Finalmente acepté el desafío
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Finalmente acepté el desafío

Jennifer Garrett, California, E.U.A.

“¿Cómo les está yendo con la lectura del Libro de Mormón?”, le preguntó el obispo a mi familia durante el ajuste de diezmos de 2005.

Acabábamos de terminar de hablar en cuanto a las muchas responsabilidades que yo tenía en la Iglesia y en mi hogar con dos niños pequeños. Vacilé un poco y mencioné cuán difícil me resultaba leer un capítulo entero todos los días, pero en mi corazón sabía que sólo estaba poniendo excusas. La verdad era que, aunque había hecho muchas cosas buenas durante los últimos meses, no había intentado leer el Libro de Mormón de tapa a tapa, como nos había instado a hacer el presidente Gordon B. Hinckley1.

Al comenzar el año nuevo, el Espíritu me hizo sentir remordimiento. Me sentía como Naamán el leproso, quien, en un principio, se había negado a llevar a cabo la simple tarea de lavarse en las aguas del Jordán, como le había indicado el profeta Eliseo (véase 2 Reyes 5:1–14). El leer el Libro de Mormón también es una tarea sencilla.

El siguiente domingo de ayuno, varios hermanos y hermanas expresaron su testimonio acerca de la forma en que las promesas del profeta se habían cumplido en su vida; sabía que me había perdido esas bendiciones porque no había escuchado su voz. Fue así que tomé la decisión de leer el Libro de Mormón de tapa a tapa durante el año 2006, y los años que siguieran, a fin de que, tal como el presidente Hinckley, pudiera llegar a amar ese libro.

Cuando se acercaba el final de ese año, medité acerca de mi meta con la seguridad de que terminaría el libro para fin de año. Me di cuenta de que había llegado a obtener una comprensión que no podría haber conseguido de ninguna otra fuente; había estrechado mi relación con mi Padre Celestial y con mi Salvador; había encontrado más oportunidades de compartir el Evangelio a lo largo del año, porque había leído el Libro de Mormón y podía testificar de su veracidad.

Ojalá hubiera aceptado el desafío del presidente Hinckley en 2005. Al igual que Naamán, quien finalmente se lavó en las aguas del Jordán, podría haber comenzado a disfrutar de las bendiciones del Libro de Mormón desde mucho antes.

Agradezco haber aprendido la importancia de aceptar los desafíos que provengan del Profeta aunque sean sencillos. Ansío la llegada de un nuevo año lleno de las bendiciones que se obtienen por leer el Libro de Mormón una vez más.

Nota

  1. Véase de Gordon B. Hinckley, “Un testimonio vibrante y verdadero”, Liahona, agosto de 2005, pág. 6.