2010–2019
Cristo ha resucitado
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Cristo ha resucitado

Este es domingo de Pascua de Resurrección. Con reverencia atestiguo y solemnemente doy testimonio del Cristo viviente —Aquél que “murió, fue enterrado y resucitó al tercer día, y ascendió a los cielos”.

Queridos hermanos y hermanas, cuando nuestros hijos eran muy jóvenes, les contaba historias de cachorros beagle y les tarareaba himnos para dormir, incluyendo “Cristo ha resucitado”1. A veces, en broma, cambiaba la letra a: “Hay que irse a dormir, aleluya”. Normalmente nuestros hijos se dormían rápido; o al menos sabían que si yo pensaba que estaban dormidos, dejaría de cantar.

Las palabras—al menos mis palabras—no pueden expresar los poderosos sentimientos cuando el presidente Russell M. Nelson cariñosamente me tomó de las manos, con mi querida Susan a mi lado, y me extendió este sagrado llamamiento del Señor, que me dejó sin aliento y me ha hecho sollozar varias veces estos últimos días.

Este domingo de Pascua de Resurrección, con alegría canto: “Aleluya”. El canto de amor redentor de nuestro Salvador resucitado2 celebra la armonía de los convenios (que nos conectan a Dios y los unos a los otros) y la expiación de Jesucristo (que nos ayuda a despojarnos del hombre y la mujer natural y se someta al influjo del Espíritu Santo3).

Juntos, nuestros convenios y la Expiación de nuestro Salvador habilitan y ennoblecen. Juntos, nos ayudan a aferrarnos, por una parte, y despojarnos, por otra. Juntos, dulcifican, conservan, santifican, redimen.

El profeta José Smith dijo: “A algunos les parecerá muy atrevida esta doctrina de la que hablamos: un poder que registra o ata en la tierra y también en los cielos. Sin embargo, en todas las edades del mundo, cada vez que el Señor ha dado una dispensación del sacerdocio a un hombre o grupo de hombres, por revelación efectiva, siempre se ha dado este poder”4.

Y así es en la actualidad. Los sagrados convenios y ordenanzas, los cuales no están disponibles en ningún otro sitio, se reciben en 159 santas Casas del Señor en 43 países. Las bendiciones prometidas vienen por medio de las llaves, la doctrina y la autoridad restauradas, reflejando nuestra fe, obediencia y la promesa de Su Santo Espíritu a nosotros en nuestras generaciones, por el tiempo y la eternidad.

Queridos hermanos y hermanas en toda nación, tribu y lengua, a lo largo de nuestra Iglesia mundial, gracias por su viviente fe, esperanza y caridad en cada paso. Gracias por ser un recogimiento lleno de testimonio y experiencia del Evangelio restaurado.

Queridos hermanos y hermanas, nos pertenecemos los unos a los otros. Podemos estar entrelazados en unidad y amor5, en todas las cosas y en todos los lugares6. Cuando el Señor Jesucristo nos invite a cada uno, estemos donde estemos, sean cuales sean nuestras circunstancias, por favor “[vengan y vean]”7.

Este día humildemente comprometo todas las energías y facultades de mi alma8, sean cuales sean o puedan llegar a ser, a mi Salvador, a mi querida Susan y nuestra familia, a mis Hermanos y a cada uno de ustedes, mis queridos hermanos y hermanas.

Todo lo que sea bueno y eterno se centra en la realidad viviente de Dios nuestro amoroso Padre Eterno y Su Hijo, Jesucristo, y Su Expiación, tal como lo testifica el Espíritu Santo9. Este es domingo de Pascua de Resurrección. Con reverencia atestiguo y solemnemente doy testimonio del Cristo viviente —Aquél que “murió, fue enterrado y resucitó al tercer día, y ascendió a los cielos”10. Él es el Alfa y la Omega11— con nosotros en el principio, también lo está hasta el final.

Doy testimonio de los profetas de los últimos días, desde el profeta José Smith hasta nuestro querido presidente Russell M. Nelson, a quien sostenemos con gozo. Como cantan nuestros niños de la Primaria, “Sigue al profeta, lo que él dice manda el Señor”12. Testifico que, como está profetizado en las sagradas Escrituras, incluyendo el Libro de Mormón: Otro testamento de Jesucristo, el Reino del Señor “de nuevo se ha establecido sobre la tierra, en preparación para la Segunda Venida del Mesías”13. En el santo y sagrado nombre de Jesucristo. Amén.