2012
El Señor es mi canción

El Señor es mi canción

Tom Sullivan, Arizona, EE. UU.

Debido a que vivía en una pequeña ciudad de Arizona con una población predominante de Santos de los Últimos Días, los misioneros y los miembros de la Iglesia me hablaban a menudo en cuanto a la Iglesia. Con frecuencia, invitaban a mis hijos y a mí a asistir a la Iglesia, a leer las Escrituras o ambas cosas. No tenía ningún interés en aceptar sus invitaciones, pero les daba gracias educadamente por su interés en mi familia.

Al conocer a la mujer con la que más tarde me casaría, ella me dijo que era Santo de los Últimos Días. Admiraba su espiritualidad y accedí a asistir a la Iglesia con ella después de que nos casáramos. Fiel a mi palabra, comencé a asistir habitualmente e incluso disfrutaba la atmósfera y el compañerismo. Pero, aunque estudiaba las Escrituras, asistía a la Iglesia y oraba en privado y con mi familia, seguía dudando de la existencia de Dios. No importaba cuánto lo intentaba, me sentía como si no pudiera deshacerme de mis orígenes agnósticos. Debido a que no me sentía más cerca de Dios que cuando había comenzado, rechacé toda invitación a bautizarme.

Después de haber asistido a la Iglesia por seis años, mi padre, quien había estado en las Fuerzas Armadas de los EE. UU., falleció repentinamente. Mi familia y yo queríamos que se hiciera un toque de silencio junto a su tumba y, como soy músico profesional, se me pidió que tocara la canción. Había tocado en cientos de ceremonias para entierros, pero debido a que era el servicio de mi padre, sabía que iba a ser diferente para mí. También sabía, por el funeral de mi madre, que mis emociones intensificadas afectarían mi habilidad para tocar. Estaba determinado a no dejar que mis emociones interfirieran con la música como lo habían hecho durante los servicios de ella.

Minutos antes de que empezara la ceremonia, intenté practicar nerviosamente. Sólo habían salido unas pocas notas de práctica de mis labios, cuando me di cuenta de que estaba repitiendo mi fracaso anterior. Se formaron lágrimas y comencé a llorar. Mis sollozos entorpecieron mi respiración. ¿Cómo iba a poder tocar?

No me preocupaban los elogios a mi favor, pero sí quería honrar a mi padre. Al comenzar a tocar, me di cuenta de que respiraba entrecortado. No era normal para mí pedir ayuda pero, a estas alturas, no sabía qué otra cosa hacer. La primera nota que salió fue débil. Por dentro, supliqué a mi Padre Celestial: “Por favor”. Al tocar la segunda nota, mis pulmones se llenaron de aire y el sonido salió de mi trompeta con un tono extraordinario y hermoso. Durante el resto de la pieza, toqué más allá de mi destreza. Cuando terminé la última nota, de repente me encontré sin aire y luchando por respirar entre lágrimas.

Como músico, conozco mis fortalezas y mis debilidades. Sencillamente dicho, no podría haber tocado tan bien incluso bajo las mejores circunstancias. Para mí, era obvio que el Padre Celestial había contestado a mi súplica y me había bendecido con la fortaleza y la habilidad para honrar a mi padre terrenal. Recibí un testimonio especial de que el Padre Celestial nos contesta en maneras que podemos comprender. Su respuesta en mi momento de necesidad me ayudó a darme cuenta de que Él siempre había tenido el deseo de comunicarse conmigo.

Después de varios meses, superé mi obstáculo de agnosticismo y me uní a la Iglesia. Aunque bautizarme fue un acto de fe, sabía que el Padre Celestial me bendeciría. Mi experiencia con el toque de silencio me enseñó que Él contestará mis oraciones de acuerdo con mi necesidad y mi entendimiento.