2010–2019
Participación de las hermanas en el recogimiento de Israel
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La participación de las hermanas en el recogimiento de Israel

Les extiendo una súplica profética a ustedes, las mujeres de la Iglesia, para que den forma al futuro ayudando a recoger al Israel disperso.

Es maravilloso estar con ustedes, mis queridas y preciadas hermanas. Quizá una experiencia reciente les dé una idea de lo que siento hacia ustedes y de las sublimes facultades con las que han sido investidas.

Un día, mientras dirigía la palabra a una congregación en Sudamérica, me iba llenando de entusiasmo con el tema y, en un momento crucial, dije: “Como madre de 10 hijos, les puedo decir que…”. Y después seguí hasta terminar mi mensaje.

No me di cuenta de que había dicho la palabra madre. El intérprete, suponiendo que yo me había equivocado, cambió la palabra madre a padre, para que la congregación nunca supiera que me había referido a mí mismo como madre, pero mi esposa Wendy la escuchó, y a ella le encantó mi error freudiano.

En ese momento, el profundo deseo de mi corazón de marcar una diferencia en el mundo —como solo una madre lo hace— me brotó del corazón. A través de los años, cada vez que me preguntan por qué elegí ser médico, mi respuesta siempre ha sido la misma: “Porque no pude elegir ser madre”.

Por favor, tengan en cuenta que cada vez que digo la palabra madre, no hablo solamente de las mujeres que han dado a luz o han adoptado hijos en esta vida. Me refiero a todas las hijas adultas de nuestros Padres Celestiales. Toda mujer es una madre por virtud de su eterno destino divino.

Así que esta noche, como padre de 10 hijos —nueve mujeres y un varón— y como Presidente de la Iglesia, ruego que perciban el profundo sentimiento que tengo hacia ustedes: hacia quiénes son y todo el bien que pueden hacer. Nadie puede hacer lo que una mujer recta puede hacer. Nadie puede imitar la influencia de una madre.

Los hombres pueden comunicar y a menudo comunican el amor del Padre Celestial y del Salvador a los demás, pero las mujeres tienen un don especial para ello: una investidura divina. Ustedes tienen la capacidad para intuir lo que alguien necesita, y cuándo lo necesita. Ustedes pueden tender la mano, consolar, enseñar y fortalecer a alguien en el momento preciso en que lo necesita.

Las mujeres ven las cosas de forma diferente a los hombres, ¡y cuánto necesitamos de su perspectiva! Su naturaleza las lleva a pensar en los demás primero, a contemplar el efecto que cualquier proceder tiene en los demás.

Como indicó el presidente Eyring, fue nuestra gloriosa madre Eva —con su trascendental visión del plan de nuestro Padre Celestial— quien dio inicio a lo que llamamos ‘‘la Caída”. Su sabia y valiente elección, y el decidido apoyo de Adán, hicieron que avanzara el plan de felicidad de Dios. Ellos hicieron posible que todos viniéramos a la tierra, recibiéramos un cuerpo y demostráramos que escogeríamos defender a Jesucristo ahora, así como lo hicimos en la vida premortal.

Mis queridas hermanas, ustedes tienen dones y predisposiciones espirituales especiales. Esta noche, les insto, con toda la esperanza de mi corazón, a orar para que comprendan sus dones espirituales, para que los cultiven, utilicen y expandan, mucho más que nunca. A medida que lo hagan, cambiarán el mundo.

Como mujeres, ustedes inspiran a los demás y establecen una norma digna de emulación. Permítanme darles las circunstancias sobre dos de los principales anuncios que se dieron en nuestra última conferencia general. Ustedes, mis queridas hermanas, fueron clave en los dos.

Primero, la ministración. La norma suprema de la ministración es la de nuestro Salvador, Jesucristo. En general, las mujeres están, y siempre han estado, más cerca a esa norma que los hombres. Cuando ustedes ministran de verdad, siguen sus sentimientos para ayudar a alguien a sentir más el amor del Salvador. La inclinación a ministrar es inherente en las mujeres rectas. Conozco a mujeres que suplican en oración todos los días: “¿A quién deseas Tú que ayude hoy?”.

Antes del anuncio de abril de 2018 sobre la manera más elevada y santa de cuidar de los demás, la tendencia de algunos hombres era marcar su asignación de orientación familiar como “terminada” y pasar a la tarea siguiente.

Pero cuando ustedes percibían que una hermana a quien visitaban necesitaba ayuda, respondían de inmediato y después a lo largo del mes. Por tanto, fue la forma en que ustedes eran maestras visitantes lo que inspiró que nos eleváramos hacia la ministración.

Segundo, en la última conferencia general también reestructuramos los cuórums del Sacerdocio de Melquisedec. Al darle vueltas a la idea de cómo ayudar a los hombres de la Iglesia a ser más eficaces en sus responsabilidades, consideramos detenidamente el ejemplo de la Sociedad de Socorro.

En la Sociedad de Socorro, mujeres de diversas edades y en distintas etapas de la vida se reúnen juntas. Cada década de la vida trae desafíos únicos, y sin embargo, ustedes, semana tras semana, se reunían, crecían y se enseñaban el Evangelio juntas, y marcaban una verdadera diferencia en el mundo.

Ahora, siguiendo su ejemplo, los portadores del Sacerdocio de Melquisedec son miembros del cuórum de élderes. Esos hombres tienen entre 18 y 98 años (quizás más), con todo tipo de experiencias en el sacerdocio y en la Iglesia. Esos hermanos ahora pueden establecer vínculos fraternales más fuertes, aprender juntos y bendecir a los demás con más eficacia.

Recordarán que en junio pasado, la hermana Nelson y yo hablamos a los jóvenes de la Iglesia. Los invitamos a alistarse en el batallón de jóvenes del Señor para ayudar a recoger a Israel en ambos lados del velo. ¡Ese recogimiento es “el desafío más grande, la causa más sublime y la obra más grandiosa sobre la tierra”1 en la actualidad!

Es una causa en la que se necesita desesperadamente a las mujeres, porque las mujeres dan forma al futuro. Así que esta noche les extiendo una súplica profética a ustedes, las mujeres de la Iglesia, para que den forma al futuro ayudando a recoger al Israel disperso.

¿Dónde pueden empezar?

Les ofrezco cuatro invitaciones:

Primero, las invito a participar en un ayuno de 10 días de redes sociales y de cualquier otro medio de comunicación que les traiga pensamientos negativos e impuros a la mente. Oren para saber qué influencias eliminar durante su ayuno. El efecto de su ayuno de 10 días podría sorprenderlas. ¿Qué notan después de tomarse un descanso de las perspectivas del mundo que han ido dañando su espíritu? ¿Hay algún cambio en lo que ahora desean dedicar su tiempo y energía? ¿Han variado algunas de sus prioridades, aunque sea un poco? Les insto a anotar y a seguir cada una de las impresiones que reciban.

Segundo, las invito a leer el Libro de Mormón entre ahora y el fin de año. Por imposible que parezca con todo lo que están intentado hacer en su vida, si aceptan esta invitación con íntegro propósito de corazón, el Señor las ayudará a encontrar la manera de lograrlo. Y, a medida que estudien con espíritu de oración, les prometo que los cielos se les abrirán. El Señor las bendecirá con mayor inspiración y revelación.

Conforme lean, les aliento a marcar cada versículo que mencione o haga alusión al Salvador. Después, de manera consciente hablen de Cristo, regocíjense en Cristo y prediquen de Cristo con sus familias y amigos2. Ustedes y ellos se acercarán más al Señor mediante este proceso, y comenzarán a suceder cambios, incluso milagros.

Esta mañana se hizo el anuncio sobre el nuevo horario dominical y el curso de estudio centrado en el hogar y apoyado por la Iglesia. Ustedes, mis queridas hermanas, son clave en el éxito de esta nueva labor equilibrada y coordinada de enseñanza del Evangelio. Por favor, enseñen a sus seres queridos lo que estén aprendiendo en las Escrituras. Enséñenles la manera de acudir al Salvador para recibir Su poder sanador y purificador cuando pequen. Y enséñenles cómo recurrir a Su poder fortalecedor todos los días de su vida.

Tercero, establezcan un patrón de asistencia regular al templo. Eso podría requerir un poco de más sacrificio en su vida. Más tiempo regular en el templo permitirá que el Señor les enseñe a recurrir al poder de Su sacerdocio con el cual han sido investidas en Su templo. A las que no vivan cerca de un templo, las invito a estudiar con espíritu de oración sobre los templos en las Escrituras y en las palabras de los profetas vivientes. Procuren saber más, comprender más, sentir más sobre los templos que nunca antes.

En nuestro devocional mundial para los jóvenes del pasado junio, hablé sobre un joven cuya vida cambió cuando sus padres cambiaron su teléfono inteligente por uno plegable. La madre de ese joven es una valiente mujer de fe. Ella vio que su hijo se alejaba hacia opciones que podrían impedir que sirviera en una misión. Ella llevó sus plegarias al templo para saber cómo ayudar mejor a su hijo. Después, siguió cada impresión que recibió.

Ella dijo: “Sentí que el Espíritu me guiaba para que viera el teléfono de mi hijo en horas específicas en las que hallaría cosas específicas. No sé cómo navegar en los teléfonos inteligentes, ¡pero el Espíritu me guio por todas las redes sociales que yo ni siquiera uso! Sé que el Espíritu ayuda a los padres que buscan guía para proteger a sus hijos. [Al principio] mi hijo estaba furioso conmigo… pero solo tres días después, ¡me lo agradeció! Él pudo sentir la diferencia”.

El comportamiento y las actitudes de su hijo cambiaron drásticamente. Él ayudaba más en casa, sonreía más y estaba más atento en la Iglesia. Le encantó brindar servicio por un tiempo en el bautisterio del templo y prepararse para su misión.

Mi cuarta invitación, para aquellas de ustedes que tengan la edad, es que participen de lleno en la Sociedad de Socorro. Les insto a que estudien la declaración actual del propósito de la Sociedad de Socorro. Es inspirador. Podría guiarlas a redactar una declaración de propósito para su propia vida. También les suplico que se deleiten en la declaración de la Sociedad de Socorro que se publicó hace casi 20 años3. En la pared de la oficina de la Primera Presidencia está colgada una copia de esa declaración. Me emociona cada vez que la leo. Describe quiénes son ustedes y quiénes necesita el Señor que sean en este preciso momento a medida que hagan su parte para ayudar a recoger al Israel disperso.

Mis queridas hermanas, ¡necesitamos de ustedes! Necesitamos “de su fortaleza, su conversión, su convicción, su capacidad para dirigir, su sabiduría y sus voces4. Simplemente no podemos recoger a Israel sin ustedes.

Las amo y les doy las gracias, y ahora las bendigo con la capacidad para dejar el mundo atrás conforme ayuden en esta crucial y urgente obra. Juntos podemos hacer todo lo que nuestro Padre necesita que hagamos a fin de preparar el mundo para la segunda venida de Su Amado Hijo.

Jesús es el Cristo; esta es Su Iglesia. De ello testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.