¡Cuidado!
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¡Cuidado!

Mark H. Soelberg, Utah, E.U.A.

La noche del 23 de julio de 1991, el élder Charles Larsen y yo regresábamos a casa desde el Aeropuerto Internacional de Auckland después de dejar a un misionero que acababa de terminar su misión. Era invierno en Nueva Zelanda y hacía varios días que estaba lloviendo.

Yo iba manejando nuestro auto hacia el gran Puente Harbour, que conecta Auckland con Takapuna. Al acercarnos a una curva en la parte más baja del puente, un auto compacto nos pasó a alta velocidad; cuando el veloz automóvil comenzó a tomar la curva, el conductor perdió el control sobre el pavimento mojado. El auto patinó hacia la izquierda y luego hacia la derecha, chocando contra una barrera de cemento que evitó que cayera del puente a las aguas del puerto.

El auto rebotó contra la pared, se volcó, se deslizó y finalmente se detuvo. Impresionado por lo que acabábamos de ver, inmediatamente me detuve en el margen izquierdo de la vía y encendí las luces de emergencia. Instintivamente, el élder Larsen y yo salimos de un brinco para ver si podíamos ayudar. Antes de llegar al auto, un hombre salió por una de las ventanas rotas, se bajó del puente y se fue hasta la orilla del agua, donde desapareció en la oscuridad. Lo llamamos, pero no respondió.

Logré llegar hasta el pequeño auto destrozado, el cual había quedado de costado, con la puerta del acompañante hacia arriba. Como faltaba una ventana, me asomé para ver si había alguien adentro. De repente, oí una voz fuerte y clara que decía: “¡Cuidado!”. Sobresaltado por la voz, enseguida me retiré de un brinco. Casi en ese mismo instante, otro auto que iba a gran velocidad dobló en la curva y chocó contra el auto destrozado en el que acababa de apoyarme.

Debido a la curva de la carretera y a la barrera de cemento, los conductores que se acercaban no podían ver el accidente que había más adelante, lo que ocasionó que otros autos formaran parte del choque múltiple. El élder Larsen y yo corrimos hacia la curva, agitando los brazos a fin de que los conductores se detuvieran. La policía no tardó en llegar, y nos enteramos de que el primer auto lo habían robado.

Al regresar a casa, pensaba en que había estado a punto de resultar herido o de haber perdido la vida, y le agradecí al élder Larsen que me hubiese advertido del auto que se acercaba. Me miró sorprendido y dijo: “Élder Soelberg, yo no dije nada; no estaba cerca de usted y ni siquiera vi el auto que dio vuelta a la curva”.

Permanecimos sentados un rato, sintiendo un enorme sentimiento de gratitud. Aquella noche nos arrodillamos y le dimos gracias a nuestro Padre Celestial por la advertencia que literalmente me había salvado la vida. Después de aquella experiencia, he expresado muchas veces mi testimonio en cuanto a la importancia de ser receptivos al Espíritu del Señor y escuchar Su voz.

De repente, oí una voz fuerte y clara que decía: “¡Cuidado!”.