¿Quién está preparado?
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¿Quién está preparado?

Pensé que mi amiga estaba preparada para escuchar el Evangelio. ¿Por qué tenía esa impresión?

Durante mi último año en la escuela secundaria, oré para que el Espíritu me guiara hacia alguien que estuviera preparado para escuchar el Evangelio. Mientras oraba, tenía una amiga en la mente. Mi amiga Ashley (se ha cambiado el nombre) había expresado cierto interés en mi religión, y ya estaba siguiendo algunas de las mismas normas que los jóvenes Santos de los Últimos Días. Yo estaba convencida de que había llegado el momento de que escuchara el Evangelio.

En aquel momento, yo era miembro de la presidencia de la clase de Laureles, y durante una reunión del comité del obispado para la juventud, tuve una fuerte impresión de que debía sugerir al obispo que tuviéramos una actividad misional en la Mutual. Sentí que los jóvenes de nuestro barrio debían invitar a sus amigos que no eran miembros a esta actividad, que consistiría en una sesión de preguntas y respuestas con los misioneros que prestaban servicio en nuestro barrio. Mi obispo organizó con mucho entusiasmo la actividad con los élderes, y yo estaba segura de que ésta era la respuesta por la que yo había estado orando. Ashley podría venir a aprender más del Evangelio en un entorno en el que no sentiría ninguna presión. Confiaba en que una vez que Ashley viniera a la actividad de preguntas y respuestas, el Espíritu la conmovería, solicitaría recibir las charlas misionales, y en el espacio de más o menos un mes sería bautizada y confirmada miembro de la Iglesia.

Mis oraciones se concentraron entonces en la manera de invitar a Ashley a la actividad. Oré para que pudiera actuar como instrumento en las manos del Señor para presentar Su plan y el Evangelio a alguien que estuviera preparado para recibirlo. En la escuela, invité a Ashley a la actividad, y ella dijo que les preguntaría a sus padres si les parecía bien.

Luego por la tarde recibí una llamada de Ashley. Me dijo que sus padres le permitirían ir a la actividad sin problemas. Además, me explicó que antes de que sus padres se casaran, su padre había convivido con dos compañeros de habitación que eran SUD y quedó muy impresionado con su comportamiento. Esto me llenó de alegría, ya que el único obstáculo que yo había imaginado era la aprobación de los padres de Ashley para que ella buscara otra religión.

Mientras oraba acerca de la actividad misional que se aproximaba, sentí una paz que me dio la certeza de que había sido un instrumento en las manos del Señor y que Él estaba complacido porque yo había seguido aquel sentimiento durante la reunión del comité del obispado para la juventud. Tenía muchas ganas de que llegara la actividad. Hacía muchos años que Ashley y yo éramos amigas, y me entusiasmaba poder participar en presentarle el Evangelio y, por supuesto, en su conversión resultante.

En la mañana del día de la actividad, recibí una llamada telefónica de Ashley. Había cambiado de idea y ya no tenía planeado ir a la actividad. Yo me quedé abatida y confundida. Había estado orando por Ashley, estaba segura de que estaba preparada, y ella era la única razón por la que me había embarcado con tanto entusiasmo en la obra misional. También me sentí avergonzada. Durante el proceso de planificación de la actividad, le había dejado muy claro a todo el mundo que mi amiga Ashley estaba preparada para conocer y aceptar el Evangelio.

Mientras lloraba de frustración en mi cuarto, comenzaron a asaltarme muchas dudas. Si me había equivocado con Ashley, entonces quizá también me había equivocado al creer que la actividad de preguntas y respuestas con los misioneros era algo inspirado por el Espíritu. Abrumada por un sentimiento adolescente de incertidumbre, enojo, auto- conmiseración y decepción, decidí que yo tampoco asistiría a la actividad.

Unas semanas más tarde, mientras caminaba por la biblioteca de la escuela, mi amigo Brian me preguntó si me gustaría asistir a su bautismo. Brian y yo no habíamos asistido a ninguna clase juntos ese año, así que hacía bastante tiempo que no lo había visto ni habíamos hablado. El año anterior nos habíamos sentado juntos en una clase de historia y habíamos trabajado en equipo en un proyecto para la clase. El tema de este proyecto, que nuestro profesor nos asignó al azar, fue “José Smith y los mormones”. Me acordé de que Brian se había mostrado bastante interesado en el tema a medida que íbamos investigando. No obstante, también le gustaba mucho bromear y me decía cosas como: “¿Qué número de esposa me dijiste que era tu madre?” y “este fin de semana habrá una fiesta muy divertida. Ah, casi lo olvido… eres mormona y no sería divertido ir contigo”. Por ello, al principio pensaba que la invitación a su bautismo era otra broma a costa de mi religión. No me parecía que fuera el tipo de persona que estuviera preparada para unirse a una Iglesia con “normas tan restrictivas”.

Sin embargo, las siguientes palabras que salieron de su boca me dejaron atónita, ya que me describió el torbellino de acontecimientos que había vivido durante las últimas semanas. Me explicó que oyó por casualidad a un compañero de clase y miembro de mi barrio mientras invitaba a alguien a una actividad de preguntas y respuestas en la Iglesia Mormona. Cuando esta persona rechazó la invitación, Brian preguntó a nuestro compañero de clase si él podía ir en su lugar. Tras la actividad, comenzó a escuchar inmediatamente las charlas misionales, leyó el Libro de Mormón, oró al respecto y supo que era verdadero. Se iba a bautizar de verdad, y si yo lo deseaba, podía asistir. Después de todo, me dijo, yo fui quien le habló de José Smith y de los mormones.

Me quedé sin palabras y me di cuenta de que el Señor había escuchado mis oraciones. Me había utilizado como un instrumento en Sus manos para encontrar a una persona que Él había preparado para escuchar y aceptar el Evangelio. Nunca se me habría ocurrido invitar a Brian a conocer a los misioneros porque no me parecía que estuviera preparado, no como Ashley.

Durante aquella lección de humildad, me di cuenta de la importancia que tiene que yo siga todos los sentimientos que reciba del Espíritu. Aunque sigo orando para que Ashley esté preparada para recibir el Evangelio, aprendí una lección significativa del resultado inesperado de mi tentativa de compartir el Evangelio con ella. El Señor siempre tiene un propósito para las impresiones que nos da, y no me hace falta saber ni adivinar en qué consiste. Más bien, tengo la responsabilidad de actuar de acuerdo con estos susurros, con confianza y determinación. Al orar para tener oportunidades misionales, al actuar de acuerdo con los susurros del Espíritu y al aceptar la voluntad del Señor, más bien que intentar imponer la mía, seré más capaz de servir como instrumento en las manos de Dios y así ayudar a edificar Su reino.

Ilustraciones por Sal Velluto y Travis Walton

¡Tenía que ser Ashley! De todas las personas que conocía, me parecía que ella era la que aceptaría el Evangelio más fácilmente.