Conocer a la Trinidad
    Notas al pie de página

    Conocer a la Trinidad

    Tomado del discurso “La Trinidad”, pronunciado el lunes 23 de junio de 2013 en el Centro de Capacitación Misional de Provo, EE. UU. durante el seminario para nuevos presidentes de misión.

    Debemos llegar a conocer a estos Seres Divinos de toda manera posible; debemos amarlos, acercarnos a Ellos, obedecerles y esforzarnos por ser como Ellos.

    La Primera Visión, por Walter Rane.

    El profeta José Smith dijo: “El primer principio del Evangelio es conocer con certeza el carácter de Dios”1. Además agregó: “Deseo que todos lo conozcan y se familiaricen con Él”2. Debemos tener “una idea correcta de Sus… perfecciones y atributos” y admirar “la excelencia de [Su] carácter”3.

    Quisiera ampliar la exhortación que nos dio el Profeta y decir que nosotros y nuestros misioneros, los miembros y los investigadores debemos conocer con certeza la naturaleza de los integrantes de la Trinidad. Debemos tener una idea correcta de Sus perfecciones y atributos personales y sentir admiración por la excelencia de Su carácter individual.

    No es casualidad que nuestro primer Artículo de Fe diga: “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo” (Artículos de Fe 1:1). El mensaje que contiene es muy claro para todos los que enseñen el Evangelio: No tiene sentido tratar las demás verdades en las que creemos si no hemos fijado en nuestra mente y en la de aquellos a los que enseñamos la función preeminente que tiene la Trinidad en nuestra doctrina y en nuestro destino eterno. Debemos llegar a conocer a estos Seres Divinos de toda manera posible; debemos amarlos, acercarnos a Ellos, obedecerles y esforzarnos por ser como Ellos.

    Cuando traemos personas a la Iglesia, no las bautizamos en la religión de un hombre, sea este José Smith, Brigham Young o Thomas S. Monson, aun cuando honramos a estos profetas; ni las bautizamos en la religión de familias felices ni del Coro del Tabernáculo Mormón.

    Cuando traemos a la gente a la Iglesia, la bautizamos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Al hacerlo, estamos conduciéndolas de regreso a la presencia del Padre por medio del ministerio, la expiación y la gracia de Su Hijo, con la influencia del Espíritu Santo que los guía hacia esa meta. Al emprender la obra de la salvación, es preciso que mantengamos siempre presente la preeminencia de la Trinidad como medio y como fin.

    Si, como lo aconsejó el rey Benjamín, verdaderamente conocemos a estos Seres Divinos a los que servimos, y nos aseguramos de que no sean extraños para nosotros y de que nunca estén lejos de los pensamientos y de las intenciones de nuestro corazón (véase Mosíah 5:13), quizás entonces logremos los mismos resultados que obtuvo el rey Benjamín. ¿Cuáles fueron esos resultados? Su pueblo experimentó “un potente cambio”, no tuvo “más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente”, y estuvo dispuesto a “concertar un convenio con… Dios de hacer su voluntad y ser obedientes a sus mandamientos en todas las cosas que él [les mandara], todo el resto de [sus] días” (Mosíah 5:2, 5).

    Izquierda: En el servicio de Dios, por Walter Rane, cortesía del Museo de Historia de la Iglesia; derecha: detalle de El bautismo, por J. Kirk Richards.

    Ese fue el impacto que causaron las enseñanzas del rey Benjamín en su congregación, y es una definición perfecta en las Escrituras del verdadero crecimiento de nuestros conversos, en el cual hacemos hincapié al establecer la Iglesia “por todo el mundo” (Marcos 16:15).

    Tal como el Salvador mismo enseñó, la obra misional —la obra de salvación— es semejante a una red que lanzamos hacia un mundo cada vez más amplio de naciones, culturas y pueblos. Por ello recogeremos, como dice la parábola, “toda clase de peces” (Mateo 13:47). Muchos de esos “peces”, dentro de nuestros confines cada vez más extensos, no saben quién es Dios ni qué es en realidad Su Paternidad; no saben verdaderamente quién es Jesucristo ni por qué el Suyo es el único nombre dado bajo el cielo por el cual podemos ser salvos (véase Hechos 4:12); no saben quién es el Espíritu Santo ni por qué este miembro de la Trinidad fue “enviado para enseñar la verdad” (D. y C. 50:14).

    El conocimiento de la Trinidad

    Por supuesto, hay muchas otras cosas que esos peces que recogemos de toda clase no saben, pero si van a abrazar el Evangelio restaurado y verdaderamente encontrar la salvación de su alma, tendrán que comenzar por obtener algo de conocimiento y comprensión en cuanto a los miembros de la Trinidad. En última instancia, “la adoración verdadera y salvadora solo se encuentra entre aquellos que conocen la verdad sobre… la Trinidad y que entienden la verdadera relación que los hombres deben tener con cada uno de los miembros de [lo que una de las Autoridades Generales ha llamado] esa Presidencia Eterna”4.

    El élder Bruce R. McConkie (1915–1985), que integró el Cuórum de los Doce Apóstoles, nos recordó que Lucifer comprende la importancia de esa doctrina, aun cuando nosotros no la comprendamos; él dijo:

    “No hay salvación en creer… una doctrina falsa, en particular una idea falsa o insensata acerca de la Trinidad o de cualquiera de sus miembros…

    “Es lógico entonces que, más que casi cualquier otra cosa que pudiera hacer, el diablo prefiere difundir falsa doctrina acerca de Dios y de los miembros de la Trinidad, e inducir sentimientos falsos con referencia a cada uno de Ellos”5.

    Por tanto, ningún investigador puede entrar a esta Iglesia con un verdadero testimonio, con verdadera conversión y con lo que procuramos para todo converso y llamamos verdadero crecimiento, a menos que tenga al menos el comienzo de una experiencia personal, espiritual y real con Dios. Ese tipo de experiencia genuina se tiene solamente cuando se llega a la comprensión de que Él es un Ser real, una persona, un Padre literal de carne y huesos que habla, ve y siente; que conoce el nombre y las necesidades de todos Sus hijos, que escucha todas sus oraciones y que los quiere a todos en Su Iglesia. Es preciso que esos investigadores sepan que Él tiene un plan para que puedan salvarse y que ha dado mandamientos que nos indican cómo encontrar el camino de regreso a Él.

    Un Dios que se preocupa por ellos con tanta ternura como un padre por su hijo no puede ser una niebla etérea ni un vago concepto filosófico ni un amo del universo indiferente. Se lo debe reconocer por lo que realmente es: un Padre misericordioso y compasivo, a cuya imagen ha sido creado cada uno de Sus hijos y ante quien todos nosotros nos encontraremos algún día, ¡y entonces nos arrodillaremos! Pocos de nuestros investigadores, ya sea dentro o fuera del cristianismo contemporáneo, conocen ya esa clase de Dios.

    Con respecto a eso, es muy significativo el hecho de que la lección 1 en Predicad Mi Evangelio comience con esta sencilla afirmación: “Dios es nuestro Padre Celestial”6. En esa lección, lo primero que los misioneros deben determinar es qué comprensión tiene sobre la verdadera naturaleza de Dios cada persona a la que enseñen.

    Si los misioneros pueden lograr que los investigadores tengan una comprensión apropiada de Dios en la mente y el corazón al comenzar a enseñarles, todo lo demás encajará en su sitio más fácilmente al seguir enseñándoles.

    La misión y el mensaje de Jesucristo

    Izquierda: En el servicio de Dios, por Walter Rane, cortesía del Museo de Historia de la Iglesia; derecha: detalle de El bautismo, por J. Kirk Richards.

    De igual manera, todo élder, hermana misionera e investigador por igual, tiene que llegar a apreciar, mucho más de lo que lo hacen, la grandeza de la misión y del mensaje de Jesucristo, quien vino al mundo del Padre y enseñó lo que el Padre le enseñó a Él. Todos deben llegar a comprender que Jesús vino a la tierra para mostrarnos el camino, la verdad y la vida. Ciertamente, Él es el único camino, la verdad absoluta y la vida perfecta. Como tal, Él es el único hijo dentro de la familia humana de quien el Padre puede decir plena y completamente: “Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco…” (Mateo 17:5).

    Debemos tener fe en Cristo, confiar en que Él nos ha redimido de la muerte física y del infierno espiritual, aceptar Su expiación como el único medio para reconciliarnos con Dios, y reconocer que no hay ningún otro camino a la Salvación. Para que el mundo sea redimido, debe doblar la rodilla y confesar que Jesús es el Cristo, el Hijo viviente del Dios viviente. Debemos enseñar con fe y fervor “la doctrina de Cristo” (Hebreos 6:1; 2 Juan 1:9; 2 Nefi 31:2, 21; 32:6; Jacob 7:2, 6) tal como se declara en las Escrituras y como se resume en la lección 3 de Predicad Mi Evangelio.

    Los peces en nuestra red ampliamente extendida necesitan saber que el Espíritu Santo es el miembro de la Trinidad con el que establecerán una relación más frecuente e íntima al recibir a los misioneros y al orar para recibir guía divina en cuanto a su mensaje. Es ese miembro de la Trinidad el que conducirá a los investigadores a la verdad y que luego les dará testimonio de esa verdad cuando la encuentren. Se debe enseñar a los investigadores a reconocer al Espíritu cuando se manifieste en el curso de las lecciones. Sin duda, los misioneros deben comprender la función divina del Espíritu Santo en el proceso de conversión y esforzarse por tenerlo consigo en todo momento.

    “¿A qué se os ordenó?”, pregunta el Señor. “A predicar mi evangelio por el Espíritu, sí, el Consolador que fue enviado para enseñar la verdad…

    “De manera que, el que la predica [por el Espíritu] y el que la recibe [por el Espíritu] se comprenden el uno al otro, y ambos son edificados y se regocijan juntamente” (D. y C. 50:13–14, 22).

    Podemos tener la certeza absoluta de que las cosas no irán bien, ni para los misioneros ni para los investigadores, si no enseñamos sobre la Divinidad. No debemos dirigir la atención hacia los líderes mortales antes de haber enseñado y testificado de los celestiales; no debemos tratar de enseñar verdades secundarias antes de haber enseñado las fundamentales. No debemos apresurarnos hacia el bautismo y la meta de lograr un nuevo converso hasta haber enseñado la verdadera fe en Dios, explicado la importancia del arrepentimiento sincero en Cristo y habernos asegurado de que esos primeros brotes cruciales del testimonio en crecimiento del converso se mantengan fuertes y activos por medio de la influencia vigorizante del Santo Espíritu.

    La confusión en el cristianismo

    En relación con la naturaleza incuestionable de estos Seres divinos, nuestras revelaciones de los últimos días enseñan que “El Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo; pero el Espíritu Santo no tiene un cuerpo de carne y huesos, sino es un personaje de Espíritu…” (D. y C. 130:22).

    Detalle de Sanando al ciego, por Carl Heinrich Bloch.

    ¡No hay declaración básica de principios más clara que esta! Lamentablemente, casi dos milenios de historia cristiana han creado una confusión terrible y un error casi fatal en este sentido. Muchas evoluciones y repeticiones de credos religiosos han distorsionado enormemente la claridad sencilla de la doctrina verdadera, declarando que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son abstractos, absolutos, trascendentes, inmanentes, consustanciales, coeternos e incognoscibles; sin cuerpo, partes ni pasiones; y que moran fuera del espacio y del tiempo.

    En esos credos, los tres miembros son personas separadas pero constituyen un solo ser, lo que con frecuencia se conoce como “el misterio de la Trinidad”. Son tres personas distintas; sin embargo, no son tres Dioses, sino uno. Las tres personas son incomprensibles, pero es un Dios el que es incomprensible.

    Por lo menos en ese punto estamos de acuerdo con nuestros críticos: tal concepto de la divinidad es en verdad incomprensible. Con una definición de Dios tan confusa impuesta a la iglesia, no es de extrañar que un monje del siglo IV haya exclamado: “¡Ay de mí! Me han privado de mi Dios… y ya no sé a quién adorar ni a quién dirigirme”7. ¿Cómo habremos de confiar, amar y adorar —y ni hablemos de emular— a un Ser que es incomprensible e imposible de conocer? ¿Cómo entender la oración de Jesús cuando dijo que “ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”? (Juan 17:3; cursiva agregada).

    No es nuestra intención menospreciar nunca las creencias de ninguna persona ni la doctrina de ninguna religión; concedemos a todos el mismo respeto por su doctrina que pedimos tengan hacia la nuestra (ese también es un artículo de nuestra fe). Sin embargo, nada menos que el prestigioso Diccionario Bíblico Harper, que es el estándar de oro en ese campo, hace constar que “la doctrina formal de la Trinidad, según la definieron los grandes consejos eclesiásticos de los siglos cuarto y quinto, no se encuentra en [ninguna parte] del [Nuevo Testamento]”8.

    Así que, con franqueza, nos sentimos totalmente cómodos de hacer saber que no tenemos el punto de vista de la Trinidad de los siglos IV o V, que estaba influenciada por el paganismo; y que tampoco la tenían aquellos primeros santos cristianos que fueron testigos oculares de la vida Cristo9. Somos cristianos del Nuevo Testamento, no cristianos del credo niceno.

    La unidad de los miembros de la Trinidad

    No obstante, me apresuro a recalcar que, una vez puntualizado el carácter distintivo de Sus personas, es igualmente importante hacer hincapié en la unidad de la Trinidad y en que verdaderamente son Uno. Creo que puedo afirmar con seguridad que parte de la razón por la que se nos malinterpreta en el ámbito cristiano se debe a que, al subrayar las personalidades individuales de la Trinidad, no hemos acompañado con suficiente frecuencia ese concepto con, no solo el admitir, sino el insistir en la unidad que tienen en prácticamente todos los demás aspectos. Debido a eso, hemos cosechado críticas innecesarias y hemos hecho que nuestra posición como Santos de los Últimos Días sea más difícil de entender de lo que debería.

    De hecho, el gran pasaje de 2 Nefi 31 sobre la “doctrina de Cristo” termina con estas palabras: “Y ahora bien… ésta es la doctrina de Cristo, y la única y verdadera doctrina del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, que son un Dios, sin fin” (2 Nefi 31:21).

    Todos hemos leído la majestuosa oración intercesora del Salvador que se encuentra en Juan 17. Sabemos que se trata de una declaración de unidad entre el Padre y el Hijo, y entre Ellos y nosotros, Sus discípulos terrenales. Léanla seguido, en particular en vista de que el presidente David O. McKay (1873–1970) una vez la llamó “la oración más grandiosa… que se haya pronunciado en este mundo”10. Tal como Jesús lo suplicó, debemos esforzarnos por ser uno con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

    El testimonio de un Apóstol

    Concluyo con mi testimonio de cada uno de estos Seres divinos que constituyen esa “Eterna Presidencia” de la que hemos hablado. Doy testimonio del Espíritu Santo, mediante la influencia del Espíritu Santo; quien tiene como dos de Sus grandes funciones las de ser testigo y dar testimonio. Testifico que el Espíritu Santo es un maestro, un Consolador y el agente de la revelación personal. Testifico que el Espíritu Santo nos recordará todas las cosas, lo cual es una bendición especial, puesto que el recordar es uno de los grandes mandamientos que se nos dan, incluso en las oraciones sacramentales (véase D. y C. 20:77, 79).

    Testifico que por medio del poder del Espíritu Santo, podemos disipar las tinieblas de entre nosotros y ser advertidos del peligro y de la falsedad. Doy testimonio de que el Espíritu Santo es también el Santo Espíritu de la Promesa, que confirma y valida los convenios y las ordenanzas y que, en última instancia, sella todas las bendiciones salvadoras para vida eterna. Me maravilla que tengamos tan fácil acceso a un miembro de la Trinidad y que podamos tenerlo en forma constante y reiterada, si vivimos dignos de ello. Expreso mi casi inexpresable gratitud por el don del Espíritu Santo.

    Doy testimonio de Jesucristo, el Hijo viviente del Dios viviente, que pagó el rescate para liberar mi alma y la de ustedes, el alma de todo hombre, mujer y niño desde Adán hasta el fin del mundo. Testifico que el primer principio del Evangelio es fe en el Señor Jesucristo, y que es el fundamento y el mensaje central de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

    Izquierda: No se haga mi voluntad sino la tuya, por Harry Anderson; derecha: detalle de el Consolador Cristo, por Carl Heinrich Bloch.

    Testifico que todo ser humano nacido en este mundo nace con la Luz de Cristo en su alma. Doy testimonio de que Él es el Primero y el Último, el Principio y el Fin, el Alfa y Omega de nuestra salvación. Declaro que Él es el gran Jehová, el Yo Soy redentor, el Cordero de Dios que sería inmolado, desde antes de la fundación del mundo. Testifico que en Él moró la plenitud y que Él nació, vivió y murió siendo un Hombre sin pecado, perfecto, sin defectos y sin mancha.

    Estoy agradecido de que la autoridad de Jesucristo, que regula todo lo de importancia eterna en este universo, lleve Su nombre: el Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios. Aunque viviera mil años, nunca podría expresar adecuadamente el asombro ni el sentimiento de ineptitud que tengo por haber sido llamado a ser uno de Sus apóstoles, un testigo de Su nombre en todo el mundo.

    Asombro me da el amor que me da Jesús.

    Confuso estoy por Su gracia y por Su luz11.

    Doy testimonio de Dios el Eterno Padre, el gran Elohim, mi Padre y el Padre de todos, el que dio vida a nuestro espíritu. Testifico que Él es el Hombre de Santidad, que la misericordia y la bondad, el amor y la compasión son solo un indicio de Sus características principales y eternas. Testifico que Cristo vino a mostrarnos al Padre y que por eso fue llamado, con razón, el Hijo del Hombre (de Santidad).

    Doy testimonio de que Dios nuestro Padre es el autor del gran Plan de Salvación y que lo que llegó a ser conocido como el evangelio de Jesucristo también se conoce como “el evangelio de Dios” (Romanos 1:1; véanse también los versículos 2–3). Doy testimonio de que el Padre fue y es el Creador de todas las cosas, por medio de Jehová y de otros agentes celestiales que contribuyeron para llevar a cabo la Creación, y que comparte el título de Creador con Su Hijo Amado. Testifico que debemos servir al Padre en el nombre del Hijo, de la misma manera que debemos orar al Padre en el nombre del Hijo.

    Testifico que Jesucristo vino a hacer la voluntad del Padre, enseñó la doctrina del Padre y forjó Su propia salvación por medio del Padre. Expreso un testimonio solemne de que de tal manera amó el Padre al mundo, a Sus hijos, que dio a Su mejor hijo, Su hijo perfecto, Su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en Él crea tenga vida eterna (véase Juan 3:36; 6:47; Helamán 14:8).

    Estoy agradecido por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en cuyos nombres se realizan en esta Iglesia las ordenanzas sagradas y salvadoras, desde el bautismo hasta los sellamientos del templo. Invito a cada uno de ustedes a llegar a conocer profundamente a estos Seres Divinos.

    Notas

    1. José Smith, en History of the Church, tomo VI, pág 305.

    2. José Smith, en History of the Church, tomo VI, pág 305.

    3. Lectures on Faith, 1985, págs. 38, 42.

    4. Véase, de Bruce R. McConkie, “Our Relationship with the Lord”, devocional de la Universidad Brigham Young, 2 de marzo de 1982, pág. 1, speeches.byu.edu.

    5. Véase, de Bruce R. McConkie, “Our Relationship with the Lord”, págs. 1–2.

    6. Predicad Mi Evangelio: Una guía para el servicio misional, 2004, pág 31.

    7. Citado por Owen Chadwick, ed., en Western Asceticism, 1958, pág. 235.

    8. Paul J. Achtemeier, ed., Harper’s Bible Dictionary, 1985, pág. 1099.

    9. Para un análisis minucioso de este tema, véase de Stephen E. Robinson, Are Mormons Christians?, 1991, págs. 71–89; véase también, de Robert Millet, Getting at the Truth: Responding to Difficult Questions about LDS Beliefs, 2004, págs. 106–122.

    10. David O. McKay, en Conference Report, octubre de 1967, pág. 5.

    11. “Asombro me da”, Himnos, nro.118.