2010–2019
La cercana bondad de Dios
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La cercana bondad de Dios

Aun mientras esperamos pacientemente en el Señor, hay ciertas bendiciones que nos llegan de inmediato.

Hace algunos años, nuestro hijo de cinco años vino y me dijo: “Papá, descubrí algo. Descubrí que lo que para ti es pronto, para mí es mucho tiempo”.

Cuando el Señor o Sus siervos dicen cosas como “de aquí a poco tiempo” o “no está muy lejos el día”, literalmente puede significar toda una vida o más1. Su tiempo, y con frecuencia Su momento para las cosas, es diferente al nuestro. La paciencia es clave; sin ella, no podemos cultivar ni demostrar fe en Dios para vida y salvación. Pero mi mensaje hoy es que, aun mientras esperamos pacientemente en el Señor, hay ciertas bendiciones que nos llegan de inmediato.

Cuando Alma y su pueblo fueron capturados por los lamanitas, oraron para ser liberados. No se los liberó de inmediato, pero mientras esperaban pacientemente su liberación, el Señor mostró Su bondad por medio de ciertas bendiciones inmediatas. Ablandó de inmediato el corazón de los lamanitas para que no los mataran. También fortaleció al pueblo de Alma y alivió sus cargas2. Cuando finalmente fueron liberados, viajaron a Zarahemla, donde relataron su experiencia a una audiencia sorprendida. La gente en Zarahemla se maravilló y, “cuando pensaron en la cercana bondad de Dios y su poder para libertar a Alma y sus hermanos de la… servidumbre, alzaron la voz y dieron gracias a Dios”3.

La cercana bondad de Dios viene a todos los que lo invocan a Él con verdadera intención y con íntegro propósito de corazón. Eso incluye a quienes claman con sincera desesperación, cuando la liberación parece muy distante y el sufrimiento se prolonga e incluso se intensifica.

Así sucedió con un joven profeta que sufrió casi hasta la muerte en el húmedo y oscuro calabozo antes de clamar finalmente: “Oh Dios, ¿en dónde estás?… ¿Hasta cuándo se detendrá tu mano…? Sí, oh Señor, ¿hasta cuándo…?”4. Como respuesta, el Señor no liberó de inmediato a José, pero sí le brindó paz de inmediato5.

Dios también da esperanza inmediata de una liberación futura6. Sin importar qué, sin importar dónde, en Cristo y por medio de Cristo siempre hay esperanza sonriendo radiante frente a nosotros7. Directamente frente a nosotros.

Es más, Él ha prometido: “… no se quitará de ti mi bondad8.

Por sobre todo, el amor de Dios es inmediato. Junto con Pablo, testifico que nada puede “[apartarnos] del amor de Dios, que es en Cristo Jesús”9. Incluso nuestros pecados, aunque nos separen de Su Espíritu durante un tiempo, no pueden separarnos de la constancia e inmediatez de Su divino amor paternal.

Estas son algunas formas y medios en que “él [nos] bendice inmediatamente”10. Ahora, para hacer esos principios más actuales y cercanos, compartiré las experiencias de dos personas cuyas vidas son un testimonio de la cercana bondad de Dios.

Desde que era una joven adolescente, Emilie luchó con el abuso de sustancias. La experimentación llevó al hábito, y el hábito finalmente resultó en una adicción que la mantuvo cautiva durante años, a pesar de períodos ocasionales de bienestar. Emilie ocultó con cuidado su problema, especialmente después de convertirse en esposa y madre.

El comienzo de su liberación no se sintió como una liberación en absoluto. Un minuto le estaban haciendo a Emilie un examen médico de rutina y, al minuto siguiente, la llevaban en ambulancia a un centro de hospitalización. Comenzó a entrar en pánico al pensar en que podrían separarla de sus hijos, su esposo, su hogar.

Esa noche, sola en una habitación fría y oscura, Emilie se acurrucó en la cama y sollozó. Su capacidad de razonamiento disminuyó hasta que, finalmente, abrumada por la ansiedad, el miedo y la oscuridad opresiva en la habitación y en el alma, Emilie realmente pensó que moriría esa noche; sola.

En esa situación desesperada, Emilie, de alguna manera, reunió las fuerzas para rodar fuera de la cama y ponerse de rodillas. Sin ningún tipo de fingimiento, que había sido parte de oraciones anteriores, Emilie se rindió por completo al Señor y suplicó desesperadamente: “Querido Dios, Te necesito. Ayúdame, por favor. No quiero estar sola. Por favor, ayúdame a pasar esta noche”.

De inmediato, como lo había hecho con Pedro en la antigüedad, Jesús extendió Su mano y atrapó el alma de ella, que se hundía11. A Emilie le sobrevino una calma, valor, seguridad y amor asombrosos. La habitación ya no estaba fría, sabía que no estaba sola y, por primera vez desde que tenía catorce años, Emilie supo que todo estaría bien. Al “despertar en cuanto a Dios”12, Emilie se quedó dormida en paz. Y así vemos que “si os arrepentís y no endurecéis vuestros corazones, inmediatamente obrará para vosotros el gran plan de redención”13.

La sanación y la liberación final de Emilie tomaron mucho tiempo; meses de tratamiento, capacitación y terapia, durante los cuales fue sostenida y, algunas veces llevada en brazos, por Su bondad. Y Su bondad continuó con ella cuando entró al templo con su esposo y sus dos hijos para sellarse para siempre. Al igual que el pueblo de Zarahemla, Emilie ahora da gracias al reflexionar sobre la cercana bondad de Dios y Su poder para liberarla del cautiverio.

Ahora, de la vida de otra valiente creyente. El 27 de diciembre de 2013, Alicia Schroeder recibió con alegría a sus queridos amigos, Sean y Sharla Chilcote, quienes aparecieron inesperadamente a su puerta. Sean, que también era el obispo de Alicia, le entregó su teléfono celular y dijo con aire de gravedad: “Alicia, te amamos. Debes responder esta llamada”.

El esposo de Alicia, Mario, estaba al teléfono. Estaba en una zona remota con algunos de sus hijos en un viaje largamente esperado para andar en motonieve. Había sucedido un terrible accidente. Mario estaba gravemente herido y Kaleb, su hijo de diez años, había muerto. Cuando Mario le contó sollozando a Alicia sobre la muerte de Kaleb, la invadió una conmoción y un horror que pocos de nosotros jamás conoceremos. Eso hizo que cayera al suelo. Paralizada por una terrible angustia, Alicia no podía hablar ni moverse.

El obispo Chilcote y su esposa la levantaron con rapidez y la sostuvieron. Juntos lloraron y lamentaron profundamente la pérdida. Luego, el obispo Chilcote ofreció darle una bendición a Alicia.

Lo que sucedió a continuación es incomprensible sin un entendimiento de la expiación de Jesucristo y de la cercana bondad de Dios. El obispo Chilcote colocó suavemente las manos sobre la cabeza de Alicia y, con voz temblorosa, comenzó a hablar. Alicia escuchó dos cosas como si las hubiera dicho Dios mismo. Primero, escuchó su nombre, Alicia Susan Schroeder. Luego, escuchó al obispo invocar la autoridad de Dios Todopoderoso. En ese instante, ante la simple mención de su nombre y del poder de Dios, a Alicia la embargaron una paz y un amor, un consuelo y, de alguna manera, un gozo indescriptibles. Y ha continuado sintiéndolos.

Por supuesto, Alicia, Mario y su familia continúan sintiendo dolor por la pérdida de Kaleb y lo extrañan. ¡Es muy difícil! Cuando hablo con ella, los ojos de Alicia se llenan de lágrimas al contarme lo mucho que ama y extraña a su hijo. Y sus ojos continúan húmedos al decirme cómo el Gran Libertador la ha sostenido en cada paso de su dura experiencia, comenzando con Su cercana bondad en su momento de mayor desesperación y continuando ahora, con la brillante esperanza de un dulce reencuentro “de aquí a poco tiempo”.

Soy consciente de que las experiencias de la vida a veces traen turbulencia y confusión que pueden dificultar el recibir o el reconocer el tipo de alivio que recibieron Emilie y Alicia. He pasado por esos momentos. Testifico que, en esos momentos, nuestra simple preservación es una manifestación tierna y poderosa de la cercana bondad de Dios. Recuerden, el antiguo Israel fue finalmente liberado “por el mismo Dios que los había preservado”14 día tras día.

Doy testimonio de que Jesucristo es el Gran Libertador y, en Su nombre, les prometo que, cuando se vuelvan a Él con verdadera intención e íntegro propósito de corazón, Él los librará de todo lo que amenace con disminuir o destruir su vida o su alegría. Esa liberación puede demorar más de lo que a ustedes les gustaría, tal vez toda una vida o más. Por eso, para brindarles consuelo, valor y esperanza; para sostenerlos y fortalecerlos hasta ese día de liberación final, les encomiendo y les testifico de la cercana bondad de Dios, en el nombre de Jesucristo. Amén.