Liahona
El Maestro Sanador
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Mensaje del Área

El Maestro Sanador

Recientemente me topé con las siguientes imágenes que me llamaron mucho la atención. Se trata de una técnica centenaria del Japón llamada KINTSUGI, por medio de la cual una pieza de cerámica rota es restaurada, utilizando una resina mezclada con polvo de oro. Esta técnica se ha convertido en una especie de filosofía de vida, que pretende mostrar artísticamente cómo las experiencias en nuestra vida pueden dejar en nosotros marcas y cicatrices, las cuales, sin embargo, al ser sanadas, nos proporcionan una mayor belleza. Además, estas marcas nos convierten en seres únicos, ya que cada cual tiene experiencias individuales en su vida. Es decir, lo que antes era una vasija quebrada, ahora se ha convertido en un objeto de gran valor y enorme belleza.

Me encanta este simbolismo, ya que nos recuerda que, en nuestro trayecto de vida, en el cual cada uno de nosotros transita un camino muy individual y diferente el uno del otro, también pasaremos por desafíos, dificultades, dolores, enfermedades, al igual que momentos de gran gozo, todos ellos dejando una marca en nuestro ser.

Recordemos cómo el profeta Lehi enseñaba a su hijo Jacob en 2 Nefi 2 que es necesario que haya una “oposición en todas las cosas” (véase 2 Nefi 2 2:11) y que estos opuestos (alegría y tristeza, salud y enfermedad, rectitud e iniquidad, etc.) hacen parte integral y necesaria de nuestra experiencia sobre la tierra.

Por ello, en momentos de dificultades, tales como enfermedades, desilusiones, divorcios, el fallecimiento de seres queridos, pérdida de empleo y tantos otros momentos dolorosos, nos podremos sentir que hemos “… venido a ser como una vasija quebrada” (véase Salmo 31:12) y tal vez hasta tengamos la impresión de que nos parecemos a esta vasija de la foto.

Metafóricamente hablamos de que nos sentimos como si estuviéramos quebrantados o rotos; eso puede ser cierto al referirse a nuestro estado de ánimo o a nuestro cuerpo físico (por enfermedad u otros), pero nunca es así con nuestro espíritu, siendo que este es eterno y perfecto. Todos nosotros nos encontramos en un proceso de aprendizaje, crecimiento y formación, y qué reconfortante es saber que estamos en manos de un sabio Maestro, quien es nuestro Señor Jesucristo.

El Maestro Sanador

Jesucristo nos ha invitado a venir a Él y nos ha prometido que, al hacerlo, podremos encontrar descanso de todas nuestras aflicciones: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (véase Mateo 11:28–29, énfasis añadido).

Además, nos promete que podremos sentir la tan anhelada paz para nuestras almas: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción. Pero confiad; yo he vencido al mundo” (véase Juan 16:33, énfasis añadido).

En momentos cuando nos sintamos como una “vasija quebrada”, debemos recordar que Jesucristo, en su Expiación infinita, la cual llevó a cabo como hijo unigénito de Dios, no solamente rompió las ligaduras de la muerte, no solamente expió nuestros pecados bajo las condiciones del arrepentimiento, sino que también tomó sobre Él nuestros dolores y penas. Esto lo enseña hermosamente Alma, al decir: “Y él saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases; y esto para que se cumpla la palabra que dice: Tomará sobre sí los dolores y las enfermedades de su pueblo. Y tomará sobre sí la muerte, para soltar las ligaduras de la muerte que sujetan a su pueblo; y sus enfermedades tomará él sobre sí, para que sus entrañas sean llenas de misericordia, según la carne, a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos. … el Hijo de Dios padece según la carne, a fin de tomar sobre sí los pecados de su pueblo, para borrar sus transgresiones según el poder de su redención” (véase Alma 7:11–13, énfasis añadido).

Es decir, que Jesucristo, como nuestro Salvador y Redentor, a través de Su infinita expiación también nos promete ayudarnos con nuestras aflicciones. Al visitar a los nefitas, Él pidió que le trajeran a Él a todas las personas que sufrían alguna enfermedad o pena: “¿Tenéis cojos, o ciegos, o lisiados, o mutilados, o leprosos, o atrofiados, o sordos, o quienes estén afligidos de manera alguna? Traedlos aquí y yo los sanaré” (ver 3 Nefi 17:7, énfasis añadido).

A veces esto significa que no necesariamente retirará las penas completamente de nuestra vida (al fin y al cabo, forman parte de nuestro proceso de aprendizaje y crecimiento), pero sí que nos fortalecerá, nos animará y nos concederá consuelo y paz en medio de ellas.

Recuerdo las siguientes palabras de un amoroso padre Lehi a su hijo menor, Jacob: “he aquí, tú has padecido aflicciones y mucho pesar en tu infancia a causa de la rudeza de tus hermanos. No obstante, Jacob, mi primer hijo nacido en el desierto, tú conoces la grandeza de Dios; y él consagrará tus aflicciones para tu provecho. Por consiguiente, tu alma será bendecida” (véase 2 Ne 2:1–3, énfasis añadido). Es importante resaltar que “consagrar” nuestras aflicciones significa hacerlas sagradas.

También, el Señor le enseñó a Jose Smith lo siguiente al encontrarse sufriendo pesares profundos de tipo físico, espiritual y emocional en la cárcel de Liberty: “todas estas cosas te servirán de experiencia y serán para tu bien” (véase D. y C. 122:7, énfasis añadido).

El Señor sanará y convertirá nuestras aflicciones y nuestros pesares en elementos de crecimiento, fortaleza y aprendizaje. Con su bálsamo sanador, Él hará que estas experiencias amargas y difíciles se conviertan en características que adornarán nuestros seres, tal como un hábil artesano con su resina de oro es capaz de reparar una vasija quebrada y convertirla en una verdadera obra maestra. De esta forma, esta vasija queda aún más hermosa y valiosa de lo que era anteriormente.

Venir a Él es como cuando el Hijo Prodigo regresó de nuevo a la casa de su padre, luego de tanta aflicción y sufrimiento, y su padre lo recibió con los brazos abiertos y gran felicidad.

Cuando nos tornamos a Él en búsqueda de consuelo, fortaleza y ayuda, Él nos toma en sus brazos y sentimos su infinito amor y aquella paz y gozo que trasciende todo entendimiento. Entonces podemos ver nuestra vida desde una nueva perspectiva, viendo cómo todas las experiencias, buenas y malas, agradables y dolorosas, nos están ennobleciendo y están contribuyendo a nuestro crecimiento y a una mayor “estatura espiritual”.

Es mi testimonio que esto es así, y lo comparto con Uds. en el nombre de Jesucristo. Amén.