2010–2019
Ministrar con el poder y la autoridad de Dios
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Ministrar con el poder y la autoridad de Dios

Ministraremos en Su nombre, con Su poder y autoridad, y con Su amorosa bondad.

Mis amados hermanos, gracias por su dedicación al Señor y Su santa obra. Es un verdadero gozo estar con ustedes. Como nueva Primera Presidencia, les agradecemos sus oraciones y sus esfuerzos para sostenernos. Estamos agradecidos por sus vidas y su servicio al Señor. Su dedicación al deber y su servicio desinteresado son igual de importantes en sus llamamientos que los nuestros en nuestros llamamientos. A través de una vida de servicio en la Iglesia, he aprendido que en verdad no importa dónde servimos; lo que le importa al Señor es cómo servimos.

Expreso una profunda gratitud por el presidente Thomas S. Monson, quien fue un ejemplo para mí durante más de cincuenta años. Y expreso una honda admiración por sus consejeros, el presidente Henry B. Eyring y el presidente Dieter F. Uchtdorf. Los felicito por su servicio al Señor y a Sus profetas. Estos dos dedicados siervos han recibido nuevas asignaciones; y continúan sirviendo con energía y empeño; les rindo honor y los amo.

Prestar servicio en la Iglesia verdadera y viviente del Señor con Su autoridad y poder es una bendición extraordinaria. La restauración del sacerdocio de Dios, incluso la de las llaves del sacerdocio, pone a disposición de los Santos de los Últimos Días dignos la mayor de todas las bendiciones espirituales. Vemos cómo esas bendiciones se derraman sobre mujeres, hombres y niños de todo el mundo.

Vemos mujeres fieles que entienden el poder inherente a sus llamamientos, así como de su investidura y otras ordenanzas del templo. Dichas mujeres saben cómo invocar los poderes del cielo para proteger y fortalecer a sus esposos, a sus hijos y a otras personas que aman. ¡Son mujeres espiritualmente fuertes que lideran, enseñan y ministran sin temor en sus llamamientos, con poder y autoridad de Dios!1 ¡Cuán agradecido estoy por ellas!

Asimismo, vemos hombres fieles que viven a la altura de sus privilegios como poseedores del sacerdocio. Lideran y prestan servicio con sacrificio, a la manera del Señor, con amor, bondad y paciencia. Bendicen, guían, protegen y fortalecen a otras personas mediante el poder del sacerdocio que poseen. Brindan milagros a quienes sirven, al tiempo que mantienen a salvo su propio matrimonio y familia. Evitan el mal y son poderosos élderes de Israel2. ¡Estoy muy agradecido por ellos!

Ahora bien, me gustaría expresar una inquietud. Es esta: Demasiados de nuestros hermanos y hermanas no entienden plenamente el concepto del poder y la autoridad del sacerdocio. Actúan como si prefirieran satisfacer sus propios deseos y apetitos egoístas en vez de usar el poder de Dios para bendecir a Sus hijos.

Me temo que demasiados de nuestros hermanos y hermanas no comprenden los privilegios que podrían tener3. Por ejemplo, algunos de nuestros hermanos, actúan como si no entendieran lo que es el sacerdocio y lo que les permite hacer. Déjenme darles algunos ejemplos específicos.

No hace mucho, asistí a una reunión sacramental en la que se había de dar nombre y una bendición de padre a una bebé recién nacida. El joven padre sostuvo a su preciada bebé en brazos, le dio un nombre y luego ofreció una hermosa oración; pero no le dio una bendición a la niña. Esa dulce bebé recibió un nombre, ¡pero ninguna bendición! Aquel querido élder no conocía la diferencia entre una oración y una bendición del sacerdocio; con su autoridad y poder del sacerdocio, podría haber bendecido a la bebé, pero no lo hizo; y yo pensé: “¡Qué oportunidad perdida!”

Permítanme citar otros ejemplos. Sabemos de hermanos que apartan a hermanas como líderes y maestras de la Primaria, de las Mujeres Jóvenes o de la Sociedad de Socorro, pero no las bendicen con el poder para cumplir con sus llamamientos; solo imparten amonestaciones e instrucciones. Vemos que algún padre digno no da bendiciones del sacerdocio a su esposa ni a sus hijos cuando es exactamente lo que ellos necesitan. El poder del sacerdocio ha sido restaurado en esta tierra; no obstante, hay demasiados hermanos y hermanas que atraviesan terribles pruebas en la vida sin recibir jamás una verdadera bendición del sacerdocio. ¡Qué tragedia! Esa es una tragedia que podemos eliminar.

Hermanos, poseemos el santo sacerdocio de Dios. Tenemos Su autoridad para bendecir a Su pueblo. Tan solo piensen en la extraordinaria promesa que nos ha dado el Señor cuando dijo: “… a quien bendigas yo bendeciré”4. Tenemos el privilegio de actuar en nombre de Jesucristo para bendecir a los hijos de Dios, de acuerdo con Su voluntad con respecto a ellos. Presidentes de estaca y obispos, por favor, asegúrense de que todos los miembros de los cuórums bajo su mayordomía entiendan cómo dar una bendición del sacerdocio, incluyendo la dignidad personal y la preparación espiritual que se requieren para invocar el poder de Dios plenamente5.

A todos los hermanos que poseen el sacerdocio: los invito a inspirar a los miembros a guardar sus convenios, ayunar y orar, estudiar las Escrituras, adorar en el templo, y servir con fe como hombres y mujeres de Dios. ¡Podemos ayudar a todos a ver, con el ojo de la fe, que la obediencia y la rectitud los acercarán más a Jesucristo, les permitirán disfrutar de la compañía del Espíritu Santo y experimentar gozo en la vida!

Una característica distintiva de la Iglesia verdadera y viviente del Señor será siempre un esfuerzo organizado y dirigido a ministrar a los hijos de Dios individualmente y a sus familias6. Puesto que esta es Su iglesia, nosotros, como Sus siervos, hemos de ministrar a la persona en particular, tal como Él lo hizo7. Ministraremos en Su nombre, con Su poder y autoridad, y con Su amorosa bondad.

Una experiencia que tuve hace más de sesenta años en Boston me enseñó cuán potente puede ser el privilegio de ministrar a las personas individualmente. Por entonces, era cirujano residente en el Hospital General de Massachusetts; estaba de guardia todos los días, cada dos noches y cada dos fines de semana. Tenía un limitado tiempo para mi esposa, para nuestros cuatro hijos y para la actividad en la Iglesia. No obstante, nuestro presidente de rama me asignó visitar la casa de Wilbur y Leonora Cox, con la esperanza de que el hermano Cox volviera a la actividad en la iglesia. Él y Leonora se habían sellado en el templo8. Sin embargo, Wilbur no había participado durante muchos años.

Mi compañero y yo fuimos a su casa; al entrar, la hermana Cox nos recibió con entusiasmo9, pero el hermano Cox se retiró abruptamente a otra sala y cerró la puerta.

Me dirigí a la puerta cerrada y toqué. Tras un momento, oí un resignado: “Entre”. Abrí la puerta y hallé al hermano Cox sentado junto a una serie de equipos de radioaficionado. En ese pequeño cuarto, encendió un cigarro; claramente, mi visita no era para nada bienvenida.

Observé la sala con asombro y dije: “Hermano Cox, siempre he querido aprender más sobre la tarea de los radioaficionados. ¿Quisiera enseñarme? Lamento no poder quedarme más tiempo esta noche, pero ¿podría regresar en otra ocasión?”.

Él titubeó un momento y luego dijo que sí. Aquel fue el comienzo de lo que llegó a ser una gran amistad. Regresé y me enseñó. Yo comencé a quererlo y respetarlo. A través de las visitas subsiguientes, la grandeza de aquel hombre se dejó entrever. Nos hicimos muy buenos amigos, al igual que nuestras queridas compañeras eternas. Luego, con el paso del tiempo, nuestra familia se mudó. Los líderes locales continuaron apoyando a la familia Cox10.

Unos ocho años después de aquella primera visita, se creó la Estaca Boston11. Adivinen quién fue su primer presidente de estaca. ¡Sí! ¡El hermano Cox! Durante los años subsiguientes, también prestó servicio como presidente de misión y presidente de templo.

Años después, como miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles, se me asignó crear una nueva estaca en el condado de Sanpete, Utah. Durante las entrevistas habituales, me sorprendió gratamente encontrarme de nuevo con mi querido amigo, el hermano Cox. Sentí la inspiración de llamarlo como el nuevo patriarca de estaca. Después de ordenarlo, nos abrazamos y lloramos. Las personas presentes en la sala se preguntaban por qué lloraban aquellos dos hombres adultos. Pero nosotros lo sabíamos; y la hermana Cox también. ¡Nuestras lágrimas eran de gozo! En silencio, recordamos la increíble travesía de amor y arrepentimiento que había empezado una noche en su casa, hacía más de treinta años.

La historia no termina allí; la familia del hermano y la hermana Cox creció hasta estar compuesta por tres hijos, veinte nietos y cincuenta y cuatro bisnietos. Añadan a aquello su influencia en cientos de misioneros, en miles de personas más en el templo, y en cientos de personas más que han recibido bendiciones patriarcales de manos de Wilbur Cox. Su influencia y la de Leonora Cox seguirán repercutiendo a través de muchas generaciones en todo el mundo.

Experiencias tales como esta, de Wilbur y Leonora Cox, ocurren cada semana —ojalá que cada día— dentro de esta Iglesia. Hay dedicados siervos del Señor Jesucristo que llevan a cabo Su obra, con Su poder y autoridad.

Hermanos, hay puertas que podemos abrir, bendiciones del sacerdocio que podemos dar, corazones que podemos sanar, cargas que podemos aligerar, testimonios que podemos fortalecer, vidas que podemos salvar, y gozo que podemos llevar a los hogares de los Santos de los Últimos Días; todo ello porque poseemos el sacerdocio de Dios. Somos los hombres que han sido “llamados y preparados desde la fundación del mundo de acuerdo con la presciencia de Dios, por causa de [nuestra] fe excepcional” para hacer esta obra12.

Esta noche los invito a literalmente levantarse conmigo en nuestra gran hermandad eterna. Cuando mencione el nombre de su oficio del sacerdocio, por favor, pónganse de pie y permanezcan parados. Diáconos, ¡pónganse de pie! Maestros, ¡levántense! ¡Presbíteros! ¡Obispos! ¡Élderes! ¡Sumos sacerdotes! ¡Patriarcas! ¡Setentas! ¡Apóstoles!

Ahora bien, hermanos, permanezcan de pie y acompañen a nuestro coro para cantar las tres estrofas de “Rise Up, O Men of God” [Levantaos, hombres de Dios]?13. Mientras canten, piensen en su deber como las huestes poderosas de Dios a fin de ayudar a preparar el mundo para la segunda venida del Señor. Ese es nuestro cometido; ese es nuestro privilegio. Testifico de ello en el nombre de Jesucristo. Amén.