2010–2019
Deleitarse en las palabras de Cristo
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Deleitarse en las palabras de Cristo

Deleitarse en las palabras de Cristo puede suceder en cualquier momento y en cualquier ocasión si preparamos nuestro corazón.

Nuestro Padre Celestial nos ama. Él ha proporcionado un plan perfecto para que disfrutemos de Sus bendiciones. En esta vida se nos invita a venir a Cristo y recibir el evangelio restaurado de Jesucristo por medio del bautismo, la recepción del Espíritu Santo y vivir fielmente el Evangelio. Nefi describe nuestro compromiso de ser bautizados como si entráramos en una “estrecha y angosta senda”, y nos recuerda que debemos “seguir adelante con firmeza en Cristo… deleitándo[n]os en la palabra de Cristo, y persever[ando] hasta el fin” para recibir todas las bendiciones que nuestro Padre Celestial tiene reservadas para nosotros (2 Nefi 31:19–20).

Nefi también nos recuerda que si nos “deleita[m]os en las palabras de Cristo”, ellas nos “dirán todas las cosas que deb[emos] hacer” (2 Nefi 32:3) y nos darán el poder para vencer “los ardientes dardos del adversario” (1 Nefi 15:24).

¿Qué significa deleitarse?

Cuando era joven, creía que deleitarse era, sencillamente, tener una gran comida con arroz, sushi y salsa de soja (soya). Ahora sé que el verdadero deleite es más que disfrutar de una comida deliciosa. Es una experiencia que incluye gozar, nutrirse, celebrar, compartir, expresar amor a la familia y a los seres queridos, expresar gratitud a Dios y estrechar relaciones mientras se disfruta de una comida abundante e increíblemente deliciosa. Creo que cuando nos deleitamos en las palabras de Cristo, tenemos que pensar en el mismo tipo de experiencia. Deleitarse en las Escrituras es más que leerlas; debería brindarnos gozo real y fortalecer nuestra relación con el Salvador.

Esto se enseña claramente en el Libro de Mormón. Acuérdense del sueño de Lehi, cuando vio un árbol “cuyo fruto [es] deseable para hacer a uno feliz”. Ese fruto representa el amor de Dios, y cuando Lehi comió del fruto “era… dulce, superior a todo cuanto [él] había probado”. Su “alma se llenó de un gozo inmenso” y sintió el deseo de compartirlo con su familia (1 Nefi 8:10–12).

Cuando nos deleitamos, es probable que descubramos que ni la cantidad ni el tipo de comida importen si nuestro corazón rebosa de gratitud. La familia de Lehi se alimentó de carne cruda en el desierto, pero Nefi describió aquella dura prueba diciendo: “Y tan grandes fueron las bendiciones del Señor” que “nuestras mujeres… eran fuertes” y pudieron “soportar sus viajes sin murmurar” (1 Nefi 17:1–2).

A veces deleitarse supone experimentar y probar. Alma habla acerca de sembrar una buena semilla en nuestro corazón. Al experimentar con ella, nos daremos cuenta de que la semilla comienza a “ser deliciosa” (véase Alma 32:28–33).

Deleitarse en las palabras de Cristo

Las bendiciones de deleitarse en las palabras de Cristo son poderosas y transforman nuestra vida. Me gustaría invitarlos a que apliquen en su vida tres de esas bendiciones en particular.

Primera, las palabras de Cristo pueden ayudarnos a aumentar “nuestra capacidad espiritual actual para recibir revelación personal” (Russell M. Nelson, “Revelación para la Iglesia, revelación para nuestras vidas”, Liahona, mayo de 2018, pág. 93) y nos guiarán de manera segura por la vida. Mormón enseña que las palabras de Cristo tienen una “gran propensión a impulsar a la gente a hacer lo que [es] justo” y que son más poderosas que cualquier cosa que se pueda lograr por “la espada” (Alma 31:5). En mi búsqueda de la sabiduría de Dios para lidiar con mis propios desafíos, siempre que he puesto a prueba “la virtud de la palabra de Dios” (Alma 31:5), me he sentido inspirado y capaz de tomar decisiones prudentes, superar tentaciones y bendecir mi vida con mayor fe en Cristo y amor por quienes me rodean. Nuestro profeta, Russell M. Nelson, nos ha enseñado que “en los días futuros no será posible sobrevivir espiritualmente sin la influencia guiadora, orientadora, consoladora y constante del Espíritu Santo” (“Revelación para la Iglesia, revelación para nuestras vidas”, pág. 93). La revelación necesaria llegará cuando pongamos a prueba la “virtud de la palabra”, y esa palabra será más poderosa que cualquier otra cosa que podamos probar o imaginar.

Segunda, cuando tengamos problemas de identidad y carencia de autoestima, la “agradable palabra de Dios” (Jacob 2:8) en las Escrituras nos ayudará a saber quiénes somos realmente y nos fortalecerá más allá de nuestra propia capacidad. Reconocer mi identidad como hijo de Dios fue uno de los momentos más dulces que he vivido. Al comienzo de mi adolescencia no sabía nada de las enseñanzas del Salvador. La primera vez que leí el Nuevo Testamento, las palabras de Cristo verdaderamente sanaron mi alma herida. Me di cuenta de que no estaba solo y de que soy un hijo de Dios. Al reconocer mi verdadera identidad ante Dios, me di cuenta de mi potencial infinito por medio de la expiación de Cristo.

Del mismo modo, Enós compartió su experiencia personal del entendimiento que se recibe al contemplar las palabras de Cristo. Cuando Enós dejó que las palabras que su padre le había enseñado en cuanto a la “vida eterna y el gozo de los santos, penetrar[a]n [su] corazón profundamente”, su alma “tuvo hambre; y [se] arrodill[ó] ante [su] Hacedor… con potente oración” (Enós 1:3–4). En esa oración llegó a conocer al Salvador y aprendió que tenemos un gran valor, que se nos ama y se nos perdonan nuestros errores, y que ciertamente somos hijos de Dios.

Tercera, podemos elevar la vida de los demás mediante las palabras de Cristo. Así como Enós tuvo su propio momento y lugar en el que las palabras de Cristo le tocaron el corazón, el Señor hará Su parte para tocar el corazón de aquellos con quienes deseemos compartir el Evangelio. Muchos de nosotros nos hemos sentido desanimados al tratar de invitar a alguien a escuchar el Evangelio porque nuestro deseo no se hizo realidad. Sin tener en cuenta el resultado, el Señor nos invita a abrir la boca y compartir el Evangelio con los demás.

Hace dos años, el Señor tocó el corazón de mi querida madre, lo cual la ayudó a decidir recibir la ordenanza del bautismo. Yo llevaba casi 35 años aguardando la llegada de ese día. A fin de que pudiera tomar esa decisión, muchos miembros de la Iglesia realmente la ministraron como lo haría Cristo. Un domingo, sintió que debía ir a las reuniones de la Iglesia y siguió esa impresión. Mientras aguardaba sentada en la primera fila a que empezara la reunión sacramental, un niño de cuatro años se puso frente a ella y la miró. Ella lo saludó con una sonrisa. El pequeño se fue abruptamente y regresó a su asiento, que estaba en el otro extremo de la fila donde estaba sentada mi madre. Tomó algo del asiento, volvió a donde estaba mi madre, le dio un himnario y regresó a su asiento. Mi madre observó que había un himnario cada dos sillas en la capilla. Podía haber tomado fácilmente uno de la silla a su lado, pero le impresionó el bondadoso e inocente acto del pequeño, el cual había aprendido en su hogar y en la Iglesia. Fue un momento muy tierno para ella. Tuvo la fuerte impresión de que Dios la estaba invitando a venir y seguir al Salvador, y sintió que debía bautizarse. Aquel pequeño no procuró reconocimiento por lo que hizo, sino que, simplemente, se esforzó todo lo que pudo por vivir la palabra de Dios y amar a su prójimo. Su amabilidad supuso un importante cambio de corazón en mi madre.

Las palabras de Cristo tocarán de manera profunda el corazón y abrirán los ojos de los que aún no lo ven. Dos discípulos caminaron con Jesús en el camino a Emaús. Estaban tristes y no comprendían que el Salvador había triunfado sobre la muerte. En su dolor, no reconocieron al Cristo viviente que caminaba con ellos. Aun cuando Jesús “les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían”, ellos siguieron sin reconocerlo como el Salvador resucitado hasta que se sentaron y partieron el pan con Él. Entonces se abrieron sus “ojos”. A medida que nosotros —o nuestros amigos, compañeros y vecinos— nos deleitemos y partamos el pan con Él, se abrirán los ojos de nuestro entendimiento. Cuando los discípulos de Emaús reflexionaron en el tiempo que habían pasado con el Salvador resucitado, dijeron que el corazón les ardía mientras Él les abría las Escrituras (véase Lucas 24:27–32). Así también será con nosotros.

Conclusión

Para concluir, testifico que deleitarse en las palabras de Cristo puede suceder en cualquier momento y en cualquier ocasión si preparamos nuestro corazón para recibirlas. Deleitarse en las palabras de Cristo nos brindará revelación que dará sostén a nuestra vida, reafirmará nuestra verdadera identidad y valor ante Dios como Sus hijos, y conducirá a nuestros amigos a Cristo y a la vida sempiterna. Permítanme finalizar haciendo eco de la invitación de Nefi cuando dijo: “… debéis seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres. Por tanto, si marcháis adelante, deleitándoos en la palabra de Cristo, y perseveráis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Tendréis la vida eterna” (2 Nefi 31:20). En el nombre de Jesucristo. Amén.