2010–2019
Ejercitar nuestros músculos espirituales
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Ejercitar nuestros músculos espirituales

Al igual que leer o aprender sobre los músculos no es suficiente para desarrollar los músculos; el leer y aprender sobre la fe, sin agregar acción, es insuficiente para desarrollar la fe.

Estoy agradecido por la bendición de tener un cuerpo físico, el cual es un maravilloso regalo o don de nuestro Padre Celestial. Nuestro cuerpo tiene más de 600 músculos1. Muchos de estos músculos requieren ejercicio para estar en condiciones de realizar nuestras actividades diarias. Podríamos dedicar bastante esfuerzo mental para leer y aprender sobre nuestros músculos, pero si pensamos que eso los hará más fuertes, nos sentiremos muy decepcionados. Nuestros músculos crecen solo cuando los usamos.

He llegado a darme cuenta de que los dones espirituales se comportan de la misma manera. Ellos también necesitan ser ejercitados para crecer. El don espiritual de la fe, por ejemplo, no es solamente un sentimiento o un estado de ánimo; es un principio de acción que frecuentemente aparece en las Escrituras asociado al verbo ejercitar2. Al igual que leer o aprender sobre los músculos no es suficiente para desarrollar los músculos; el leer y aprender sobre la fe, sin agregar acción, es insuficiente para desarrollar la fe.

Cuando tenía dieciséis años, mi hermano mayor Iván, quién tenía veintidós en ese momento, vino a casa un día y compartió una noticia con la familia. Había decidido bautizarse en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Nuestros padres lo miraron un poco incrédulos y yo recuerdo que no comprendía totalmente lo que estaba pasando. Cerca de un año después, nos dio noticias aún más sorprendentes: él había decidido servir en una misión para la Iglesia, lo que significaba que no lo veríamos por dos años. Mis padres no estaban muy entusiasmados con la noticia; sin embargo, vi en él una firme determinación que aumentó mi admiración por él y por la decisión que había tomado.

Meses después, mientras Iván servía su misión, tuve la oportunidad de planear unas vacaciones con compañeros de la escuela secundaria. Queríamos celebrar el fin de nuestra etapa como estudiantes de la secundaria, por lo que pasaríamos unos días en la playa.

Le escribí a mi hermano misionero contándole mis planes para ese verano. En su respuesta, escribió que la ciudad donde él estaba sirviendo quedaba en el camino hacia mi destino. Decidí que sería una muy buena idea hacer una parada para visitarlo. No fue sino hasta mucho después que me enteré que se espera que los familiares no visiten a los misioneros.

Hice todos los preparativos para esa visita. Recuerdo que iba en el bus pensando lo bien que Iván y yo lo pasaríamos en ese hermoso día de sol. Primero, desayunaríamos, luego conversaríamos, entonces jugaríamos en la arena y tomaríamos sol. ¡Qué increíble día tendríamos!

Cuando el bus llegó al terminal, vi a Iván junto a otro joven; los dos en camisa blanca y corbata. Bajé del bus, nos abrazamos y me presentó a su compañero. Sin perder un minuto más, le conté a mi hermano sobre mis planes para el día, pero nada sabía de los planes que Iván tenía para mí. El me miró, sonrió y dijo: “¡Por supuesto!; sin embargo, tenemos algunas cosas que hacer primero. ¿Nos acompañarías? Accedí, pensando que tendríamos suficiente tiempo para ir a la playa después de todo.

Ese día, por más de diez horas, caminé por las calles de esa ciudad con mi hermano y su compañero. Sonreí a la gente todo el día; saludé a personas que nunca había visto en mi vida. Hablamos con todos quienes se nos cruzaban, tocamos las puertas de personas que no conocíamos y visitamos a quienes mi hermano y su compañero estaban enseñando.

Durante una de esas visitas, mi hermano y su compañero estaban enseñando acerca de Jesucristo y del Plan de Salvación. Repentinamente, Iván hizo una pausa y me miró. Para mi sorpresa, él cortésmente me pidió compartir mi opinión acerca de lo que se estaba enseñando. La habitación enmudeció, todos los ojos estaban mirándome. Con alguna dificultad finalmente encontré las palabras y compartí mis sentimientos sobre el Salvador. No supe si lo que compartí estuvo bien o mal. Mi hermano nunca me corrigió; al contrario, me dio las gracias por compartir mis pensamientos y sentimientos.

Durante esas horas que estuvimos juntos, mi hermano y su compañero no emplearon ni un minuto para enseñarme una lección solo a mí; aun así, adquirí más conocimiento que en todas mis conversaciones previas con él. Fui testigo de cómo los semblantes de las personas cambiaban a medida que recibían luz en su vida. Vi como algunos de ellos hallaban esperanza en los mensajes y aprendí a servir a los demás y olvidarme de mí y mis propios deseos. Estaba haciendo lo que el Salvador enseñó: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo”3.

Al mirar hacia atrás, me doy cuenta que ese día mi fe creció porque mi hermano me dio la oportunidad de ponerla en acción. La ejercité a medida que leímos las Escrituras, buscábamos a quienes enseñar, compartíamos el testimonio, servíamos a otros y así sucesivamente. Ese día no tomamos sol, pero mi corazón recibió luz desde los cielos. No vi ni un solo grano de arena, pero sentí mi fe crecer como un pequeño grano de mostaza4. No fui un turista ese día de verano, pero obtuve experiencias maravillosas y, sin darme cuenta, fui un misionero, ¡sin siquiera ser miembro de la Iglesia!

Oportunidades para fortalecer los músculos espirituales

Gracias a la Restauración del evangelio, podemos llegar a entender cómo nuestro Padre Celestial nos ayuda a desarrollar los dones espirituales. Es más probable que nos dé oportunidades para desarrollar esos dones, en vez de que se nos concedan sin que tengamos que hacer un esfuerzo físico y espiritual. Si estamos en sintonía con Su Espíritu, aprenderemos a identificar esas oportunidades y luego actuar según ellas.

Si buscamos más paciencia, nos encontraremos con la necesidad de practicarla mientras esperamos una respuesta. Si necesitamos desarrollar más amor por nuestro prójimo, podemos fomentarlo cuando nos sentamos junto a una cara nueva en la capilla. Con la fe es similar; cuando a nuestra mente vengan dudas, se requerirá confiar en las promesas del Señor para poder seguir adelante. De esa manera ejercitamos nuestros músculos espirituales y los desarrollamos para que sean una fuente de fortaleza en nuestra vida.

Probablemente no será fácil en un comienzo, incluso puede llegar a ser un gran desafío. Las palabras del Señor, por medio de Moroni, se aplican a nosotros hoy: “… y si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad. Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen [o ejercen] fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos”5.

Estoy agradecido por mi hermano Iván, quien no solo compartió el Evangelio conmigo, sino que, indirectamente, también me invitó a vivirlo y a reconocer mis debilidades. Él me ayudó a aceptar la invitación del Maestro: “Ven, sígueme”6; a caminar como el Salvador caminó, buscar como el Salvador buscó y amar como el Salvador nos ama. Meses después, luego de mi experiencia misional, decidí bautizarme y servir mi propia misión.

Aceptemos la invitación del presidente Russel M. Nelson y con verdadera intención vayamos al Salvador7, identifiquemos esos músculos que necesitan más actividad espiritual y empecemos a ejercitarlos. Esta es una carrera de larga distancia, un maratón, más bien que una carrera de cien metros planos; así que, no olvidemos esas pequeñas pero constantes actividades que fortalecerán esos importantes músculos espirituales. Si deseamos aumentar nuestra fe, entonces hagamos cosas que requieren fe.

Doy mi testimonio de que somos hijos de un Padre Celestial amoroso. Su Hijo, Jesucristo, nos ama. Vino a esta tierra a mostrarnos el camino y luego, voluntariamente, dio Su vida para darnos esperanza. El Salvador nos invita a seguir Su ejemplo perfecto, a ejercitar nuestra fe en Él y Su Expiación, y a expandir todos nuestros dones espirituales con los que nos ha bendecido. Él es el camino. Es mi testimonio, en el nombre de Jesucristo. Amén.