2010–2019
Los preciosos dones de Dios
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Los preciosos dones de Dios

La vida puede estar llena de fe, gozo, felicidad, esperanza y amor cuando ejercemos la mínima cantidad de fe verdadera en Cristo.

Hermanos y hermanas, acabamos de participar en una asamblea solemne, una práctica que puede remontarse a la Biblia, cuando el antiguo Israel se congregaba para sentir la presencia del Señor y celebrar Sus bendiciones1. Tenemos el privilegio de vivir en una época en la que esta práctica antigua ha sido restaurada por medio del profeta José Smith2. Les insto a escribir en su diario personal lo que sintieron sobre esta ocasión sumamente sagrada en la que han participado.

Recientemente despedimos a nuestro querido amigo y profeta, el presidente Thomas S. Monson. A pesar de que todos lo extrañamos, estamos profundamente agradecidos porque el Señor ha llamado a un nuevo profeta, el presidente Russell M. Nelson, para que presida Su Iglesia. De una manera ordenada, ahora hemos comenzado un nuevo capítulo en la historia de nuestra Iglesia. Este es un don precioso de Dios.

Cuando todos nosotros sostuvimos al presidente Nelson con la mano en alto, fuimos testigos ante Dios y reconocimos que él es el legítimo sucesor del presidente Monson. Al alzar la mano, prometimos escuchar su voz según él reciba la guía del Señor.

El Señor ha dicho:

“Daréis oído [refiriéndose al Presidente de la Iglesia] a todas sus palabras y mandamientos que os dará según los reciba…

“porque recibiréis su palabra con toda fe y paciencia como si viniera de mi propia boca”3.

Conozco a nuestro nuevo profeta y presidente desde hace más de 60 años. He servido con él en el Cuórum de los Doce durante 33 años y soy testigo de que la mano del Señor lo ha estado preparando para llegar a ser nuestro apóstol presidente y profeta a fin de administrar todas las llaves del Santo Sacerdocio en la Tierra. Ruego que cada uno de nosotros lo sostenga completamente a él y a sus consejeros, y siga su dirección. También les damos una afectuosa bienvenida al élder Gong y al élder Soares como miembros del Cuórum de los Doce Apóstoles.

Después de la resurrección de Jesús, un acontecimiento que celebramos este glorioso fin de semana de Pascua, Él se apareció a Sus discípulos y dijo: “¡Paz a vosotros! Como me envió el Padre, así también yo os envío4. Noten que hay una acción de dos partes: Dios envía a Su Hijo; el Hijo envía a Sus siervos —hombres y mujeres mortales— para que lleven a cabo la obra de Ellos.

No nos debe sorprender el descubrir que aquellos que son llamados a hacer la obra del Señor no son humanamente perfectos. Hay relatos de las Escrituras que describen incidentes sobre hombres y mujeres que fueron llamados por Dios para realizar una gran obra —buenos hijos e hijas de nuestro Padre Celestial llamados a servir en sus asignaciones en la Iglesia, que se esforzaron por dar lo mejor de sí y, sin embargo, ninguno de ellos era aún perfecto. Lo mismo sucede con nosotros hoy en día.

Dada la realidad de nuestras debilidades y limitaciones humanas, ¿cómo seguimos adelante en nuestra tarea de apoyarnos y sostenernos el uno al otro? Comienza con la fe: una fe verdadera y sincera en el Señor Jesucristo. La fe en el Salvador es el primer principio de la doctrina y el Evangelio de Cristo.

Hace varios años visité la Tierra Santa. Mientras pasábamos por una planta de mostaza, el director del Centro de BYU en Jerusalén me preguntó si alguna vez había visto un grano de mostaza. Le respondí que no, así que nos detuvimos. Me mostró los granos de la planta de mostaza; eran sorprendentemente pequeños.

Recordé las enseñanzas de Jesús: “… porque de cierto os digo que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible”5.

Si tenemos una fe tan pequeña como un grano de mostaza, el Señor puede ayudarnos a mover las montañas del desaliento y la duda en las tareas que nos aguardan a medida que servimos con los hijos de Dios, entre ellos los miembros de nuestra familia, los miembros de la Iglesia y aquellos que aún no son miembros de ella.

Hermanos y hermanas, la vida puede estar llena de fe, gozo, felicidad, esperanza y amor cuando ejercemos la mínima cantidad de fe verdadera en Cristo, aun un grano de mostaza de fe.

El élder George A. Smith recordó un consejo que le dio el profeta José Smith: “Me dijo que no debía desalentarme nunca, fueran cuales fueran las dificultades que me rodearan; que si estaba hundido en el pozo más profundo de Nueva Escocia, con todas las Montañas Rocosas apiladas encima, no debía desalentarme sino sobrellevarlo, ejercer la fe y mantener el valor, y al final saldría a la cima”6.

Debemos recordar la declaración de Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”7, y saber que este es otro don precioso de Dios.

Además de los dones que he mencionado, existen muchos, muchos más. Menciono ahora solo unos pocos: El don del día de reposo, la Santa Cena, el servicio a los demás y el don inigualable de nuestro Salvador que Dios nos dio.

El poder del día de reposo es experimentar en la Iglesia y en el hogar la delicia, el gozo y el calor de sentir el Espíritu del Señor sin ningún tipo de distracción.

Demasiadas personas casi viven en línea con sus dispositivos inteligentes: las pantallas iluminan su rostro día y noche y los auriculares en los oídos bloquean la voz suave y apacible del Espíritu. Si no apartamos tiempo para desconectarnos, podríamos perder oportunidades de escuchar la voz de Aquel que dijo: “Quedaos tranquilos, y sabed que yo soy Dios”8. Ahora bien, no hay nada de malo en aprovechar los avances de las tecnologías inspiradas por el Señor, pero debemos ser prudentes al utilizarlas. Recuerden el don del día de reposo.

La bendición de recibir la Santa Cena en la reunión sacramental nunca debe convertirse en rutina o simplemente algo que hacemos. Tan solo son 70 minutos en toda una semana en los que podemos hacer una pausa y hallar más paz, gozo y felicidad en nuestra vida.

Tomar la Santa Cena y renovar nuestros convenios es una señal que le damos al Señor de que siempre nos acordamos de Él. Su expiación es un don misericordioso de Dios.

El privilegio de prestar servicio a los hijos del Padre Celestial es otra oportunidad de seguir el ejemplo de Su Hijo Amado sirviéndonos unos a otros.

Algunas oportunidades de servicio son formales: en nuestra familia, nuestros llamamientos de la Iglesia y nuestra participación en organizaciones de servicio comunitario.

Los miembros de la Iglesia —tanto hombres como mujeres— no deberían dudar, si es su deseo, en postularse como candidatos a cargos públicos en cualquier nivel del gobierno, donde sea que vivan. Nuestras voces son esenciales e importantes hoy en día en nuestras escuelas, en nuestras ciudades y en nuestros países. Donde existe la democracia, tenemos el deber, como miembros, de votar por hombres y mujeres honorables que estén dispuestos a servir.

Muchas oportunidades de prestar servicio son informales —sin una asignación— y se presentan cuando tendemos la mano a otras personas que conocemos en el trayecto de la vida. Recuerden que Jesús le enseñó al intérprete de la ley que debemos amar a Dios y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, utilizando al Buen Samaritano como ejemplo9.

El servicio nos da la oportunidad de comprender la vida y el ministerio de Cristo. Él vino para servir, como enseñan las Escrituras, “así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos”10.

Posiblemente Pedro ha ofrecido la mejor descripción del ministerio terrenal del Salvador en tres palabras cuando se refirió a Jesús, quien “anduvo haciendo bienes”11.

El Señor Jesucristo es el don más preciado de todos los dones de Dios. Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”12.

Nefi captó la importancia de nuestro Salvador cuando declaró: “… hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados”13. Debemos hacer que Cristo sea el centro de nuestra vida en todo momento y en todo lugar.

Debemos recordar que es Su nombre el que aparece en nuestros lugares de adoración; somos bautizados en Su nombre y somos confirmados, ordenados, investidos y sellados en matrimonio en Su nombre. Tomamos la Santa Cena y prometemos tomar Su nombre sobre nosotros, y llegar a ser verdaderos cristianos. Por último, en la oración sacramental se nos pide “recordarle siempre”14.

Al prepararnos para mañana, domingo de Pascua de Resurrección, recordemos que Cristo es supremo. Él es el Juez justo, nuestro fiel Intercesor, nuestro bendito Redentor, el Buen Pastor, el Mesías prometido, un Amigo verdadero y mucho, mucho más. Ciertamente Él es un don muy preciado de nuestro Padre para nosotros.

En nuestro discipulado, tenemos muchas exigencias, preocupaciones y asignaciones. Sin embargo, algunas actividades siempre deben ocupar el centro de nuestra membresía en la Iglesia. “De manera que”, manda el Señor, “ocupa el oficio al que te he nombrado; socorre a los débiles, levanta las manos caídas y fortalece las rodillas debilitadas”15.

¡Esa es la Iglesia en acción! ¡Esa es la religión pura! ¡Ese es el Evangelio en el sentido verdadero: cuando socorremos, levantamos y fortalecemos a quienes tienen necesidades espirituales y temporales! Para hacerlo, se necesita que los visitemos y ayudemos16 a fin de que su testimonio de fe en el Padre Celestial y en Jesucristo y Su expiación se arraigue en sus corazones.

Ruego que el Señor nos ayude y bendiga para que atesoremos nuestros muchos y preciados dones de Dios, incluyendo nuestra membresía en Su Iglesia restaurada. Ruego que estemos llenos de amor por los hijos del Padre Celestial y que podamos ver sus necesidades y estemos dispuestos a responder sus preguntas y preocupaciones acerca del Evangelio de forma clara y amable, lo cual aumentará la comprensión y el aprecio del uno para con el otro.

Testifico que Jesucristo es nuestro Salvador. Lo que se nos enseñará en esta conferencia general lo recibiremos por la inspiración de apóstoles y profetas, de Autoridades Generales y hermanas líderes que son Oficiales Generales de la Iglesia. Que el gozo y la paz del Señor permanezcan con cada uno, es mi humilde oración en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.