2010–2019
Poniendo los cimientos de una gran obra
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Poniendo los cimientos de una gran obra

Las lecciones que enseñamos por medio de las tradiciones que establecemos en el hogar, aunque pequeñas y sencillas, son cada vez más importantes en el mundo de hoy.

Como padres en Sion, tenemos el sagrado deber de despertar en nuestros hijos el deseo y el compromiso con el gozo, la luz y las verdades del evangelio de Jesucristo. Cuando criamos a nuestros hijos, establecemos tradiciones en nuestro hogar y construimos modelos de comunicación y de conducta en nuestras relaciones familiares. Al hacerlo, las tradiciones que establecemos deberían inculcar en nuestros hijos rasgos fuertes e inquebrantables de bondad que les infundirán fortaleza para hacer frente a los desafíos de la vida.

Durante muchos años, nuestra familia ha disfrutado tradicionalmente de una acampada anual en lo alto de los montes Uinta, al noreste de Utah. Recorremos 32 kilómetros por un pedregoso camino de tierra hasta llegar a un hermoso valle verde con imponentes barrancos, y por el cual corre un río de agua fría cristalina. Cada año, con la esperanza de reafirmar el valor de la doctrina y las prácticas del Evangelio en el corazón de nuestros hijos y nuestros nietos, Susan y yo pedimos a cada uno de nuestros seis hijos y sus familias que preparen un breve mensaje sobre un tema que consideren fundamental para el establecimiento de un hogar centrado en Cristo. Luego nos reunimos en un lugar apartado para tener un devocional familiar y todos dan su mensaje.

Este año, nuestros nietos escribieron el tema de sus mensajes sobre rocas y luego, uno a uno, las enterraron unas junto a otras para representar el fundamento seguro en el que se basa una vida feliz. El hilo conductor de los seis mensajes era la inmutable verdad eterna de que Jesucristo es la piedra angular de ese fundamento.

En palabras de Isaías: “… por tanto, Jehová el Señor dice así: He aquí, yo soy el que ha puesto en Sion como fundamento una piedra, piedra probada, preciosa piedra angular, cimiento estable”1. Jesucristo es esa preciosa piedra angular en el fundamento de Sion. Fue Él quien reveló al profeta José Smith: “Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes”2.

Las lecciones que enseñamos por medio de las tradiciones que establecemos en el hogar, aunque pequeñas y sencillas, son cada vez más importantes en el mundo de hoy. ¿Cuáles son las cosas pequeñas y sencillas que, una vez implantadas, efectuarán una gran obra en la vida de nuestros hijos?

Recientemente, el presidente Russell M. Nelson se dirigió a una gran congregación cerca de Toronto, Canadá, y con emoción recordó a los padres la sagrada responsabilidad que tenemos de enseñar a nuestros hijos. Entre esas responsabilidades esenciales, el presidente Nelson hizo hincapié en el deber que tenemos como padres de enseñar a nuestros hijos a comprender por qué participamos de la Santa Cena, y la importancia de nacer dentro del convenio y de prepararse para recibir una bendición patriarcal y recibirla; también alentó a los padres a dirigir la lectura de las Escrituras en familia3. Mediante estos esfuerzos, nuestro amado profeta nos insta a hacer de nuestros hogares “santuarios de fe”4.

En el Libro de Mormón, Enós registra la profunda gratitud que sentía por el ejemplo de su padre, quien “[le] instruyó en su idioma y también [le] crio en disciplina y amonestación del Señor”. Con gran emoción, Enós exclamó: “… y bendito sea el nombre de mi Dios por ello”5.

Yo atesoro las tradiciones pequeñas y sencillas que hemos ido observando en nuestro hogar a lo largo de treinta y cinco años de matrimonio. Muchas de nuestras tradiciones son sutiles pero significativas. Por ejemplo:

  • Aquellas tardes en las que yo no estaba en casa, siempre sabía que, bajo la dirección de Susan, el hijo mayor que estuviera presente asumiría la dirección del estudio de las Escrituras en familia y la oración familiar6.

  • Otra tradición: nunca salimos de casa ni acabamos una conversación telefónica sin decir “te quiero”.

  • El apartar tiempo de manera regular para disfrutar de entrevistas personales con cada uno de nuestros hijos ha bendecido nuestra vida. Durante una entrevista, pregunté a nuestro hijo sobre su deseo y su preparación para servir una misión. Después de conversar un rato, hubo un momento de reflexivo silencio; luego se incorporó y dijo con aire pensativo: “Papá, ¿recuerdas cuando era pequeño y comenzamos a tener entrevistas de padre?”. Yo dije: “Sí”. “Bueno”, prosiguió, “en ese momento te prometí que serviría una misión, y tú me prometiste que mamá y tú servirían una misión cuando fueran mayores”. Entonces hubo otra pausa. “¿Hay algún problema que les esté impidiendo servir? Porque quizás yo podría ayudar”.

Las tradiciones familiares sanas y constantes que incluyen la oración, la lectura de las Escrituras, la noche de hogar y la asistencia a las reuniones de la Iglesia, aunque aparentemente pequeñas y sencillas, crean una cultura de amor, respeto, unidad y seguridad. En el espíritu que acompaña esos esfuerzos, nuestros hijos se sienten protegidos contra los dardos de fuego del maligno que tan arraigados están en la cultura del mundo en nuestros días.

Se nos recuerda el sabio consejo de Helamán a sus hijos: “… recordad, que es sobre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios, donde debéis establecer vuestro fundamento, para que cuando el diablo lance sus impetuosos vientos, sí, sus dardos en el torbellino, sí, cuando todo su granizo y furiosa tormenta os azoten, esto no tenga poder para arrastraros al abismo de miseria y angustia sin fin, a causa de la roca sobre la cual estáis edificados, que es un fundamento seguro, un fundamento sobre el cual, si los hombres edifican, no caerán”7.

Hace años, cuando servía como un joven obispo, un caballero mayor pidió reunirse conmigo. Él me habló de su distanciamiento de la Iglesia y de las rectas tradiciones de sus padres cuando era joven. Describió en detalle la angustia que sintió en su vida mientras buscaba en vano el gozo duradero en medio de la felicidad momentánea que el mundo ofrece. En aquel momento, en los años de su madurez, sentía las tiernas y en ocasiones insistentes impresiones que el Espíritu de Dios le susurraba para guiarlo de vuelta a las lecciones, las prácticas, los sentimientos y la seguridad espiritual de su juventud. Él expresó gratitud por las tradiciones de sus padres y, en palabras más actuales, se hizo eco de la proclamación de Enós: “… bendito sea el nombre de mi Dios por ello”.

En mi experiencia, el regreso de este querido hermano al Evangelio es un elemento común para muchos, y se repite a menudo entre los hijos de Dios que se alejan por un tiempo, solo para regresar a las enseñanzas y las prácticas de su juventud. En esos momentos, somos testigos de la sabiduría del autor del proverbio, que exhorta a los padres: “Instruye al niño en su camino; y aun cuando fuere viejo, no se apartará de él”8.

Todo padre hace frente a momentos de frustración y diversos grados de resolución y fortaleza cuando cría a sus hijos. No obstante, cuando los padres ejercen la fe al enseñar a sus hijos de manera sincera y amorosa, y hacen todo lo posible por ayudarles en el camino, ellos reciben una mayor esperanza de que las semillas que están plantando arraigarán pronto en el corazón y la mente de sus hijos.

Moisés entendía bien la necesidad fundamental de una enseñanza constante. Él aconsejó: “… repetirás [estas palabras] a tus hijos y les hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y cuando te acuestes y cuando te levantes”9.

Nos arrodillamos junto a nuestros hijos durante la oración familiar, cuidamos de ellos por medio de nuestros esfuerzos por llevar a cabo una lectura significativa de las Escrituras en familia, los cuidamos con paciencia y amor a medida que participamos juntos en la noche de hogar, y sufrimos por ellos arrodillados en medio de nuestras oraciones privadas a los cielos. Oh, cuánto ansiamos que las semillas que estamos plantando arraiguen en los corazones y en las mentes de nuestros hijos.

Creo que no es tanto cuestión de si nuestros hijos lo están “captando” cuando les enseñamos, o cuando nos esforzamos por leer las Escrituras, o tener la noche de hogar o asistir a la mutual y a otras reuniones de la Iglesia. No es tanto cuestión de si entienden en esos momentos la importancia de esas actividades; es más bien cuestión de si nosotros, como padres, estamos ejerciendo la fe suficiente para seguir el consejo del Señor de vivir, enseñar, exhortar y fijar diligentemente esperanzas inspiradas por el evangelio de Jesucristo. Es un esfuerzo que nace de nuestra fe, de nuestra creencia en que, un día, esas semillas plantadas en su juventud arraigarán y comenzarán a brotar y a crecer.

Las cosas de las que hablamos, las cosas que predicamos y enseñamos, determinan las cosas que sucederán entre nosotros. Al establecer tradiciones sanas que enseñan la doctrina de Cristo, el Espíritu Santo da testimonio de la veracidad de nuestro mensaje y nutre las semillas del Evangelio que plantamos en lo profundo del corazón de nuestros hijos mediante nuestros esfuerzos a lo largo de todo el camino. De ello testifico, en el nombre de Jesucristo. Amén.