Liahona
La influencia heroica de mujeres rectas

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La influencia heroica de mujeres rectas

Las mujeres tienen una función poderosa en el evangelio de Jesucristo.

Algunos de mis recuerdos favoritos de la infancia son de mí acurrucada debajo de las sábanas, sosteniendo mi linterna mientras ojeaba las últimas páginas de un libro muy apreciado. Se ganaba la batalla, los personajes que me encantaban estaban a salvo y yo estaba feliz. Me quedaba despierta y me preguntaba qué se sentiría al ser el protagonista victorioso, y cuando finalmente me quedaba dormida, tenía una sonrisa en la cara.

Me encantaba vivir a través de los personajes de mis libros porque estaba segura de que alguien tan normal como yo nunca podría ser una heroína.

Mantuve esta creencia en silencio hasta que fue desafiada hace unas semanas en mi clase de psicología de la universidad, cuando me pidieron que escribiera sobre mis héroes. Los primeros rostros que me vinieron a la mente fueron los de las mujeres de mi vida. Al principio, me opuse a esta idea, pensando que muchas personas escriben sobre cómo sus madres, tías o líderes de las Mujeres Jóvenes son sus heroínas. Sin embargo, después me di cuenta de que se trataba exactamente de eso.

La mayoría de las personas que han cambiado mi vida no son magnates, ni millonarios ni expertos de renombre. Mis héroes son personas que se han tomado el tiempo para mostrarme amor a la manera de Cristo y que me han ayudado a entender quién soy en realidad.

Nuestro poder como mujeres rectas viene de darnos cuenta de nuestra propia importancia, de nuestra identidad divina y de nuestra capacidad de lograr muchas cosas. A cambio, darnos cuenta de nuestra propia valía nos permite ayudar a otras personas a entender sus fortalezas y también su valía infinita.

La hermana Jean B. Bingham, Presidenta General de la Sociedad de Socorro, nos animó a “encontrar nuestros dones y desarrollarlos, recordando Quién nos los dio, y luego utilizarlos para los propósitos de Él. Al compartir nuestros dones para bendecir a los demás, experimentamos el poder del sacerdocio en nuestra vida”1. Es muy importante que las mujeres entiendan siempre que el mundo “necesit[a] de su fortaleza, su conversión, su convicción, su capacidad para dirigir, su sabiduría y sus voces”2.

Además, por muy fuertes que podamos ser individualmente, somos mucho más fuertes cuando nos unimos. Las cargas pueden ser pesadas cuando destacamos o cuando estamos solas, pero juntas podemos “llevar las cargas los unos de los otros” al “llorar con los que lloran” y “consolar a los que necesitan de consuelo” (Mosíah 18:8–9). Debemos dejar de juzgar y competir los unos con los otros como el mundo lo hace. Nos necesitamos los unos a los otros en la restauración continua del Evangelio.

Cuando era más joven, definía el heroísmo como una persona salvando el mundo por medio de un sacrificio extraordinario. El heroísmo era algo que veías en las noticias: un bombero audaz que saca a un bebé de un edificio en llamas o un valiente perro esquimal que rescata a su dueño durante una brutal tormenta de invierno. Pero mi definición de heroísmo se ha expandido. El heroísmo es la barra de pan que te da una hermana ministrante porque fue inspirada a servirte. El heroísmo es enviar un mensaje alentador a alguien porque sentiste la impresión de que necesitaba oír tus palabras. El heroísmo es ofrecer tu hombro para mancharte con las lágrimas de una hermana que está de luto. El heroísmo es humilde, silencioso y valiente. El heroísmo es la valentía de tomar pequeños pasos para servir y amar a los demás, incluso en momentos de agotamiento, incertidumbre o apatía. El heroísmo se lleva a cabo de pequeñas maneras, “por medio de cosas pequeñas y sencillas se realizan grandes cosas” (Alma 37:6).

Si bien la luz de nuestro heroísmo individual puede tener un alcance aparentemente pequeño, es en conjunto que la luz del amor de Cristo puede llegar a todos los rincones del mundo. Como nuestro amado profeta, el presidente Russell M. Nelson, ha dicho: “Mis queridas hermanas, nada es más crucial para su vida eterna que su propia conversión. Son las mujeres convertidas y que guardan sus convenios […] cuyas vidas rectas se destacarán cada vez más en un mundo que se deteriora y quienes, por ello, serán consideradas diferentes y singulares al hacerlo de una manera feliz3.

Aunque los dragones, la magia y las batallas épicas son geniales, algún día —cuando lea el libro de mi vida— quiero ver que fui paciente ante la adversidad, amable ante la crueldad y mansa ante el odio. Quiero leer que conversé con los solitarios y defendí a los marginados, ayudándolos a verse a sí mismos de la manera que Dios los ve. Quiero saber que, gracias a la confianza que tenía en quien era y a que conocía el poder de mi influencia, ayudé a cambiar el mundo para bien, ayudé a impulsar la obra del Señor (aunque fuera en pequeñas maneras) y ayudé a preparar al mundo para Su regreso. Y cuando lo haga, veré que lo hice con la ayuda y la influencia de mis amadas hermanas y mujeres que han sido increíbles ejemplos de discipulado.