2010–2019
El ministerio inspirado
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El ministerio inspirado

Recibimos el Santo Espíritu más plenamente cuando nos centramos en servir a los demás. Esa es la razón por la que tenemos la responsabilidad del sacerdocio de servir en nombre del Salvador.

Mis queridos hermanos, estoy agradecido por el privilegio de hablarles en esta histórica conferencia general. Hemos sostenido al presidente Russell M. Nelson como decimoséptimo Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Tras haber tenido la bendición de trabajar con él todos los días, he sentido la confirmación del Espíritu de que el presidente Nelson ha sido llamado por Dios para dirigir la Iglesia verdadera del Señor.

También tengo un testimonio de que el Señor ha llamado al élder Gerrit W. Gong y al élder Ulisses Soares a prestar servicio como miembros del Cuórum de los Doce Apóstoles. Los amo y los sostengo. Mediante su ministerio, ellos bendecirán vidas en todo el mundo y en todas las generaciones.

Esta conferencia es además histórica por otra razón. El presidente Nelson ha anunciado un inspirado avance en el plan organizado que el Señor tiene para Su Iglesia. Dicho plan incluye una nueva estructura para los cuórums del sacerdocio en los barrios y las estacas a fin de que podamos cumplir mejor nuestras responsabilidades del sacerdocio. Todas esas responsabilidades tienen que ver con la forma en que los poseedores del sacerdocio cuidamos de los hijos de nuestro Padre.

El plan del Señor para que Sus santos proporcionen un cuidado amoroso se ha llevado a cabo de muchas maneras a lo largo de los años. En los primeros días de Nauvoo, el profeta José Smith necesitaba una forma organizada de cuidar del gran número de conversos, en su mayoría pobres, que llegaban a la ciudad. Cuatro de mis bisabuelos estaban entre ellos: los Eyring, los Bennion, los Romney y los Smith. El Profeta organizó el cuidado de esos santos de forma geográfica. En Illinois, esas divisiones de la ciudad se llamaban “barrios”.

Cuando los santos cruzaron las llanuras, el cuidado de los unos por los otros se organizó en “compañías”. Uno de mis bisabuelos paternos regresaba de su misión en lo que ahora es Oklahoma cuando se encontró con una compañía en el camino. Estaba tan débil debido a una enfermedad que él y su compañero se hallaban recostados en un pequeño carromato.

El líder de la compañía envió a dos mujeres jóvenes para que ayudaran a quienquiera que estuviese en ese triste carromato. Una de ellas, una hermana joven que se había convertido en Suiza, miró a uno de los misioneros y sintió compasión. Él se salvó gracias a esa compañía de santos. Se recuperó lo suficiente para caminar el resto del trayecto hasta el Valle del Lago Salado con la joven que lo rescató a su lado. Se enamoraron y se casaron. Él llegó a ser mi bisabuelo Henry Eyring, y ella mi bisabuela Maria Bommeli Eyring.

Años después, cuando la gente comentaba la gran dificultad de cruzar un continente, ella decía: “Oh no, no fue difícil. Mientras caminábamos, hablábamos durante todo el trayecto del milagro que era el que ambos hubiésemos hallado el evangelio verdadero de Jesucristo. Fue la época más feliz que recuerdo”.

Desde entonces, el Señor ha utilizado varias maneras para ayudar a Sus santos a cuidar el uno del otro. Ahora, Él nos ha bendecido con cuórums fortalecidos y unificados en los barrios y las estacas; cuórums que trabajan en coordinación con todas las organizaciones del barrio.

Tanto los barrios municipales como las compañías y los cuórums fortalecidos han necesitado al menos dos cosas para tener éxito en cumplir el propósito del Señor de que Sus hijos cuiden unos de otros de la manera en que Él cuida de ellos. Tienen éxito cuando los santos sienten el amor de Cristo el uno por el otro por encima de su interés personal. Las Escrituras lo llaman “caridad… el amor puro de Cristo” (Moroni 7:47). Y tienen éxito cuando el Espíritu Santo guía a aquel que cuida de otro a fin de que sepa lo que el Señor sabe que es mejor para la persona a la que está tratando de ayudar.

Una y otra vez durante las últimas semanas, los miembros de la Iglesia han actuado en mi presencia como si, de alguna manera, hubiesen anticipado lo que el Señor iba a hacer, como se ha anunciado aquí hoy. Permítanme darles solo dos ejemplos. El primero, un sencillo discurso en una reunión sacramental que dio un maestro en el Sacerdocio Aarónico que tiene catorce años y quien comprende lo que los poseedores del sacerdocio pueden lograr mediante su servicio al Señor. El segundo, un poseedor del Sacerdocio de Melquisedec que, con el amor de Cristo, sintió la inspiración de servir a una familia.

Primero, permítanme compartir las palabras del joven que discursó en la reunión sacramental. Yo estuve allí. Traten de recordar cómo eran ustedes cuando tenían catorce años y escuchen para oírle decir más de lo que es razonable que sepa un hombre tan joven:

“Realmente me ha gustado ser miembro del cuórum de maestros de nuestro barrio desde que cumplí catorce años el año pasado. El maestro sigue teniendo todas las responsabilidades de un diácono, además de otras nuevas.

“Ya que algunos de nosotros somos maestros, otros lo serán algún día y todos en la Iglesia son bendecidos por el sacerdocio, es importante que todos nosotros sepamos más acerca de los deberes del maestro.

“Antes que nada, Doctrina y Convenios 20:53 dice: ‘El deber del maestro es velar siempre por los miembros de la iglesia, y estar con ellos y fortalecerlos’.

“A continuación, Doctrina y Convenios 20:54–55 dice:

“‘y cuidar de que no haya iniquidad en la Iglesia, ni aspereza entre uno y otro, ni mentiras, ni difamaciones, ni calumnias;

“‘y ver que los miembros de la iglesia se reúnan con frecuencia, y también ver que todos los miembros cumplan con sus deberes’”.

El joven continuó:

“El Señor nos está diciendo que es nuestra responsabilidad no tan solo cuidar de la Iglesia, sino también cuidar de las personas dentro de la Iglesia de la forma en que Cristo lo haría, porque esta es Su Iglesia. Si estamos tratando de guardar los mandamientos, ser amables unos con otros, ser honestos, ser buenos amigos y disfrutar de estar juntos, entonces podremos tener el Espíritu con nosotros y saber lo que el Padre Celestial desea que hagamos. Si no lo hacemos, entonces no podemos cumplir con nuestro llamamiento”.

Luego prosiguió diciendo:

“Cuando un maestro decide dar el ejemplo correcto al ser un buen maestro orientador, dar la bienvenida a los miembros en la capilla, preparar la Santa Cena, ayudar en casa y ser un pacificador, decide honrar su sacerdocio y cumplir con su llamamiento.

“Ser un buen maestro no solo significa ser responsable cuando estamos en la capilla o en actividades de la Iglesia. El apóstol Pablo enseñó: ‘… sé ejemplo de los creyentes en palabra, en conducta, en amor, en espíritu, en fe y en pureza’ (1 Timoteo 4:12)”.

Luego el joven dijo:

“No importa dónde estemos ni qué estemos haciendo, podemos ser un buen ejemplo de rectitud en todo momento y en todo lugar.

“Mi papá y yo somos maestros orientadores de la familia Brown1. Cada vez que vamos allá, disfruto mucho la visita y de llegar a conocerlos. Algo que realmente me gusta de los Brown es que cada vez que los visitamos, todos están dispuestos a escuchar y siempre tienen buenas historias para compartir.

“Cuando conocemos bien a las personas del barrio por medio de la orientación familiar, es más fácil hacer el siguiente deber de un maestro, que es saludar a los miembros en la capilla. Ayudar a la gente a sentirse bienvenida e integrada en la Iglesia permite que todos los miembros del barrio se sientan amados y preparados para tomar la Santa Cena.

“Después de dar la bienvenida a los miembros que han venido a la Iglesia, los maestros ayudan cada domingo al preparar la Santa Cena. Realmente disfruto de repartir y preparar la Santa Cena en este barrio porque todos son muy reverentes. Siempre siento el Espíritu cuando preparo y reparto la Santa Cena; es una verdadera bendición para mí poder hacerlo cada domingo.

“Algunos servicios, como repartir la Santa Cena, son algo que las personas ven y nos agradecen por hacerlo; pero otros servicios, como preparar la Santa Cena, por lo general se hacen sin que nadie lo note. No es importante que la gente vea que prestamos servicio; lo que importa es que el Señor sabe que le hemos prestado servicio a Él.

“Como maestros, siempre debemos tratar de fortalecer a la Iglesia, a nuestros amigos y a nuestra familia al cumplir con nuestras responsabilidades del sacerdocio. No siempre es fácil, pero el Señor no nos da mandamientos ‘sin [prepararnos] una vía para que [cumplamos] lo que [nos] ha mandado’ (1 Nefi 3:7)”.

Cuando el joven finalizó su discurso, yo seguí asombrándome de su madurez y sabiduría. Para resumir, dijo: “Sé que llegaremos a ser mejores si elegimos seguir a [Jesucristo]”.

Otra historia de servicio en el sacerdocio se relató hace un mes en una reunión sacramental de barrio. Yo estuve allí. En ese caso, el experimentado poseedor del sacerdocio no sabía que, mientras hablaba, estaba describiendo exactamente lo que el Señor desea que suceda con los cuórums fortalecidos del sacerdocio. Esta es la esencia de su relato:

A él y a su compañero de orientación familiar se les asignó prestar servicio a siete familias. Casi todas ellas no querían ser visitadas. Cuando los maestros orientadores iban a sus apartamentos, se negaban a abrir la puerta; cuando llamaban por teléfono, no respondían; cuando dejaban un mensaje, no les devolvían la llamada. Este compañero mayor finalmente recurrió a ministrar escribiendo cartas; hasta comenzó a utilizar sobres de color amarillo brillante con la esperanza de obtener una respuesta.

Una de las siete familias estaba compuesta por una hermana soltera menos activa que había emigrado de Europa; ella tenía dos hijos pequeños.

Tras numerosos intentos de contactarla, él recibió un mensaje de texto. Con brusquedad ella le hizo saber que estaba demasiado ocupada para recibir a los maestros orientadores. Tenía dos empleos y además estaba en las fuerzas armadas. Su empleo principal era el de oficial de policía y su meta profesional era convertirse en detective para regresar a su país natal y continuar trabajando allí.

El maestro orientador nunca pudo visitarla en su hogar. Periódicamente le enviaba mensajes de texto; cada mes le enviaba una carta escrita a mano, acompañada de tarjetas festivas para cada niño.

Nunca recibía respuesta; sin embargo, ella sabía quiénes eran sus maestros orientadores, cómo comunicarse con ellos y que persistirían en su servicio del sacerdocio.

Entonces, un día, él recibió un mensaje de texto urgente de ella; necesitaba ayuda desesperadamente. No sabía quién era el obispo, pero sí conocía a sus maestros orientadores.

En pocos días debía viajar fuera del estado para un entrenamiento militar de un mes, y no podía llevar a sus hijos. Su madre, que iba a cuidar de ellos, acababa de viajar a Europa para cuidar de su esposo, quien había tenido una emergencia médica.

Esa hermana soltera menos activa tenía suficiente dinero para comprar un pasaje a Europa para su hijo menor, pero no para su hijo de doce años, Eric2. ¡Le preguntó a su maestro orientador si podía encontrar una buena familia Santo de los Últimos Días que recibiera a Eric en su hogar durante los siguientes treinta días!

El maestro orientador le respondió que haría todo lo que le fuera posible. Luego se comunicó con sus líderes del sacerdocio. El obispo, quien era el sumo sacerdote presidente, le dio permiso para acudir a los miembros del consejo de barrio, entre ellos la presidenta de la Sociedad de Socorro.

La presidenta de la Sociedad de Socorro pronto halló a cuatro buenas familias SUD que tenían hijos más o menos de la edad de Eric y que lo recibirían en su hogar una semana cada una. A lo largo del siguiente mes, esas familias dieron de comer a Eric, hicieron lugar para él en sus apartamentos o pequeñas casas ya abarrotadas, lo llevaron a sus actividades de verano previamente planificadas, lo llevaron a la Iglesia, lo incluyeron en sus noches de hogar, y demás.

Las familias que tenían jovencitos de la edad de Eric lo incluyeron en sus reuniones y actividades del cuórum de diáconos. Durante ese período de treinta días, por primera vez en su vida, Eric fue a la capilla todos los domingos.

Después de que su madre regresó del entrenamiento, Eric continuó asistiendo a la Iglesia, por lo general con una de las cuatro familias SUD que se habían ofrecido de voluntarias u otros miembros con quienes había hecho amistad, entre ellos los maestros orientadores de su madre. Con el tiempo, fue ordenado diácono y comenzó a repartir la Santa Cena en forma regular.

Ahora imaginemos el futuro de Eric. No nos sorprenderá si llega a ser un líder de la Iglesia en el país natal de su madre cuando su familia regrese allí, todo gracias a santos que trabajaron en unidad, bajo la dirección del obispo, de servir por la caridad que hay en sus corazones y por el poder del Espíritu Santo.

Sabemos que la caridad es esencial para que seamos salvos en el Reino de Dios. Moroni escribió: “… a menos que tengáis caridad, de ningún modo seréis salvos en el reino de Dios…” (Moroni 10:21; véase también Éter 12:34).

Sabemos, además, que la caridad es un don que se nos otorga después de hacer cuanto podamos. Debemos “[pedir] al Padre con toda la energía de [nuestros] corazones, que [seamos] llenos de este amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo” (Moroni 7:48).

Tengo la impresión de que recibimos el Santo Espíritu más plenamente cuando nos centramos en servir a los demás. Esa es la razón por la que tenemos la responsabilidad del sacerdocio de servir en nombre del Salvador. Cuando estamos consagrados al servicio de los demás, pensamos menos en nosotros mismos y el Espíritu Santo puede influir en nosotros más fácilmente y ayudarnos en nuestro esfuerzo de toda la vida para tener el don de la caridad.

Les testifico que el Señor ya ha dado un gran paso adelante en Su plan para que recibamos todavía más inspiración y seamos más caritativos en nuestro servicio de ministrar en el sacerdocio. Estoy agradecido por Su amor, el cual Él nos da tan generosamente. De ello testifico en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.