíos que esta conlleva. Parte de esa prueba consiste en determinar si el espíritu puede llegar a dominar los apetitos del cuerpo en el que mora.

    Cuando comprendamos nuestra naturaleza y nuestro propósito en la tierra, y que nuestro cuerpo es un templo físico de Dios, nos daremos cuenta de que es un sacrilegio dejar que entre en él cualquier cosa que pueda profanarlo. Es muy irreverente permitir que sentidos como la vista, el oído o el tacto le suministren al cerebro recuerdos impuros o indignos. Apreciaremos nuestra castidad y evitaremos las “codicias necias y dañinas, que [nos] hunden… en perdición y muerte”23. Huiremos “de estas cosas, y [seguiremos] la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre”24, cualidades que edifican el alma.

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    El Señor ha prohibido sustancias como el alcohol, el tabaco o las drogas perjudiciales. De igual modo, se nos ha advertido contra los males de la pornografía y los pensamientos impuros. El apetito por esas fuerzas degradantes puede llegar a ser adictivo. Con el tiempo, las adicciones físicas o mentales esclavizan al cuerpo y a la mente. El arrepentimiento de esas cadenas debe lograrse en esta vida mientras aún se cuenta con la ayuda del cuerpo físico a fin de lograr el autodominio.

    Nuestro Creador puso apetitos en nuestro cuerpo para perpetuar el género humano y cumplir con Su gran plan de felicidad. Por eso sentimos necesidad de alimento, bebida y amor.

    Satanás conoce el poder de nuestros apetitos, por lo que nos tienta a que comamos lo que no debemos comer, a que bebamos lo que no debemos beber y a que profanemos las expresiones más íntimas del amor haciendo uso de ellas fuera de los límites del matrimonio.

    Cuando verdaderamente conocemos nuestra naturaleza divina, queremos controlar esos apetitos y centramos la vista en imágenes, el oído en sonidos y la mente en pensamientos que dan fe de nuestra creación física como templos de Dios. En nuestras oraciones diarias reconocemos a Dios con agradecimiento como nuestro Creador y le damos gracias por la magnificencia de nuestro templo físico. Cuidamos del cuerpo y lo apreciamos como un don personal de Dios.

    Seguir al Salvador

    Emulen al Salvador para alcanzar su destino más elevado. Él proclamó: “¿qué clase de hombres habéis de ser?… aun como yo soy”25. Nuestra esperanza más elevada es crecer en el espíritu y lograr “la estatura de la plenitud de Cristo”26.

    Recuerden que no hay época de esta vida libre de tentaciones, pruebas o tormentos, ya sean espirituales o físicos. Sin embargo, al desarrollar autodominio con espíritu de oración, los deseos de la carne pueden quedar sujetos al control espiritual. Un vez logrado esto, pueden tener la fuerza para someterse a la voluntad de nuestro Padre Celestial. Recuerden lo que dijo Jesús: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”27.

    Cuando pasen por pruebas difíciles —y pasarán por ellas—, recuerden esta gloriosa promesa del Salvador: “Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono”28.

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    Ruego que siempre sintamos gratitud por la increíble bendición de un magnífico cuerpo físico: la creación suprema de nuestro amoroso Padre Celestial. A pesar de lo magnífico que sea el cuerpo, no es un fin en sí mismo; es una parte esencial del gran plan de felicidad de Dios para nuestro progreso eterno. Si lo honramos tal como ha ordenado Dios, nos mantendremos en ese “estrecho y angosto camino que conduce a la vida eterna”29.

    Jesucristo es nuestro gran ejemplo. Declaro, como testigo especial Suyo, que Él es el Hijo de Dios. Él “es la vida y la luz del mundo”30.

    Somos hijos e hijas del Dios Todopoderoso. Él es nuestro Padre; nosotros somos Sus hijos. Nuestra herencia divina es la magnificencia del género humano; es sagrada. Nuestro potencial es ilimitado. Ruego que siempre honremos Sus dones y ese legado en todo lo que hagamos y digamos.