¿Por qué realizamos la obra misional?
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¿Por qué realizamos la obra misional?

Tomado de un discurso pronunciado en un seminario para nuevos presidentes de misión el 23 de junio de 1992.

El propósito de nuestra obra misional consiste en ayudar a los hijos de Dios a cumplir con una condición prescrita por nuestro Salvador y Redentor.

Elder Dallin H. Oaks

La base doctrinal de la obra misional se encuentra en la siguiente declaración del Salvador a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo que el que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5).

El “reino de Dios” al que se hace referencia aquí es el reino celestial.

No predicamos ni enseñamos con el fin de “traer personas a la Iglesia” ni lo hacemos para aumentar el número de miembros de la Iglesia. No predicamos ni enseñamos solamente para persuadir a las personas a vivir una vida mejor. Honramos y apreciamos a los numerosos ministros y a otras personas que participan en un ministerio que convierte a las malas personas en buenas, y a las buenas en mejores. Esto es importante, pero nosotros ofrecemos algo más. Sin la ayuda de esta Iglesia, uno puede hacerse merecedor de heredar el reino terrestre en vez del reino telestial. Nuestra mira es un destino más elevado.

El propósito de nuestra obra misional consiste en ayudar a los hijos de Dios a cumplir con una condición prescrita por nuestro Salvador y Redentor. Predicamos y enseñamos con el fin de bautizar a los hijos de Dios, para que puedan ser salvos en el reino celestial en vez de quedar limitados a un reino inferior. Realizamos la obra misional para bautizar y confirmar. Ésta es la base doctrinal de la obra misional.

El Evangelio restaurado nos proporciona un conocimiento adicional acerca de Jesucristo y Su doctrina. Sin embargo, lo que distingue nuestro mensaje no es solamente este conocimiento adicional. El requisito del bautismo nos recuerda que las verdades que enseñamos no son académicas. El Evangelio restaurado consta de doctrinas y ordenanzas. Proclamamos que el bautismo es necesario para ser redimidos de los pecados según las condiciones prescritas por el Redentor, y que sólo los poseedores del sacerdocio de esta Iglesia poseen la autoridad divina que transforma el acto de la inmersión en el agua en una ordenanza del Evangelio sempiterno. Nuestra predicación y enseñanza va dirigida al bautismo.

El bautismo es un requisito pero, ¿por qué? ¿Por qué es necesario bautizarse de esta manera y por medio de una persona que posea esta autoridad en particular? No lo sé. Lo que sí sé es que la remisión de pecados sólo es posible mediante el sacrificio expiatorio de nuestro Salvador, Jesucristo, y que Él ha prescrito esa condición, una y otra vez. Su sacrificio pagó el precio de mis pecados, y Él ha prescrito las condiciones mediante las cuales puedo ser salvo gracias a Su pago. Para mí, ésta es razón suficiente.

Como nos han dicho los profetas de esta dispensación, el propósito de que los misioneros estén en el campo misional es el de salvar almas, bautizar conversos, lo cual abre las puertas del reino celestial a los hijos y a las hijas de Dios.

Nadie más puede hacer esto.

Las otras iglesias no pueden hacerlo.

Una buena vida cristiana no puede lograrlo.

La buena fe, los buenos deseos y los razonamientos sensatos no pueden lograrlo.

Sólo el sacerdocio de Dios puede administrar un bautismo que satisfaga el decreto divino de que “el que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5).

La base doctrinal de la obra misional es la palabra de Dios, revelada en todas las épocas, que establece que el hombre no puede obtener la salvación en el reino celestial sin el sacrificio expiatorio de Jesucristo, y que la única manera de apelar a los méritos de esa Expiación es seguir el mandamiento de su autor: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros” (Hechos 2:38). Se nos llama a cooperar en este gran esfuerzo.

Cristo enseña a Nicodemo, por Robert T. Barrett; ilustración fotográfica y fondo por Cary Henrie.