El cuerpo, un don sagrado
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El cuerpo, un don sagrado

Consideremos nuestros cuerpos a la manera del Señor y no a la manera del mundo.

Por Diane L. Spangler

¿Qué piensan de su cuerpo cuando se miran en el espejo? Si sienten una ola de pensamientos despreciativos, no son los únicos. Los estudios recientes muestran que aproximadamente el 63 por ciento de las mujeres y el 50 por ciento de los hombres de los Estados Unidos no están contentos con su cuerpo y lo miran de una manera negativa, estadísticas que se reflejan en la comunidad de los Santos de los Últimos Días1.

Al ejercer como psicóloga, he observado a mujeres talentosas, virtuosas que son Santos de los Últimos Días y que se menosprecian porque su cuerpo no se asemeja a los que ven en las películas o en las revistas. Muchas de ellas dicen que no valen nada a menos que se vean bien. Otros clientes han sido tan corrompidos por la pornografía, que ven al cuerpo como un objeto para ser consumido y para sacar provecho. Muchos se sienten finalmente engañados, atrapados y degradados ellos mismos, ya que junto con la pérdida del respeto por el cuerpo y por los demás, se pierde inevitablemente el respeto por uno mismo.

El mundo nos enseña que la apariencia física determina el atractivo y el valor individuales. Cuanto más “ideal” sea el tipo de cuerpo de una persona, mayor es su valor y mayores posibilidades tiene de vivir una vida feliz y realizada. Muchas veces se critica a las personas que no tienen el cuerpo ideal o nadie les hace caso, mientras que a aquellas con cuerpos ideales se las busca, se les tiene envidia o se les da autoridad.

¿Es ésta la forma en la que Dios desea que consideremos nuestro cuerpo? En las Escrituras Dios revela una perspectiva en cuanto al cuerpo, la cual es muy diferente a la del mundo. En las Escrituras y en otras revelaciones se ofrecen verdades incomparables acerca del cuerpo, que nos libran de las ideas del mundo y de las prácticas que nos agobian.

El cuerpo es sagrado y nos ayuda a progresar

Una verdad fundamental del Evangelio acerca del cuerpo es el principio de que el tener un cuerpo físico es un atributo divino: somos más como Dios con un cuerpo que sin él. Nuestra religión es virtualmente autónoma en la creencia de que Dios tiene un cuerpo tangible de carne y huesos, y que los nuestros fueron literalmente creados a Su imagen. En la Perla de Gran Precio leemos que “a imagen de su propio cuerpo, varón y hembra los creó” (véase Moisés 6:8–9). Para llegar a ser como Dios, se requiere obtener un cuerpo como Él lo tiene, y aprender a comprenderlo y a usarlo correctamente. A aquellos que escogieron no seguir a Dios en el estado preterrenal, se les negaron cuerpos mortales. El profeta José Smith declaró que el no tener cuerpo es un castigo para Satanás2.

El cuerpo, entonces, es necesario para el progreso y para obtener una plenitud de gozo. El tener un cuerpo mortal indica que tomamos una decisión correcta en la existencia preterrenal. Inherentes al cuerpo mortal hay poderes y capacidades que nos permiten continuar nuestro progreso hacia la divinidad. El cuerpo no es solamente una manera de transporte para la cabeza, ni tampoco una irritación carnal para el espíritu, como algunos creen. Sino más bien es un componente esencial y poderoso del alma, ya que “el espíritu y el cuerpo son el alma del hombre” (D. y C. 88:15). El privilegio de saber que Dios literalmente tiene un cuerpo, y que el cuerpo sigue progresando, nos da una posición de ventaja única gracias a la cual podemos comprender y disfrutar su enorme potencial.

El cuerpo es un don sagrado

Una segunda verdad que las Escrituras nos ofrecen en cuanto al cuerpo es la de aclarar su naturaleza como un don sagrado de Dios. Aunque en esta vida todos vamos a morir, gracias a la expiación de Jesucristo todos seremos resucitados y reunidos con nuestros cuerpos para siempre (véase 1 Corintios 15:22). En realidad, uno de los propósitos esenciales de la expiación de Cristo era el de darnos la oportunidad de vencer la muerte. En un marcado contraste con la definición del mundo de un cuerpo “perfecto” está nuestra creencia en un cuerpo perfeccionado —el cuerpo junto con el espíritu— que ha vencido tanto la muerte espiritual como la física. Un cuerpo perfecto, o perfeccionado, puede obtenerse finalmente sólo por medio de Jesucristo.

Las Escrituras nos advierten de no tratar livianamente las cosas sagradas y de tener cuidado de no tratar el cuerpo de una manera irrespetuosa. Alma pregunta:

“…¿Podéis resistir estas palabras? Sí, ¿podéis desechar estas cosas y hollar con los pies al Santo de Israel? Sí, ¿Podéis inflaros con el orgullo de vuestros corazones? Sí, ¿persistiréis aún en usar ropas costosas y en poner vuestros corazones en las vanidades del mundo…?

“Sí, ¿persistiréis en suponer que unos sois mejores que otros?” (Alma 5:53–54).

Tales pasajes de las Escrituras nos enseñan cómo pensar en cuanto a nuestro cuerpo. Si no pensamos en otra cosa más que en manipularlo o adornarlo, ¿con qué propósito estamos utilizando nuestro don? Si no lo cuidamos debidamente, ¿hasta qué punto estamos limitando nuestro don? Si usamos nuestro cuerpo de una manera directamente opuesta a los mandamientos de Dios, ¿cuál será el propósito de ese don? En las Escrituras se recalca una pregunta pertinente: “…¿en qué se beneficia el hombre a quien se le confiere un don, si no lo recibe?” La sabia respuesta es: “He aquí, ni se regocija con lo que le es dado, ni se regocija en aquel que le dio la dádiva” (D. y C. 88:33).

El propósito del cuerpo es ayudarnos a aprender, a progresar, a prestar servicio y a glorificar al que nos dio ese don: Dios. Demasiadas veces, sin embargo, la gente equivocadamente supone que el cuerpo es para glorificarse a sí mismo. Cualquier forma de falta de respeto hacia nuestro cuerpo —exhibirlo, menospreciarlo, participar en un comportamiento inmoral o descuidarlo— constituye el rechazo del don. En cambio, un Dios amoroso y sabio nos aconseja estar agradecidos por el cuerpo que tenemos y llegar a ser mayordomos prudentes de él.

El llegar a ser un mayordomo prudente y agradecido del cuerpo a menudo requiere renunciar a algo mundano para obtener algo celestial. Para algunos, tal ofrenda quizás incluya dejar de aspirar a ser tan esbeltos como los modelos profesionales, mientras que para otros, quizás se trate de abandonar la costumbre de arreglarse por demás y de vestirse con ropa costosa o inmodesta. Y habrá otros para los que tal vez sea renunciar a los placeres de corto plazo como comer de más, eludir el ejercicio adecuado, o mirar al cuerpo de los demás como objeto para gratificación propia. Al abandonar las prácticas mundanas, recibimos un gran beneficio espiritual. El comprender y seguir la verdad en cuanto al cuerpo nos da libertad: libertad de la tiranía de la vanidad, de la moda, de la envidia, de la superficialidad, de la autocrítica, de las murmuraciones, de los efectos dañinos de comer demasiado o de no alimentarse bien, de la lujuria, de la pornografía, de la adicción a las drogas, de los tatuajes, y de una hueste de otras clases de cargas y opresiones mundanas. El llegar a comprender el verdadero propósito del cuerpo aumenta nuestra habilidad de usar el albedrío, de progresar y de encontrar dicha.

El cuerpo es un templo

Otra verdad que se nos enseña en las Escrituras es que el cuerpo es un templo (véase 1 Corintios 6:19). Un templo no es solamente un lugar sagrado, sino que también irradia luz y verdad.

Cuando el Señor mandó al profeta Samuel para ungir al nuevo rey de entre los hijos de Isaí, Samuel vio a uno de los ocho hijos de Isaí llamado Eliab y supuso, basado en su apariencia física, que él debía ser ungido rey. Pero el Señor le dijo que se había equivocado y le aconsejó lo siguiente: “…No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura… porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Samuel 16:7).

Al igual que Samuel, debemos aprender que el cuerpo y las personas no deben ser juzgados utilizando el criterio del mundo. El valor de una persona no depende de su apariencia. Lo que hace que un templo sea valioso es lo que nos permite aprender y actuar. Muchos edificios son bellos por fuera, pero solamente dentro del templo se encuentran el esplendor y la magnificencia de las verdades y promesas eternas de Dios. Igualmente, el valor del cuerpo es grande a la vista de Dios, pero ese valor reside en lo que nos permite aprender y hacer y en lo que emana de su interior. Debemos permitir que nuestros templos, o cuerpos, emitan la luz, el amor y la verdad de Cristo. Alma nos pregunta: “…¿Habéis nacido espiritualmente de Dios? ¿Habéis recibido su imagen en vuestros rostros?” (Alma 5:14). Tener en el rostro la imagen de Cristo que irradia verdad, caridad y esperanza constituye una belleza verdadera, belleza ante los ojos de la persona más importante: Dios. La verdadera belleza se basa en cómo y en quién es la persona. Tal belleza divina es algo que se siente y no que se ve, y no está limitada por la cultura, la edad, ni por otro criterio del mundo.

Confiar en Dios y no en el brazo de la carne

Debido a que a Satanás se le negó un cuerpo mortal, él sabe muy bien lo valioso que es. Busca la manera de confundirnos y tentarnos para hacer mal uso del cuerpo e incluso de desperdiciarlo para que seamos miserables como él (véase 2 Nefi 2:27).

En todas las culturas, hay diferentes maneras de maltratar el cuerpo. Entre dichas influencias, el tratarlo de la manera debida requiere reflexión deliberada y esfuerzo.

Si se encuentran preocupados con la apariencia de su propio cuerpo o del de los demás, o si tienen dificultad de sentirse a gusto con su cuerpo, pueden preguntar a Dios qué pueden hacer al respecto. Si hacen esa pregunta con verdadera intención, la fortaleza y la ayuda que necesiten les será dada a través de las Escrituras, el Espíritu Santo u otros medios. Nuestro Padre Celestial nos ayudará en las dificultades que enfrentemos con nuestro cuerpo mortal. Él nos creó a nosotros y nuestro cuerpo y pronunció que todas las cosas que Él había creado eran buenas en gran manera (véase Moisés 2:31).

Si luchan con una dificultad muy grave y tienen un problema como anorexia nerviosa, bulimia nerviosa, obesidad excesiva o adicción a las drogas, es posible que necesiten la ayuda profesional de un psicólogo o médico. Sin embargo, ya sean los problemas de naturaleza física, ideológica, emocional o de comportamiento, los medios más eficaces para vencerlos son tratar de entender que el cuerpo es sagrado y aceptar el alivio que esa comprensión produce.

Mientras que Satanás conspira para que estemos descontentos y faltemos al respeto a nuestro cuerpo y al de otras personas, Dios nos inspira para que tengamos otro punto de vista. Por medio de la Expiación, Jesucristo puede sanar nuestra mente y nuestro corazón en lo que se refiere al cuerpo, si así lo deseamos. Al tratar nuestro cuerpo y el de los demás de una manera que concuerde con las Escrituras, la imagen que tenemos del cuerpo será transformada. Reconoceremos las ilusiones del mundo y estaremos liberados de las prácticas y opiniones mundanas. Tener fe en estos principios acerca del cuerpo contribuirá a nuestra salud física y mental.

Diane L. Spangler es un miembro del barrio Cedar Hills 5, Estaca Cedar Hills, Utah.

Consejos para los padres

Estos consejos les servirán para ayudar a sus hijos a desarrollar una sana imagen del cuerpo:

  • Enseñen a sus hijos que Dios nos valora por quienes somos, y no por el aspecto que tengamos.

  • Ayuden a sus hijos a entender la diferencia entre la perspectiva que tiene el mundo del cuerpo y la perspectiva que tiene el Evangelio.

  • Si sus hijos critican la apariencia de otra persona, enséñenles que este comportamiento no concuerda con las enseñanzas del Evangelio.

  • Enseñen a sus hijos que Dios creó nuestro cuerpo para ayudarnos a progresar y llegar a ser como Él. Pídanles que digan lo que su cuerpo les permite aprender y hacer.

  • Enseñen a sus hijos que podemos demostrar a Dios que apreciamos nuestro cuerpo al cuidarlo y al utilizarlo de acuerdo con los propósitos por los que fue creado.

Notas

  1. Véase de AnnMarie Carroll y Diane L. Spangler, “A Comparison of Body Image Satisfaction among Latter-day Saint and Non–Latter-day Saint College-Age Students”, Journal of the Association of Mormon Counselors and Psychotherapists, otoño de 2001, págs. 6–18.

  2. Véase Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 217.