2010–2019
Heridos
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Heridos

En el crisol de las pruebas terrenales, pacientemente avancen, y el poder sanador del Salvador les brindará luz, comprensión, paz y esperanza.

El 22 de marzo de 2016, justo antes de las 8 en punto de la mañana, dos bombas explotaron en el aeropuerto de Bruselas. Los élderes Richard Norby, Mason Wells y Joseph Empey habían llevado a la hermana Fanny Clain al aeropuerto, donde ella tomaría un vuelo a su misión en Cleveland, Ohio. Treinta y dos personas perdieron la vida, y todos los misioneros fueron heridos.

El que sufrió las heridas más graves fue el élder Richard Norby, de sesenta y seis años de edad, que prestaba servicio con su esposa, la hermana Pam Norby.

El élder Norby dijo de aquel momento:

“Al instante supe lo que había sucedido.

Traté de correr para ponerme a salvo, pero me desplomé de inmediato… Vi que mi pierna izquierda estaba gravemente herida y [observé] que, de ambas manos, salía un hollín negro semejante a una tela de araña. Tiré con cuidado, pero me di cuenta de que no era hollín sino mi piel, que se había quemado. La camisa blanca se estaba poniendo roja por una lesión en mi espalda.

“Cuando fui plenamente consciente de lo que acababa de suceder, [vino a mí] un poderoso pensamiento: El Salvador sabía dónde me encontraba, lo que acababa de suceder y [lo que] yo estaba pasando en ese momento”1.

Los días que siguieron fueron difíciles para Richard Norby y su esposa Pam. A él le fue inducido un coma, seguido de cirugías, infecciones y gran incertidumbre.

Richard Norby vivió, pero su vida nunca sería la misma. Después de dos años y medio, sus heridas siguen sanando; una prótesis reemplaza la parte de la pierna que le falta, y cada paso es diferente que antes de aquel momento en el aeropuerto de Bruselas.

¿Por qué les sucedió eso a Richard y Pam Norby?2. Ellos habían sido fieles a sus convenios; previamente habían servido una misión en Costa de Marfil y habían criado una maravillosa familia. Sería comprensible que alguien dijera: “¡No es justo! ¡Simplemente no está bien! Estaban dando su vida por el evangelio de Jesucristo; ¿cómo pudo suceder?”.

Esta es la vida mortal

Aunque los detalles difieran, las tragedias, las pruebas y las dificultades inesperadas, tanto físicas como espirituales, nos llegan a todos, porque esta es la vida mortal.

Esta mañana, al pensar en los discursantes de esta sesión de conferencia, me di cuenta de que dos han perdido hijos y tres han perdido nietos; estos han regresado inesperadamente a su hogar celestial. Ninguno se ha librado de la enfermedad y la tristeza, y como se ha mencionado en esta misma semana, un ángel en la tierra a quien todos amamos, la hermana Barbara Ballard, pasó delicadamente al otro lado del velo. Presidente Ballard, nunca olvidaremos su testimonio esta mañana.

Buscamos la felicidad, anhelamos la paz, deseamos que haya amor, y el Señor derrama sobre nosotros una asombrosa abundancia de bendiciones. Pero, entremezclada con el gozo y la felicidad, una cosa es segura: habrá momentos, horas, días, a veces años, en los que su alma estará herida.

Las Escrituras enseñan que probaremos lo amargo y lo dulce3, y que habrá “oposición en todas las cosas”4. Jesús dijo: “[Vuestro Padre] hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos”5.

Las heridas del alma no son exclusivas del rico o del pobre, de una cultura, un país o una generación. Sobrevienen a todos y son parte del aprendizaje que recibimos en esta experiencia terrenal.

Los justos no son inmunes

Mi mensaje hoy es especialmente para aquellos que están guardando los mandamientos de Dios, cumpliendo sus promesas a Dios y que, como el matrimonio Norby y muchos otros hombres, mujeres y niños en esta audiencia mundial, hacen frente a pruebas y desafíos inesperados y dolorosos.

Tal vez nuestras heridas sean por un desastre natural o un desafortunado accidente. Quizás provengan de un esposo o una esposa infiel, que pone del revés la vida del cónyuge recto y de sus hijos. Las heridas pueden venir de la oscuridad y la sombra de la depresión; de una enfermedad inesperada; del sufrimiento o de la muerte prematura de alguien a quien amamos; de la tristeza por un familiar que se aparta de la fe; de la soledad cuando las circunstancias nos privan de un compañero eterno; o de cientos de dolorosas y desalentadoras “penas que no puedo ver”6.

Todos entendemos que las dificultades son parte de la vida, pero cuando nos llegan personalmente pueden dejarnos sin aliento. Sin llegar a alarmarnos, debemos estar preparados. El apóstol Pedro dijo: “Amados, no os asombréis del fuego de prueba que os ha sobrevenido para poneros a prueba, como si alguna cosa extraña os aconteciese”7. Junto a los brillantes colores de la felicidad y el gozo, los oscuros hilos de la prueba y la tragedia están profundamente tejidos en la tela del plan de nuestro Padre. Esas pruebas, aunque difíciles, a menudo se convierten en nuestros mejores maestros8.

Cuando contamos el milagroso relato de los 2060 jóvenes soldados de Helamán, nos encanta este versículo: “… mediante la bondad de Dios, y para nuestro gran asombro, y también para el gozo de todo nuestro ejército, ni uno solo de ellos había perecido”.

Pero la frase continúa: “… y no hubo entre ellos uno solo que no hubiese recibido muchas heridas”9. Cada uno de los 2060 recibió muchas heridas, y cada uno de nosotros recibirá heridas en la batalla de la vida, ya sean físicas, espirituales, o ambas.

Jesucristo es nuestro Buen Samaritano

Nunca se den por vencidos; independientemente de lo profundas que sean las heridas de su alma, o cuál sea la causa, el momento o el lugar en que suceden, o que persistan más o menos en el tiempo… ustedes no han nacido para morir espiritualmente. Están hechos para sobrevivir espiritualmente e incrementar su fe y su confianza en Dios.

Dios no ha creado nuestros espíritus para que no dependamos de Él. Nuestro Señor y Salvador, Jesucristo, mediante el incalculable don de Su expiación, no solo nos salva de la muerte y nos ofrece, por medio del arrepentimiento, el perdón de nuestros pecados, sino que también está listo para salvarnos de las penas y los dolores de nuestras almas heridas10.

El Salvador es nuestro Buen Samaritano11, enviado “a sanar a los quebrantados de corazón”12. Él viene a nosotros cuando otras personas pasan de largo. Con compasión, Él unta Su bálsamo sanador en nuestras heridas y las venda. Él nos lleva en brazos. Él nos cuida. Él nos invita a venir a Él, y Él nos sanará13.

“Y [Jesús]… [sufrirá] dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases… para que… [pueda tomar] sobre sí los dolores y las enfermedades de su pueblo… [tomando sobre sí nuestras] debilidades… [con] misericordia”14.

Venid, desconsolados, cualquiera sea vuestro dolor.

Venid al asiento de la Expiación, con ferviente oración.

Traed vuestro corazón herido; vuestra angustia derramada.

No hay pesares en la tierra que el cielo no pueda curar15.

En un momento de tremendo sufrimiento, el Señor dijo al profeta José: “… todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien”16. ¿Cómo pueden las dolorosas heridas ser para nuestro bien? En el crisol de las pruebas terrenales, pacientemente avancen, y el poder sanador del Salvador les brindará luz, comprensión, paz y esperanza17.

Nunca se den por vencidos

Oren con todo su corazón. Fortalezcan su fe en Jesucristo, en Su realidad, en Su gracia. Aférrense a Sus palabras: “Te basta mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad”18.

Recuerden: el arrepentimiento es una poderosa medicina espiritual19. Guarden los mandamientos y sean dignos del Consolador, recordando que el Salvador prometió: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros”20.

La paz del templo es un reconfortante bálsamo para el alma herida. Regresen a la Casa del Señor con sus corazones heridos y los nombres de sus familiares con tanta frecuencia como les sea posible. El templo proyecta la brevedad de la vida terrenal sobre la pantalla panorámica de la eternidad21.

Miren atrás y recuerden que ustedes demostraron su dignidad en su estado preterrenal. Ustedes son valientes hijos e hijas de Dios y, con Su ayuda, pueden salir triunfantes en las batallas de este mundo caído. Lo han hecho antes y pueden hacerlo otra vez.

Miren hacia adelante. Sus problemas y pesares son muy reales, pero no durarán para siempre22. Sus noches oscuras pasarán, porque el Señor sí se levantó “con sanidad en sus alas”23.

El matrimonio Norby me dijo: “En ocasiones nos sobreviene la desilusión, pero nunca permitimos que se quede”24. El apóstol Pablo dijo: “… estamos atribulados… pero no angustiados; en apuros, pero no desesperados; perseguidos, pero no desamparados; abatidos, pero no destruidos”25. Quizás estén exhaustos, pero nunca se den por vencidos26.

Aun con sus propias y dolorosas heridas, ustedes tenderán instintivamente la mano a otras personas heridas, confiando en la promesa del Salvador: “Todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará”27. Los heridos que curan las heridas de otras personas son ángeles de Dios sobre la tierra.

En solo unos momentos escucharemos a nuestro amado profeta, el presidente Russell M. Nelson, un hombre de inquebrantable fe en Jesucristo; un hombre de esperanza y de paz, a quien Dios ama pero no ha librado de las heridas del alma.

En 1995, cuando esperaba un bebé, a su hija Emily le fue diagnosticado cáncer. Hubo días de esperanza y felicidad cuando dio a luz a un bebé sano, pero el cáncer regresó, y su querida Emily falleció justo dos semanas después de cumplir treinta y siete años, dejando a su amado esposo y a cinco niños pequeños.

En la conferencia general, poco después de que ella falleció, el presidente Nelson confesó: “Junto con mis lágrimas de pesar he deseado haber podido hacer más por nuestra hija… Si yo tuviese el poder de la resurrección, me habría sentido tentado a [devolverle] la vida… [Pero] Jesucristo posee esas llaves y las utilizará para Emily… y para todas las personas en el propio tiempo del Señor”28.

El mes pasado, al visitar a los santos en Puerto Rico y recordando el devastador huracán del año pasado, el presidente Nelson habló con amor y compasión.

“[Esto] es parte de la vida. Es por lo que estamos aquí. Estamos aquí para tener un cuerpo y para ser probados. Algunas de esas pruebas son físicas, otras espirituales; y sus pruebas aquí han sido tanto físicas como espirituales”29.

“Ustedes no se han dado por vencidos. Estamos [muy] orgullosos de ustedes. Ustedes, fieles santos, han perdido mucho, pero en medio de todo ello, han fortalecido su fe en el Señor Jesucristo”30.

“A medida que guardemos los mandamientos de Dios, hallaremos gozo aun en medio de nuestras circunstancias más adversas”31.

Toda lágrima será enjugada

Mis hermanos y hermanas, les prometo que aumentar su fe en el Señor Jesucristo les proporcionará fortaleza adicional y mayor esperanza. Para ustedes, los justos, el Sanador de nuestras almas sanará, en Su tiempo y a Su manera, todas sus heridas32. No habrá injusticia, persecución, prueba, tristeza, quebranto, sufrimiento ni herida —no importa cuán profunda, cuán extensa o cuán dolorosa— que quede excluida del consuelo, de la paz y la esperanza perdurable de Aquel cuyos brazos abiertos y manos heridas nos recibirán de regreso a Su presencia. Ese día, testifica el apóstol Juan, los justos “que han salido de la gran tribulación”33 estarán “vestidos de ropas blancas… delante del trono de Dios”. El Cordero “extenderá su pabellón sobre [nosotros]… y Dios enjugará toda lágrima de los ojos [suyos]”34. Ese día llegará. De ello testifico, en el nombre de Jesucristo. Amén.