1990-1999
    Los maestros son la clave eterna
    Notas al pie de página
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    Los maestros son la clave eterna

    “En esencia, somos una Iglesia de maestros. A pesar de las circunstancias de la vida o de la naturaleza del llamamiento que tengamos, todos los miembros de la Iglesia tienen la oportunidad de enseñar y testificar.”

    Esta carta histórica que tengo en la mano fue escrita hace noventa y ocho años. Cada página está dentro de un sobre plástico sellado para protegerlas. Pero si bien fue escrita hace casi ya un siglo, las palabras que contienen estas páginas tienen un gran significado para todos nosotros hoy día.

    El año 1899 fue una celebración de jubileo: el aniversario número cincuenta de la organización de la primera Escuela Dominical de la Iglesia. Como culminación de ese año de jubileo, una cápsula del tiempo, representada por una hermosa caja labrada a mano, se llenó con objetos que se pensó tendrían algún significado para quienes estuvieran presentes cuando se abriera una vez que hubieran pasado otros cincuenta años.

    Por consiguiente, en 1949, la cápsula del tiempo se abrió y entre otras cosas de valor histórico se encontró esta carta dirigida a las “Autoridades Generales de la Escuela Dominical, del año de nuestro Señor de 1949”. Esta carta dice lo siguiente:

    “El establecimiento de la primeras Escuelas Dominicales en las Montañas Rocosas estuvo acompañado de penurias y desánimo. La gente se encontraba en una tierra seca y árida, y expuesta a muchas privaciones. Era necesario que dedicaran todo el tiempo y la fortaleza disponibles para conseguir las cosas más indispensables; sin embargo, aún en medio de todo eso y con recursos sumamente limitados, comenzaron la educación de sus hijos.”

    La carta sigue diciendo: “Ahora bien, hermanos, apenas podemos vislumbrar lo que sucederá con la juventud de Sión durante los próximos cincuenta años. Los métodos didácticos que utilizamos en la actualidad puede que sean abandonados por otros más nuevos que se descubran en el futuro.

    Es posible que cuando ustedes reciban esta caja de jubileo, muchos de los que firmamos esta misiva hayamos pasado al otro lado junto con quienes en el momento integran el grandioso ejército de los que participan en la obra de la Escuela Dominical y por consiguiente el saludo de nosotros que hemos traspasado los umbrales de la muerte será para ustedes como la voz que clama desde el polvo.

    “La obra de la Escuela Dominical ha sido para nosotros una labor de amor y nuestro interés en ella no solamente se centra en el día de hoy sino que se extiende hacia el futuro.

    “…les suplicamos que, sean cuales sean los métodos de enseñanza que empleen y los cambios que se efectúen en los cincuenta años venideros, nunca se olviden ni por un instante del propósito de la gran obra de la Escuela Dominical, el cual es: Enseñar a los niños los principios del Evangelio de Jesucristo; hacer de ellos Santos de los Últimos Días”.

    Esta carta la firmó la Presidencia General de la Escuela Dominical, además de veintiún miembros de la mesa directiva, entre los que se encontraban Joseph F. Smith y Heber J. Grant, quienes más tarde prestaron servicio como presidentes de la Iglesia.

    Fue una carta profética. En verdad, los firmantes sólo pudieron apenas vislumbrar lo que sucedería con la juventud de Sión en los próximos cincuenta años. Durante ese tiempo, los métodos de comunicación de los últimos años del siglo diecinueve fueron totalmente reemplazados por un tremendo avance en lo que se refiere a la propagación de información. Aún la máquina de escribir que se utilizó para preparar este documento, en el año 1899m era en esa época una novedad y representaba ¡lo último en la tecnología de la comunicación! Faltaban todavía dos años para que tuviera lugar la primera transmisión radial de la voz humana: y pasarían todavía veintiún años antes de que se transmitiera por una cadena de radio; la Conferencia General tardaría aún veinticinco años en trasmitirse.

    Si las personas que escribieron esta carta en 1899 hubieran podido imaginarse, aunque fuera vagamente, los avances tecnológicos – la radio, la televisión a color, las computadoras [los ordenadores], el Internet o la programación que existe en la actualidad – se quedarían asombradas de saber que en un pequeño diskete de computadora se pueden archivar vastas colecciones de los libros y los discursos más grandiosos conocidos por la humanidad. Verían que, con sólo pulsar unas cuantas teclas en una computadora, una persona puede abrir las Escrituras y con facilidad correlacionarlas con otros grandes discursos y escritos de los Profetas, los cuales contienen la luz y el conocimiento que provienen de Dios.

    Con tristeza, también verían que los mismos instrumentos que enseñan luz y verdad pueden, con la misma facilidad, pero al pulsar otras teclas, poner a la vista algunos de los materiales más viles, más sórdidos, malvados e inmorales.

    No hay dude de que hemos sido bendecidos con instrumentos y métodos magníficos que pueden ayudarnos en la enseñanza; pero como pasa con todos ellos, deben utilizarse con sabiduría y discreción para que sean una bendición en nuestra vida y nos ayuden a simplificarla. De la misma forma que el fuego, cuando está bajo control, nos brinda tantas comodidades y beneficios, un fuego que se utiliza en forma inapropiada o que está fuera de control causa devastación y destrucción.

    Al prepararnos para otros cincuenta o cien años, quizás nosotros también podamos apenas vislumbrar qué nos depara el futuro. Debemos aprender a hacer buen uso de los instrumentos y de la tecnología que poseemos.

    El utilizar la tecnología con sabiduría implica el tener cuidado con lo que dejemos entrar a nuestra casa, en lo que se refiere a la televisión, los videos, las computadoras, incluso el Internet. Hay mucho de bueno y edificante en los medios de comunicación, pero hay también mucho que es grosero e inmoral, que nos quita el tiempo y que nos incita a estar “siempre aprendiendo, y nunca [poder] llegar al conocimiento de la verdad” (2 Timoteo 3:7). Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando había poca gasolina y la racionaban, recuerdo que había carteles con la inscripción “¿Necesito hacer este viaje?”. Hoy en día, en que las demandas de todos van en aumento y estamos tan escasos de tiempo, deberíamos hacernos la siguiente pregunta antes de comenzar un juego de video o encender la televisión o la computadora, o entrar en los muchos programas que hay disponibles: “¿Necesito hacer este viaje?”.

    Quizás toda persona que me esté escuchando pudiera hacerse la siguiente pregunta y contestársela honradamente: “¿Es la información que recibo de este instrumento de enseñanza edificante y verídica? ¿Son las horas que paso utilizándolo un uso eficaz de mi valioso tiempo? ¿Me ayuda este juego de computadora a cumplir con mis responsabilidades y mis metas?”. Si la repuesta no es un sí rotundo, entonces debemos tener a valentía y la determinación de apagarlo y guiar nuestra vida hacia labores más importantes.

    A pesar de los asombrosos avances tecnológicos de los últimos cien años, uno de los elementos de esta carta escrita en 1899 todavía se mantiene constante: la importancia de maestros bien capacitados, humildes, dedicados y cariñosos.

    Todos recuerdan a un maestro especial que haya tenido un gran impacto en su vida. Siempre sentiré un gran agradecimiento hacia la señorita Hamilton, mi maestra de segundo grado, quien a la vez era mi maestra de la Escuela Dominical. Todavía recuerdo cuando decía: “¡Ahora bien, recuerda que siempre debes ser un buen muchacho!” y “me siento muy orgullosa de ti”. Siempre me hizo sentir muy importante. Aprendí a quererla y estaba seguro que ella también me quería. Ese año escolar fue maravilloso y no me sentí contento cuando terminó. Las noticias corrían rápidamente en el pequeño pueblo de Sugar City, en Idaho, y un día de verano mi mamá me llamó a la casa para darme las malas neuvas: ¡mi querida señorita Hamilton se había ido y se había casado! ¡Y ni siquiera me pidió su opinión!

    Nuestra nuera, que es maestra, recibió una cartita a fin del año escolar que le envió uno de sus alumnos de tercer grado. Le decía: “Señorita Scoresby, la voy a extrañar más que a mi ratoncito, que era mi mascota y se murió”.

    En esencia, somos una Iglesia de maestros. A pesar de las circunstancias de la vida o de la naturaleza del llamamiento que tengamos, todos los miembros de la Iglesia tienen la oportunidad de enseñar y testificar. La forma en que vivimos de testimonio de lo que creemos y enseña a todos los que entran dentro de nuestra esfera de influencia.

    Sin embargo muchos, quizás la mayoría, de los miembros adultos de la Iglesia tienen la oportunidad de enseñar de una manera más directa. Los líderes, los padres y los maestros que han sido llamados tienen la responsabilidad específica constante de mejorar su enseñanza para que puedan preparar, capacitar y edificar a quienes estén dentro de su mayordomía. El presidente David O. McKay nos recordó que “la capacitación apropiada de la niñez es el deber más importante y sagrado del hombre” (“Gospel Ideals”, pág. 220). En Señor ha dejado bien claro que los padres “enseñarán a sus hijos a orar y a andar rectamente delante del Señor” (D. y C. 68:28).

    En las doctrinas de la Iglesia hay fortaleza, por lo que todos necesitamos aprender siempre y constantemente a fortificarnos espiritualmente. El presidente Hinckley a dicho: “Las fuerzas contra las cuales obramos son tremendas. Necesitamos más que nuestra fortaleza propia para enfrentarnos a ellas. Para todos los que poseen llamamientos de liderazgo, desde los numerosos grupos de maestros y misioneros hasta la cabezas de familia, quisiera extenderles una súplica: En todo lo que hagan, alimenten el espíritu – nutran el alma… Estoy convencido de que el mundo está hambriento de alimento espiritual” (“Feed the Spirit – Nourish the Soul”, Improvement Era, diciembre de 1969, pág. 85-86).

    El presidente Hinckley hizo esa declaración hace casi treinta años en una conferencia general. Entonces, ¿cuánta más necesidad tenemos de fortificación espiritual en la actualidad? En efecto, la enseñanza inspirada del Evangelio entre todos los miembros de la Iglesia es esencial para la estabilidad y el progreso espirituales de los miembros de todas las edades.

    La tecnología seguirá por ierto avanzando y los métodos con seguridad van a cambiar, pero el toque personal de un dedicado y cariñoso maestro que irradia el Espíritu es la clave de la realización de los deseos de los escritores de este documento de 1899, de enseñar a los niños y a las demás personas los “principios del Evangelio de Jesucristo; hacer de ellos Santos de los Últimos Días”. En el nombre de Jesucristo. Amén.