Sostengamos a los profetas
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    Sostengamos a los profetas

    Al sostener a los profetas hacemos un compromiso personal de que nos esforzaremos al máximo por defender sus prioridades proféticas.

    Presidente Eyring, le agradecemos su mensaje edificante e instructivo. Mis queridos hermanos y hermanas, les damos las gracias por su fe y devoción. Ayer se nos invitó a cada uno de nosotros a sostener a Thomas S. Monson como el profeta del Señor y Presidente de la Iglesia del Señor; y con frecuencia cantamos: “Te damos, Señor, nuestras gracias que mandas… profetas”1. ¿Entendemos en realidad lo que eso significa? Imaginen el privilegio que el Señor nos ha dado de sostener a Su profeta, cuyos consejos serán puros, francos, que no provendrán de ninguna aspiración personal, y que ¡serán totalmente ciertos!

    ¿Cómo sostenemos verdaderamente a un profeta? Mucho antes de que fuera Presidente de la Iglesia, el presidente Joseph F. Smith explicó: “Los santos que… [sostienen] a las autoridades de la Iglesia tienen sobre sí el importante deber de hacerlo no sólo levantando la mano, la mera formalidad, sino en acción y en verdad”2.

    Recuerdo bien la “acción” más singular que he tenido que realizar al sostener a un profeta. Como médico y cardiocirujano, tuve la responsabilidad de efectuar una cirugía de corazón abierto al presidente Spencer W. Kimball en 1972, cuando él era Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles. Necesitaba una operación sumamente delicada, pero yo no tenía ninguna experiencia en ese tipo de intervención en un paciente de 77 años de edad con problemas cardíacos. No recomendé la operación y así lo informé al presidente Kimball y a la Primera Presidencia; sin embargo, con fe, el presidente Kimball decidió tener la operación, sólo porque así lo aconsejó la Primera Presidencia. ¡Eso demuestra cómo sostenía a sus líderes! ¡Y su decisión me hizo temblar!

    Gracias al Señor, la operación fue un éxito. Cuando el corazón del presidente Kimball volvió a latir, ¡lo hizo con mucho vigor! ¡En ese preciso momento, recibí el claro testimonio del Espíritu de que ese hombre un día llegaría a ser Presidente de la Iglesia!3.

    Ustedes saben lo que ocurrió. Sólo veinte meses después, el presidente Kimball llegó a ser el Presidente de la Iglesia, y durante muchos años proporcionó un liderazgo enérgico y valiente.

    Desde entonces hemos sostenido a los presidentes Ezra Taft Benson, Howard W. Hunter, Gordon B. Hinckley y ahora a Thomas S. Monson como Presidentes de la Iglesia: ¡profetas en todo el sentido de la palabra!

    Mis queridos hermanos y hermanas, si la Restauración logró algo, fue acabar con el antiguo mito de que Dios había dejado de hablar a Sus hijos. Nada se aleja más de la verdad. Ha habido un profeta a la cabeza de la Iglesia de Dios en todas las dispensaciones, desde Adán hasta el día de hoy4. Los profetas testifican de Jesucristo, de Su divinidad y de Su misión y ministerio terrenales5. Honramos al profeta José Smith como el Profeta de esta última dispensación, y honramos a cada uno de los hombres que lo han sucedido como Presidente de la Iglesia.

    Cuando sostenemos a profetas y a otros líderes6, invocamos la ley de común acuerdo, porque el Señor dijo: “…a ninguno le será permitido salir a predicar mi evangelio ni a edificar mi iglesia, a menos que sea ordenado por alguien que tenga autoridad, y sepa la iglesia que tiene autoridad, y que ha sido debidamente ordenado por las autoridades de la iglesia”7.

    Como miembros de la Iglesia del Señor, eso nos da confianza y fe a medida que nos esforzamos por guardar el mandato de las Escrituras de hacer caso a la voz del Señor8, según se reciba mediante la voz de Sus siervos, los profetas9. Todos los líderes de la Iglesia del Señor son llamados mediante la debida autoridad, y en ese respecto, ningún profeta o ningún otro líder de esta Iglesia se ha dado a sí mismo o a sí misma un llamamiento. Jamás se ha elegido a un profeta; el Señor lo dejó claro cuando dijo: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto”10. Ni yo ni ustedes “votamos” por los líderes de la Iglesia, a ningún nivel, aunque sí tenemos el privilegio de sostenerlos.

    Los caminos del Señor son diferentes a los del hombre. En los caminos del hombre se excluyen a las personas de una oficina o negocio cuando envejecen o llegan a tener alguna discapacidad; sin embargo, los caminos del hombre no son ni nunca serán los del Señor. Al sostener a los profetas hacemos un compromiso personal de que nos esforzaremos al máximo por defender sus prioridades proféticas. Nuestro sostenimiento es una señal parecida a un juramento de que reconocemos que su llamamiento como profeta es legítimo y de carácter vinculante para nosotros.

    Veintiséis años antes de que llegara a ser Presidente de la Iglesia, el entonces élder George Albert Smith dijo: “La obligación que contraemos al alzar la mano… es sumamente sagrada. No significa que seguiremos adelante callados, dispuestos a que el profeta del Señor dirija esta obra, significa…que lo apoyaremos, que oraremos por él, que defenderemos su buen nombre y que nos esforzaremos por actuar de acuerdo con las instrucciones que el Señor le indique”11.

    ¡El Señor viviente dirige Su Iglesia viviente!12. El Señor le revela a Su profeta Su voluntad para con la Iglesia. Ayer, después de que se nos invitó a sostener a Thomas S. Monson como Presidente de la Iglesia, también tuvimos el privilegio de sostenerlo a él, a los consejeros de la Primera Presidencia, y a los miembros del Quórum de los Doce Apóstoles como profetas, videntes y reveladores. ¡Piensen en ello! ¡Sostenemos a quince hombres como profetas de Dios! Ellos poseen todas las llaves del sacerdocio que jamás se hayan conferido al hombre en esta dispensación.

    El llamamiento de quince hombres al santo apostolado nos proporciona gran protección como miembros de la Iglesia. ¿Por qué? Porque las decisiones de esos líderes deben ser unánimes13. ¿Se pueden imaginar la forma en la que el Espíritu debe inspirar a quince hombres a fin de que logren la unanimidad? Esos quince hombres tienen diferente formación académica y profesional, con diferentes opiniones sobre muchas cosas, ¡créanmelo! Esos quince hombres —profetas, videntes y reveladores— ¡saben cuál es la voluntad del Señor cuando se logra la unanimidad! Están comprometidos a asegurarse de que verdaderamente se haga la voluntad del Señor. El Padrenuestro proporciona a cada uno de esos quince hombre el modelo al orar: “Sea hecha tu voluntad en la tierra así como en el cielo”14.

    El apóstol que tiene más antigüedad en el oficio de Apóstol es el que preside15. Ese sistema de antigüedad por lo general trae a hombres mayores al oficio de Presidente de la Iglesia16, ya que eso proporciona continuidad, madurez, experiencia y extensa preparación, de acuerdo con la guía del Señor.

    El Señor mismo organizó la Iglesia de hoy en día; Él ha establecido un extraordinario sistema de gobierno que proporciona continuidad y respaldo. El sistema proporciona liderazgo profético a pesar de que con la edad avanzada surjan enfermedades y discapacidades inevitables17. Hay suficientes medidas de contrapeso y protección a fin de que nadie pueda llevar a la Iglesia por mal camino. Constantemente se instruye a los líderes de más antigüedad a fin que algún día estén listos para sentarse en los consejos superiores. Ellos aprenden a dar oído a la voz del Señor mediante los susurros del Espíritu.

    Cuando fue Primer Consejero del presidente Ezra Taft Benson, quien se acercaba al fin de su vida terrenal, el presidente Gordon B. Hinckley explicó:

    “Los principios y procedimientos que el Señor ha establecido para el gobierno de su Iglesia han previsto lo necesario para esos casos. Es importante que, cuando el Presidente esté enfermo o incapacitado, no haya dudas ni inquietudes en cuanto al gobierno de la Iglesia y al ejercicio de los dones proféticos, incluso el derecho a la inspiración y la revelación para administrar los asuntos y los programas de la Iglesia.

    “La Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles, que han sido llamados y ordenados para poseer las llaves del sacerdocio, tienen la autoridad y la responsabilidad de gobernar la Iglesia, de administrar sus ordenanzas, de exponer la doctrina y de establecer y mantener sus prácticas.

    El presidente Hinckley continuó:

    “Cuando el Presidente está enfermo o incapacitado para cumplir todas las funciones de su llamamiento, sus dos consejeros forman el Quórum de la Primera Presidencia y llevan a cabo diariamente los deberes de la Presidencia…

    “Pero todo asunto importante de normas, procedimientos, programas o doctrina se considera concienzudamente y con oración en las reuniones de la Primera Presidencia y los Doce”18.

    El año pasado, cuando el presidente Monson marcó el cumplimiento de cinco años de servicio como Presidente de la Iglesia, reflexionó en sus cincuenta años de servicio apostólico e hizo esta declaración: “Con el tiempo, la edad nos afecta a todos. Sin embargo, unimos nuestra voz a la del rey Benjamín, quien dijo: ‘…soy como vosotros, sujeto a toda clase de enfermedades de cuerpo y mente; sin embargo, he sido elegido… y ungido por mi padre… y su incomparable poder me ha guardado y preservado, para serviros con todo el poder, mente y fuerza que el Señor me ha concedido’ (Mosíah 2:11)”.

    El presidente Monson prosiguió: “A pesar de cualquier problema de salud que nos pueda aquejar, a pesar de cualquier debilidad de cuerpo o mente, servimos de la mejor manera posible. Les aseguro que la Iglesia está en buenas manos. El sistema establecido para el Consejo de la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce [Apóstoles] nos asegura que siempre estará en buenas manos y que, pase lo que pase, no hay necesidad de preocuparse ni de temer. Nuestro Salvador Jesucristo, a quien seguimos, a quien adoramos y a quien servimos, siempre está a la cabeza”19.

    Presidente Monson, ¡le damos las gracias por esas verdades! Y le damos las gracias por su vida de servicio ejemplar y devoto. Creo que hablo en nombre de los miembros de la Iglesia de todo el mundo en una expresión unida y sincera de gratitud por usted. ¡Le rendimos honor! ¡Lo amamos! ¡Lo sostenemos, no sólo levantando la mano, sino con todo nuestro corazón y esfuerzos consagrados! ¡Humilde y fervientemente “Pedimos hoy por ti, Profeta fiel”!20. En el nombre de Jesucristo. Amén.