2010–2019
Tal como Él lo hizo
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Tal como Él lo hizo

Al procurar ministrar tal como Él lo hizo, se nos presentarán oportunidades para olvidarnos de nosotros mismos e inspirar a los demás.

Hace aproximadamente dieciocho meses, en el otoño de 2017, mi hermano, Mike, de 64 años, me informó que le habían diagnosticado cáncer de páncreas. Además, me contó que había recibido una bendición del sacerdocio de su maestro orientador y que también se había reunido con su obispo. Más tarde me mandó por mensaje de texto una foto del Templo de Oakland, California, tomada desde el hospital en el que recibía tratamiento, con el mensaje: “Mira lo que puedo ver desde mi habitación en el hospital”1.

Sus comentarios sobre maestros orientadores, bendiciones del sacerdocio, obispos y templos me sorprendieron tanto como el cáncer. La razón es que Mike, un presbítero en el Sacerdocio Aarónico, no había asistido regularmente a la Iglesia por cerca de 50 años.

Como familia, estábamos casi tan intrigados con su progreso espiritual como lo estábamos con su progreso en la lucha contra el cáncer, en gran parte debido a sus ahora frecuentes preguntas sobre el Libro de Mormón, el poder para sellar y la vida después de la muerte. Con el pasar de los meses y conforme el cáncer se extendió, la necesidad de tratamiento adicional más especializado trajo, con el tiempo, a Mike a Utah y al Instituto Oncológico Huntsman.

Poco después de haber llegado, Mike recibió la visita de John Holbrook, el líder misional del barrio que prestaba servicio en el establecimiento de asistencia en el que estaba viviendo. John comentó que “fue evidente para mí que Mike era un hijo de Dios” y que en seguida forjaron un vínculo y una amistad que llevó a que John llegara a ser el hermano ministrante de facto de Mike. Inmediatamente se le hizo la invitación de que los misioneros lo visitaran, la cual mi hermano amablemente declinó; pero un mes después, John le preguntó de nuevo, explicándole a Mike: “Pienso que disfrutarías de escuchar el mensaje del Evangelio”2. En esa ocasión aceptó la invitación, lo cual llevó a reuniones con los misioneros, así como a visitas del obispo Jon Sharp, cuyas conversaciones con el tiempo llevaron a que Mike recibiera su bendición patriarcal, 57 años después de su bautismo.

A principios de diciembre del año pasado, después de meses de procedimientos, Mike decidió dejar los tratamientos para el cáncer, que le estaban causando graves efectos secundarios, y solo permitir que la naturaleza siguiera su curso. Su doctor nos informó que Mike tenía aproximadamente tres meses de vida. Mientras tanto, las preguntas sobre el Evangelio continuaron, así como las visitas y el apoyo de sus líderes locales del sacerdocio. Cuando visitábamos a Mike, a menudo veíamos un ejemplar abierto del Libro de Mormón sobre la mesa de noche mientras hablábamos de la restauración del Evangelio, las llaves del sacerdocio, las ordenanzas del templo y la naturaleza eterna del hombre.

Para mediados de diciembre, con su bendición patriarcal en mano, Mike sorprendentemente parecía estarse fortaleciendo, y su pronóstico de al menos otros tres meses de vida parecía probable. Incluso hicimos planes para que se reuniera con nosotros durante la Navidad, el Año Nuevo y más adelante. El 16 de diciembre recibí una llamada inesperada del obispo Sharp, informándome que él y el presidente de estaca habían entrevistado a Mike y que lo habían hallado digno de recibir el Sacerdocio de Melquisedec, y me preguntó cuándo estaría disponible para participar en ello. La ordenanza se programó para ese viernes 21 de diciembre.

Cuando ese día llegó, mi esposa Carol y yo llegamos al establecimiento de asistencia e inmediatamente nos encontraron en el pasillo cerca de su habitación y nos informaron que Mike no tenía pulso. Entramos a la habitación y encontramos al patriarca, a su obispo y su presidente de estaca esperando; y en ese momento Mike abrió los ojos. Me reconoció e indicó que podía escucharme y que estaba listo para recibir el sacerdocio. Cincuenta años después de que Mike fuese ordenado presbítero en el Sacerdocio Aarónico, tuve el privilegio, con la ayuda de sus líderes locales, de conferir el Sacerdocio de Melquisedec a mi hermano y de ordenarlo al oficio de élder. Cinco horas más tarde, Mike falleció; cruzó el velo para reunirse con nuestros padres como poseedor del Sacerdocio de Melquisedec.

Hace apenas un año, el presidente Russell M. Nelson nos extendió a todos el llamamiento de cuidar de nuestros hermanos y hermanas “de manera más elevada y santa”3. Hablando sobre el Salvador, el presidente Nelson enseñó que “[p]uesto que esta es Su Iglesia, nosotros, como Sus siervos, hemos de ministrar a la persona en particular, tal como Él lo hizo. Ministraremos en Su nombre, con Su poder y autoridad, y con Su amorosa bondad”4.

En respuesta a esa invitación de un profeta de Dios, en todo el mundo se están llevando a cabo esfuerzos notables para ministrar a la persona en particular, tanto en esfuerzos coordinados conforme los miembros cumplen fielmente con sus asignaciones de ministrar, como en lo que llamaré ministración “espontánea”, conforme tantas personas demuestran amor semejante al de Cristo en respuesta a oportunidades inesperadas. En nuestra familia fuimos testigos, muy de cerca, de ese tipo de ministración.

John, que era el amigo y hermano ministrante de Mike, y ex presidente de misión, solía decir a sus misioneros que “si alguien está en la lista de ‘no interesados’, no se den por vencidos. Las personas cambian”. Luego nos dijo que “Mike cambió de manera potente”5. John, primeramente, fue amigo, brindando aliento y apoyo con frecuencia; sin embargo, su ministración no se limitó a visitas amistosas. John sabía que un ministro es más que un amigo, y que la amistad se magnifica a medida que ministramos.

No es necesario que alguien esté padeciendo una enfermedad que amenace la vida, como mi hermano, para tener necesidad de que se le ministre. Esas necesidades vienen en una variedad de formas, tamaños y situaciones: un padre o madre solos; una pareja menos activa; un adolescente con dificultades; una madre que se siente abrumada; una prueba de fe; problemas económicos, de salud o matrimoniales… la lista es casi interminable. Sin embargo, como Mike, no hay persona alguna que no tenga remedio, y nunca es demasiado tarde para que el Salvador extienda su mano amorosa.

En el sitio web de ministración de la Iglesia se nos enseña que, “[s]i bien la ministración tiene muchos propósitos, nuestros esfuerzos deben estar guiados por el deseo de ayudar a los demás a lograr una conversión individual más profunda y a llegar a ser más semejantes al Salvador”6. El élder Neil L. Andersen lo expresó así:

“Una persona con buen corazón puede ayudar a alguien a arreglar un neumático, llevar a un compañero de cuarto al médico, almorzar con alguien que esté triste, o sonreír y saludar a alguien para alegrarle el día.

“No obstante, un seguidor del primer mandamiento añadirá de manera natural a estos importantes actos de servicio”7.

Al tomar a Jesucristo como modelo para nuestra ministración, es importante recordar que Sus esfuerzos por amar, elevar, servir y bendecir tenían un objetivo más elevado que satisfacer las necesidades inmediatas. Ciertamente, Él sabía de sus necesidades cotidianas y tenía compasión de su sufrimiento en ese momento conforme sanó, alimentó, perdonó y enseñó; pero Él quería hacer algo más que ocuparse del día de hoy; quería que los que lo rodeaban lo siguieran, lo conocieran y alcanzaran su potencial divino8.

Al procurar ministrar tal como Él lo hizo9, se nos presentarán oportunidades para olvidarnos de nosotros mismos e inspirar a los demás. Esas oportunidades con frecuencia tal vez sean inconvenientes y pongan a prueba nuestro deseo de llegar a ser más como el Maestro, cuyo mayor servicio, Su expiación infinita, no fue para nada conveniente. En el capítulo 25 de Mateo se nos recuerda lo que el Señor siente por nosotros cuando, como Él, somos sensibles a las luchas, pruebas y desafíos que muchos afrontan, pero que a menudo pasan desapercibidos:

“Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis…

“Entonces los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te sustentamos?, ¿o sediento y te dimos de beber?

“¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos?…

“Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”10.

Ya sea que prestemos servicio como hermanos o hermanas ministrantes, o simplemente cuando nos demos cuenta de que alguien tiene una necesidad, se nos insta a procurar la guía y la dirección del Espíritu, y luego a actuar. Quizás nos preguntemos cuál será la mejor manera de prestar servicio, pero el Señor lo sabe, y por medio de Su Espíritu seremos guiados en nuestros esfuerzos. Como Nefi, que “iba guiado por el Espíritu, sin saber de antemano lo que tendría que hacer”11, nosotros también seremos guiados por el Espíritu a medida que nos esforcemos por llegar a ser instrumentos en las manos del Señor para bendecir a Sus hijos. Conforme procuremos la guía del Espíritu y confiemos en el Señor, nos encontraremos en situaciones y circunstancias en las que podremos actuar y bendecir a los demás; es decir, ministrar.

Puede que haya otras ocasiones en las que reconozcamos una necesidad pero no nos sintamos adecuados para responder a ella, y supongamos que lo que podemos ofrecer no es suficiente. No obstante, el obrar tal como Él lo hizo12 es ministrar, dando lo que somos capaces de dar y confiando en que el Señor magnificará nuestros esfuerzos para bendecir a “nuestros compañeros de viaje en este trayecto mortal”13. Para algunos, podría ser dar el regalo de su tiempo y talentos; para otros, podría ser expresar una palabra amable o realizar un trabajo arduo. Aun cuando sintamos que nuestros esfuerzos no son suficientes, el presidente Dallin H. Oaks compartió un importante principio en cuanto a las cosas “pequeñas y sencillas”. Enseñó que los actos pequeños y sencillos son potentes porque invitan “a la compañía del Espíritu Santo”14, un compañero que bendice tanto al que da como al que recibe.

Con el conocimiento de que pronto moriría, mi hermano, Mike, comentó: “Es increíble cómo el cáncer de páncreas puede hacer que te centres en lo que es más importante”15. Gracias a maravillosos hombres y mujeres que vieron una necesidad, que no juzgaron y que ministraron como el Salvador, no fue demasiado tarde para Mike. Para algunos, el cambio puede llegar antes, para otros quizás más allá del velo. Sin embargo, debemos recordar que nunca es demasiado tarde y que ninguna persona se ha alejado tanto del camino que esté fuera del alcance de la expiación infinita de Jesucristo, la cual no tiene límites en cuanto a duración ni amplitud.

En la última Conferencia General de octubre, el élder Dale G. Renlund enseñó que “[n]o importa cuánto tiempo nos hayamos apartado del camino… en el momento en el que decidimos cambiar, Dios nos ayuda a regresar”16. Sin embargo, esa decisión de cambiar es a menudo el resultado de una invitación, como: “Pienso que disfrutarías de escuchar el mensaje del Evangelio”. Así como nunca es demasiado tarde para el Salvador, nunca es demasiado temprano para que nosotros extendamos una invitación.

Esta época de la Pascua de Resurrección nos brinda, nuevamente, la oportunidad maravillosa de reflexionar sobre el gran sacrificio expiatorio de nuestro Salvador Jesucristo y lo que Él hizo por cada uno de nosotros a un costo tan enorme; un costo que Él mismo declaró que “hizo que [Él], el mayor de todos, temblara a causa del dolor”. “Sin embargo”, declara, “bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres”17.

Testifico que gracias a que Él los “acab[ó]”, siempre hay esperanza. En el nombre de Jesucristo. Amén.