2010–2019
Tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo
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Tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo

Que tomemos fielmente sobre nosotros el nombre de Jesucristo, al ver como Él ve, servir como Él sirvió y confiar en que Su gracia es suficiente.

Mis queridos hermanos y hermanas, hace poco, mientras meditaba sobre la petición del presidente Russell M. Nelson de llamar a la Iglesia por su nombre revelado, me dirigí adonde el Salvador instruyó a los nefitas sobre el nombre de la Iglesia1. Al leer las palabras del Salvador, me llamó la atención cómo también le dijo al pueblo: “… debéis tomar sobre vosotros el nombre de Cristo”2. Esto me llevó a observarme a mí mismo y preguntar: “¿Estoy tomando sobre mí el nombre del Salvador como Él desearía que lo hiciera?”3. Hoy me gustaría compartir algunas de las impresiones que he recibido en respuesta a mi pregunta.

Primero, tomar sobre nosotros el nombre de Cristo significa que fielmente nos esforzamos por ver como Dios ve4. ¿Cómo ve Dios? José Smith dijo: “Mientras una parte de la raza humana juzga y condena a la otra sin compasión, el Gran Padre del universo vela por todos los de la familia humana con cuidado y consideración paternales”, porque “Su amor [es] inconmensurable”5.

Hace unos años, mi hermana mayor falleció. Ella tuvo una vida difícil; luchó con el Evangelio y nunca fue realmente activa. Su esposo abandonó su matrimonio y la dejó con cuatro hijos pequeños por criar. En la noche de su fallecimiento, en una habitación con sus hijos presentes, le di una bendición para que regresara pacíficamente a casa. En ese momento me di cuenta de que con demasiada frecuencia había definido la vida de mi hermana en términos de sus pruebas y su inactividad. Al colocar las manos sobre su cabeza esa noche, recibí una severa reprimenda del Espíritu. Se me hizo comprender su bondad y se me permitió verla como Dios la veía: no como alguien que luchaba con el Evangelio y la vida, sino como alguien que tuvo que lidiar con problemas difíciles que yo no tenía. La vi como una madre magnífica que, a pesar de los grandes obstáculos, había criado a cuatro hermosos y extraordinarios hijos. La vi como la amiga de nuestra madre, que se tomó el tiempo de velar por ella y ser su compañera después de que nuestro padre falleció.

Durante esa última velada con mi hermana, creo que Dios me estaba preguntando: “¿No puedes ver que todos los que te rodean son seres sagrados?”.

Brigham Young enseñó:

“Deseo instar a los santos… a comprender a los hombres y mujeres tal como son, y no como son ustedes”6.

“Con cuánta frecuencia se dice: ‘Tal persona ha actuado mal y no puede ser un santo’… Oímos a algunos maldecir y mentir… [o] quebrantar el día de reposo… No juzguen a esas personas, porque ustedes no conocen el designio del Señor con respecto a ellas… [Más bien], sean pacientes con ellas”7.

¿Puede alguno de ustedes imaginarse a nuestro Salvador dejando que ustedes y sus cargas pasen desapercibidos por Él? El Salvador miró al samaritano, a la adúltera, al recaudador de impuestos, al leproso, al enfermo mental y al pecador con los mismos ojos. Todos eran hijos de Su Padre. Todos eran redimibles.

¿Pueden imaginarlo alejándose de alguien con dudas sobre su lugar en el reino de Dios o de alguien afligido en alguna forma?8 Yo no puedo. A los ojos de Cristo, cada alma tiene un valor infinito. Nadie está preordenado a fracasar. La vida eterna es posible para todos9.

Desde que el Espíritu me reprendió junto al lecho de mi hermana, aprendí una gran lección: que cuando veamos como Él ve, nuestra victoria será doble: la redención de aquellos con quienes entramos en contacto, y nuestra redención.

Segundo, para tomar sobre nosotros el nombre de Cristo no solo debemos ver como Dios ve, sino que debemos efectuar Su obra y servir como Él sirvió. Vivimos los dos grandes mandamientos, nos sometemos a la voluntad de Dios, congregamos a Israel y dejamos que “alumbre [nuestra] luz delante de los hombres”10. Recibimos y vivimos los convenios y las ordenanzas de Su Iglesia restaurada11. Al hacer esto, Dios nos inviste con poder para bendecirnos a nosotros mismos, a nuestra familia y la vida de los demás12. Pregúntense: “¿Conozco a alguien que no necesite los poderes del cielo en su vida?”.

Dios obrará maravillas entre nosotros cuando nos santifiquemos13. Nos santificamos al purificar nuestro corazón14. Purificamos nuestro corazón cuando lo escuchamos15, nos arrepentimos de nuestros pecados16, nos convertimos17 y amamos como Él ama18. El Salvador nos preguntó: “Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis?”19.

Hace poco aprendí acerca de una experiencia de la vida del élder James E. Talmage que me hizo detenerme y considerar de qué manera amo y sirvo a quienes me rodean. Cuando era un joven profesor, antes de llegar a ser un apóstol, en el apogeo de la mortal epidemia de difteria de 1892, el élder Talmage se enteró de que una familia de desconocidos, no miembros de la Iglesia, vivían cerca de él y estaban afectados por la enfermedad. Nadie quería correr el riesgo de entrar en la casa infectada. Sin embargo, el élder Talmage inmediatamente se dirigió a la casa. Encontró cuatro niños: uno de dos años y medio, muerto en la cama; una de cinco años y otro de diez, que sufrían grandes dolores; y una de trece, muy debilitada. Los padres estaban sufriendo, con aflicción y fatiga.

El élder Talmage atendió a los muertos y a los vivos, barrió las habitaciones, llevó afuera la ropa sucia y quemó trapos inmundos contaminados con la enfermedad. Trabajó todo el día y luego regresó a la mañana siguiente. El niño de diez años murió durante la noche. Alzó y sostuvo a la niña de cinco años, quien tosió mucosidad sanguinolenta en toda su cara y su ropa. Él escribió: “No pude alejarla de mí”, y la abrazó hasta que ella murió en sus brazos. Ayudó a sepultar a los tres niños y organizó la comida y ropa limpia para la afligida familia. Al regresar a casa, el hermano Talmage se deshizo de su ropa, se bañó en una solución de zinc, se aisló en cuarentena de su familia y sufrió un leve ataque de la enfermedad20.

Tantas vidas a nuestro alrededor están en riesgo. Los santos toman el nombre del Salvador sobre sí al santificarse y ministrar a todos, sin importar dónde o cómo se encuentren; se salvan vidas cuando lo hacemos21.

Finalmente, creo que para tomar Su nombre sobre nosotros debemos confiar en Él. En una reunión a la que asistí un domingo, una joven me preguntó algo similar a lo siguiente: “Mi novio y yo recientemente terminamos nuestra relación, y él decidió dejar la Iglesia. Me dice que nunca ha sido más feliz. ¿Cómo puede ser esto?”.

El Salvador respondió esta pregunta cuando les dijo a los nefitas: “Pero si [vuestra vida] no está edificada sobre mi evangelio, y está fundada en los hechos de los hombres, o en las obras del diablo, de cierto os digo que [gozaréis] de [vuestra] obra por un tiempo, y de aquí a poco viene el fin”22. Simplemente no hay gozo duradero fuera del evangelio de Jesucristo.

En esa reunión, sin embargo, pensé en las muchas buenas personas que conozco que luchan con grandes cargas y mandamientos que son abrumadores, en el mejor de los casos. Me pregunté: “¿Qué otra cosa podría decirles el Salvador?”23. Yo creo que Él preguntaría: “¿Confías en mí?”24. A la mujer que padecía de flujo de sangre Él le dijo: “… tu fe te ha sanado; ve en paz”25.

Uno de mis pasajes favoritos de las Escrituras es Juan 4:4, que dice: “Y era menester que pasase por Samaria”.

¿Por qué me encanta ese pasaje? Porque Jesús no necesitaba ir a Samaria. Los judíos de Su época despreciaban a los samaritanos y viajaban por un camino que rodeaba Samaria; pero Jesús eligió ir allí a declarar ante todo el mundo por primera vez que Él era el Mesías prometido. Para este mensaje, Él no solo eligió a un grupo marginado, sino también a una mujer; y no a cualquier mujer, sino a una mujer que vivía en pecado, alguien considerado en ese tiempo como lo peor de lo peor. Creo que Jesús hizo esto para que cada uno de nosotros siempre pueda comprender que Su amor es más grande que nuestro temor, nuestras heridas, nuestras adicciones, nuestras dudas, nuestras tentaciones, nuestros pecados, nuestras familias divididas, nuestra depresión y ansiedades, nuestras enfermedades crónicas, nuestra pobreza, nuestro maltrato, nuestra desesperanza y nuestra soledad26. Él quiere que todos sepan que no hay nada ni nadie a quien Él no pueda sanar y brindarle gozo duradero27.

Su gracia es suficiente28. Él descendió solo debajo de todas las cosas. El poder de Su expiación es el poder de superar cualquier carga en nuestra vida29. El mensaje de la mujer en el pozo es que Él conoce las situaciones de nuestra vida30 y que siempre podemos caminar con Él, sin importar dónde nos encontremos. A ella y a cada uno de nosotros, Él nos dice: “… el que bebiere del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino [tendrá] una fuente de agua que brote para vida eterna”31.

En cualquiera de los viajes de la vida, ¿por qué se alejarían del único Salvador que tiene todo poder para sanarlos y liberarlos? Cualquier precio que deban pagar para confiar en Él vale la pena. Mis hermanos y hermanas, escojamos aumentar nuestra fe en nuestro Padre Celestial y en nuestro Salvador, Jesucristo.

Desde lo más profundo de mi alma, doy testimonio de que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es la Iglesia del Salvador, dirigida por el Cristo viviente mediante un profeta verdadero. Mi ruego es que tomemos fielmente sobre nosotros el nombre de Jesucristo, al ver como Él ve, servir como Él sirvió y confiar en que Su gracia es suficiente para llevarnos a casa y brindarnos gozo perdurable. En el nombre de Jesucristo. Amén.